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Wednesday, September 19, 2012

Capítulo 15: Don´t think and drive V 2.0

A la mañana siguiente Mariel estaba arrepentida, pero era solo eun arrepentimiento parcial. Se decía una y mil veces que no debería haber aceptado ver a Cedric. Al fin y al cabo...¿Qué tenía que decirle él que ella ya no supiera?, se preguntaba una y otra vez mientras llenaba su bolso de fotografía con filtros, tapas, flashes y demás. 
Había quedado la tarde anterior con su jefe a las diez de la mañana en el centro de artes escénicas de la ciudad. El tema principal de la tirada era la delicadeza. Las altas y espigadas modelos enseñarían la última colección de Thierry Mugler para la próxima temporada otoño-invierno en medio de una escenografía de ballet, con el El lago del los cisnes como tema inspiracional. La muerte del verano se colaría solapadamente en el contexto de la muerte del ave, y el resurgir del alma traería aparejado el nacimiento de los colores ocres, morados, anaranjados y marrones. Ese año la paleta de colores otoñales eran los colores de la naturaleza. Los colores del final de una temporada, los tonos del frío y de la lluvia fina de otoño, aquella que moja sin llegar a empapar, bajo la misma nube, los corazones de los que se aman y evitan fervientemente el encuentro por temor a conocer las profundidades de sus cavidades cardíacas. 
Mariel era un motor al ralentí. Por más que intentaba concentrarse en coger el material que iba a necesitar aquella mañana, no hacía más que retrasarse equivocándose una y otra vez al coger su equipo. Tras varios intentos fallidos, al final se decidió —tras comprobar que era incapaz de pensar con lógica— por meter todo lo más ordenado posible y salir al vuelo a la sesión en el centro. 
Mientras bajaba en el ascensor se imaginaba las palabras que podría decirle cuando él le confirmara que estaba casado —"vaya olvido, capullito", era una— y se lo había ocultado. «Cerdo egoísta, mentiroso, manipulador, mequetrefe, maldito bastardo...» ¿se dejaba alguna en el tintero de su repertorio de insultos? 
La planta menos uno, la del parking, la sorprendió mientras repasaba la retahíla de improperios que le soltaría cuando le tuviera frente a frente.  Se montó en su Mini, se abrochó el cinturón de seguridad y salió del garage—comprobando que llevaba un retraso de al menos media hora— haciendo chirriar los neumáticos en el asfalto.
Mientras conducía por la autopista que la llevaba al centro se acordó que debía comprar el billete de avión para París, ya que había respondido, luego del paupérrimo ok,  un oui a la pregunta de él si podía ser ella la que se desplazara hasta la cité de l´amour el viernes. 
—¡Pero cómo pude ser tan floja! —se dijo para sí, mientras cogía el volante con más fuerza de la habitual, como descargando toda su ira en aquel círculo de cuero.
—Encima de que es él el que me viene con mentiras de adolescente voy y le digo que sí...
No había acabado la frase cuando un cuatro por cuatro la adelantó muy cerrado y ella, tratando de esquivar al coche, giró el volante de su Mini. Craso error. Inmediatamente sintió que su cabeza comenzaba a girar como un plátano en una batidora. El Mini empezó a dar vueltas de campana... una, dos, tres, cuatro... sacudiendo violentamente todo su cuerpo contra la carrocería que segundo a segundo iba quedando compactada como una manzana arrojada desde un vigésimo piso. Cuando después de unos instantes interminables el coche quedó de lado encajado en la cuneta de la autopista, Mariel solo pudo atinar a abrir un ojo. Una fuente de algo líquido y caliente, con un leve olor a hierro le empapaba toda la cabeza. Sentía un dolor terrible y constante sobre su pierna izquierda. Se palpó el pecho y, comprobando que aún tenía puesto el cinturón de seguridad pensó, en medio de ese infierno que empeoraba por segundos y con un retorcido sentido del humor, que «al menos era verdad lo que decían sobre el uso del cinturón, aquello de que no tendrían que recoger sus partes esparcidas por la autopista».
Al momento escuchó la voz de un hombre que le decía que aguantara, que estaba llamando al servicio de emergencias y pronto la sacarían del coche, de ese amasijo de hierros retorcidos en el cual había quedado convertido su precioso Mini. Mariel tenía un fuerte dolor de cabeza. Todo el cuerpo le dolía, pero especialmente su cabeza. Tras unos instantes de leve conciencia, la luz fue disminuyendo a su alrededor y comenzó a sentir una extraña pesadez en sus párpados, demasiado como para mantenerlos abiertos mucho más tiempo. Unas náuseas horribles sacudieron su fugaz letargia y provocaron que el desayuno acabara catapultado sobre el cristal de la puerta del conductor. Luego, el silencio y la negrura se apoderaron de ella mientras una voz, cada vez más lejana y sutil, le decía que los bomberos ya habían llegado.

Wednesday, August 22, 2012

Capítulo 14: Diente de león

—Mami, despierta, despierta. Te has quedado dormida —le dijo Camille mientras sacudía suavemente el brazo de Antje. 
—Mmm... ¿qué pasa? ¿A qué vienen estas prisas? ¿Qué hora es? —preguntó ella abriendo un ojo a la vez que con la mano se tapaba la cara tratando de evitar los rayos de sol que se colaban por la ventana de la habitación. 

El sol de la mañana de junio auguraba un verano cálido. La noche anterior no había refrescado, como solía ocurrir siempre. Había sido una noche estática, muda. Solo habían bajado unos grados, pero los suficientes para que Antje se acostara y se durmiera casi inmediatemante. 
La mañana prometía continuar sin distinción alguna a la noche. Las hojas de los árboles permanecían cosidas a las ramas. Goliath ya se había puesto de pie y esperaba ansioso moviendo el rabo que su amita se levantara y le llevara a a pasear por el campo.
Antje no tenía fuerzas ni para abrir los ojos. Un cansancio que había estirado sus raíces hacia el interior del colchón de su cama la mantenían unida a ella. Se sentó, a duras penas, en la cama. Cada músculo de su cuerpo le pedía una quietud que las prisas de Camille arrancaban de su letargo, lentamente. Un fuerte dolor de cabeza, amplificado por la luz y las palabras de su hija le recordaban su existencia, o, tal vez, lo poco que quedaba de ella. Disfrazando con entereza el dolor y el extremo agotamiento, se puso de pie y se dirigió a la cocina.
—¿Estás bien, mamá? Te veo muy cansada.
—Si, es sólo que... verás... me quedé escribiendo hasta tarde y se me pasaron las horas. Me acosté muy tarde y estoy un poco soñolienta, nada más, cielo —le respondió a Camille, inventándose una excusa plausible a su deplorable estado—. ¿Y tu hermana? ¿Dónde está Trudi?
—Oh, sí. Aún duerme. Intenté despertarla pero no me hace caso, sigue remoloneando en su cama y dice que vayas, que sólo cuando tú estés a su lado se levantará.
Aquel día Trudi estaba enfadada. El día anterior había discutido con una compañera de clase que decía que su padre no la quería y por eso la había abandonado. Ella, sin amedrentarse, había cogido una de las coletas de la otra niña y ni lerda ni perezosa le había asestado un buen tirón de pelo, de esos que duelen hasta la raíz de las neuronas. La maestra lo había presenciado y la había castigado privándola del recreo durante un par de días. Odiaba a los niños que se metían con ella. Odiaba que le recordaran a su padre y que hablaran mal de él. Ella sabía que la quería, que no era cierto lo que decían de él, pero cada vez que la malicia afloraba y las flechas acusadoras de sus compañeros de clase sesgaban el aire en torno a ella éstas le recordaban el dolor que había sentido cuando sus padres habían decidido separarse.  La sensación de vacío repentino, el sentimiento de pérdida y culpa a la vez mezclados con lágrimas amargas de ira contra su madre volvían a su presente y ella, defendiéndose como podía, intentaba luchar contra estos sentimientos.
Antje siempre había sido conciliadora. En su momento, le había explicado a las niñas el porqué de la separación. Ellas, con sus cortos años de vida, trataron de entender algo que se antojaba un sinsentido, un capricho. Buscaban a su padre por todos lados: detrás de las cortinas, debajo de la mesa, dentro del armario. Su padre, su compañero de juegos, ya no vivía en casa, ya no se escondía entre las cortinas del salón. La única forma de encontrarle era cogiendo el teléfono y llamándole a la otra casa, al otro mundo, ese que ellas suponían extraño y lejano a sus conciencias de niñas.
Así, poco a poco y con mucho amor y comprensión por parte de Antje, fueron creciendo y entendiendo cuál era la situación y la madurez —cada día más presente—les trajo consigo la certeza de la irreversibilidad de la separación. Se habían acostumbrado a tener a papá y mamá por separado, a hablar de ellos como dos entes distintos pero unidos por sus palabras, a decir al viento sus nombres y qué éstos fuesen transportados hasta ellos, como en una corriente marina que arrastra en ella a los habitantes del mar.
—Despierta remolona. Se hace tarde. Venga... yo te ayudo con la ropa...
—Es que no quiero ir al cole hoy mamá. Se han metido conmigo, con papá... ya sabes. Y no me gusta —sentenció, haciendo un puchero con la boca.
—Ya sabes que tu padre te quiere y siempre lo hará. Sólo lo dicen para hacerte rabiar. Lo mejor que puedes hacer es ignorar esos comentarios. Recuerda lo que siempre te he dicho que tienes que hacer cuando escuches algo que no te gusta.
—Si, mamá. Cojo con las manos las palabras, las convierto en una bola bien pequeñita y como si fuesen dientes de león, las soplo bien lejos, donde no puedan regresar a mis oídos.
—Veo que no te has olvidado. Ahora venga —le dijo, abrazándola bien fuerte—, levántate y vístete. Se hace tarde para el cole.


Media hora más tarde, Antje estaba andando por el camino del campo con Goliath. Él iba olisqueando las flores, los hierbajos, los recuerdos de otros perros. En cuanto veía una oruga o un saltamontes, se sentaba a su lado, giraba la cabeza mirando a Antje y le señalaba con la pata el hallazgo.
Aunque no se encontraba con ganas de salir ese día, se obligó a ponerle el collar al perro y salir. Pensó que el aire de la mañana le daría algo de fuerzas para deslizarse sobre lo que le quedaba del día, que era mucho y recién comenzaba.
Sus pasos eran lentos, acompasados, sobre algodones. Sus zapatillas apenas dejaban huella sobre la tierra húmeda por la llovizna de la noche anterior. Su pantalón de algodón gris le quedaba holgado, la camiseta flotaba sobre ella. Había perdido varios kilos en los últimos meses. Su clavícula se adivinaba debajo de la ropa. La falta de apetito, la astenia... ahora todo encajaba. Caminaba siguiendo el sendero, pensando en el presente, arrebatando el aliento al aire que le circundaba, arañándole segundos a las horas. Su mirada sin rumbo delataba su tristeza, su desencanto, su desconexión con el tiempo y el espacio.
Unos metros más adelante, al llegar al recodo del camino, levantó la mirada. Goliath empezó a mover el rabo, queriendo zafarse de la correa para ir corriendo al encuentro de lo que llamaba su atención: sentado, sobre la roca, estaba Kurt.



Monday, August 06, 2012

Capítulo 13: Letras en el diario

 30 de mayo

Son las once de la noche y mis hijas duermen. Hoy he estado en la ciudad. Le he contado a Mariel lo que me ocurre, lo que siento sobre ello. Me ha sabido extraño nombrarlo. Decir que tengo "cáncer" es como oir hablar a alguien en otro idioma. No entiendo nada, no lo tomo como propio. Esa palabra se escapa de mi capacidad de aceptación. No quiero decirla, ni siquiera deletrearla. 
Con Mariel sí he podido. Me ha brindado la confianza que sólo muchos años de amistad pueden ofrecer. Intuía que algo estaba ocurriendo. Y se lo dije. Cuento con ella. Ahora sólo ella lo sabe, bueno, ella y un extraño. 
Hoy he conocido a un hombre. Un hombre que me ayudó al salir de la farmacia. Me bajó la tensión y él me socorrió. Fue una suerte que estuviese allí. ¿Fue suerte? ¿O casualidad? Ahora que lo pienso, nunca he creído en las casualidades. Siempre he pensado que las personas que conocemos estaban predestinadas a cruzarse en nuestro camino, y por ende nosotros en el de ellas. El juego de las parejas, sí, ese que juego con vosotras, el de las cartas que tienen que formar parejas. Creo que las personas tenemos un igual en algún lado, en algún sitio remoto y nuestra tarea es dar con ellos sin buscarlos. Vamos volteando las cartas que consideramos que pueden ser nuestros pares, pero olvidamos que el azar con el que están mezcladas domina el universo de nuestras existencias. Y la existencia no se puede forzar, se está o no en este mundo. 
Se llama Michael. Me acompañó hasta la cafetería Hovenia para cersiorarse que estaba bien. Sus ojos... todo él me atrajo de una forma inexplicable. El tono de voz con el que me hablaba, la delicadeza en la elección de las palabras, la disección acertada que hizo de mi... ¡y no me conocía! ¿Cómo se explica? ¿Cómo puedo sentir esta sensación de un hombre que apenas conozco cuando el reloj juega en mi contra? ¿Cómo pude confiar en él y contarle lo que me pasa? No tengo respuestas para ello. Simplemente algo me hipnotizó y me empujó a abrirme y volverme transparente. Pudo leer mis pensamientos, sintió mi dolor en el suyo, sus palabras de apoyo en mis manos. Algo ha cambiado, algo se ha roto en mi. Siento que este extraño es la carta que faltaba en el juego de las parejas... y el azar ha jugado a mi favor volteándola sin saber. 
Por primera vez en dos años, ha pasado un día entero y no he pensado en él, no he pensado en Kurt. 

Guardó su diario en el cajón de la mesilla de noche y apagó la luz. Goliath la miró de reojo desde su cuna, moviendo el rabo sólo un par de veces como diciendo buenas noches. No habían pasado diez minutos cuando el sueño se apoderó de su cuerpo y sus ojos comenzaron a bailar la danza de la ensoñación nocturna.

Esa noche Michael no se concentraba con El idiota. Leía y releía el mismo párrafo una y otra vez, sin llegar a comprender por qué no entendía ni una sola palabra. Decidió levantarse de la cama y se dirigió a la cocina. Cogió el bote de café y lentamente fue echando los granos del Jamaica en el molinillo de madera que había comprado en su última visita a Bogotá, hacía ya unos años. Una vez molido, lo introdujo en la cafetera italiana y la colocó sobre el fuego de la vitro. Mientras esperaba, se sorprendió dibujando mentalmente el rostro de Antje, otorgándole al conjunto un halo de misterio que no llegaba a comprender, lo mismo que le había ocurrido momentos antes con el libro de Dostoievsky.

Sunday, August 05, 2012

Capítulo 12: Palabras mudas en la noche

Los días se sucedían. Encadenadas al reloj, las horas se iban estirando dolorosamente poco a poco. Antje estaba desconcertada. No quería pensar qué estaba haciendo ni las consecuencias que tendría, sólo actuaba lo que su corazón le dictaba. 
Los encuentros entre Kurt y Antje eran cada día más frecuentes. El paseo diario por la mañana se había tornado de pronto en la bocanada de aire imprescindible para ambos. Los pasos dejaban tras de sí miradas cómplices de amantes fugaces, huellas indelebles sobre la tierra del camino —ahora lo sabía— que el tiempo no podría borrar,  frases atadas a un presente vívido pero a un futuro incierto. 
Lo que había empezado como una simple aventura para él —y ella—se iba difuminando entre las nubes de niebla de la razón y la confusión. Lo que parecía objetivo abrazó lo subjetivo, las palabras lejanas se iban acercando a ambos; como las sombras del atardecer cuando atrapan los últimos rayos de sol de verano, y éstas comenzaron a imponer esa leve sensación de cálida embriaguez cuando estaban juntos. 
—¿Ves esa estrella? —le dijo una noche—. Mira, ahí, en la constelación de Tauro.

Kurt era un aficionado a la astronomía. Noche tras noche se sumergía en la inmensidad de un cielo estrellado y consumía horas estudiando las estrellas, tratando de localizarlas, imaginándoles nuevos vestidos, gestando nuevas criaturas fantásticas en la unión de sus puntos, soñando con ellas mientras despierto sufría...
No era felíz. A pesar de la facilidad pasmosa con la que encontraba astros en la bóveda nocturna, era incapaz de hallar felicidad en la cotidianidad de su hogar. Hacía tiempo que sus palabras no recibían respuestas. Las frases se estrellaban contra los muros y éstas, adheridas a la gravedad que las esclavizaba, iban rebotando en los distintos humores de su mujer, entre los rincones sombríos de una relación en decadencia, para morir ahogadas y en el más absoluto silencio en los propios ojos de Kurt. El tiempo, el hastío, las rutinas de una vida en común; todos ellos ingredientes de un caldo de muerte lenta de los sentimientos que una vez se tuvieron como eternos, como propios y ajenos, enajenando todo lo que toca, lo que huele y absorbe, secando gota a gota y lentamente los comienzos disfrazados de prólogos de vida, de meras palabras de amor confundidas en el tiempo del pasado y marchitadas en el presente. Buscaba alicientes, una escapatoria imaginaria —y más tarde se daría cuenta de ésto— a su condena, a su soledad compartida, a su torre de marfil enclavada en la más alta de las montañas.
Sueños separados en distintas habitaciones tejían sus propios ideales. Lo que asomaba a la vista del viandante como una persona alegre, sociable a más no poder y abierto a la vida, escondía una persona resignada, deshilachada como un trapo viejo, sintiéndose inútil por momentos y culpable de desperdiciar sus días anclado en una relación que no brillaba, que había perdido hacía ya años todo atisbo de vida en común, todo horizonte de sueños compartidos. Era un barco a la deriva, surcando un mar inmenso de preguntas sin respuestas y olas gigantescas de ansiedad que descargaban aún más interrogantes en su ya más que tortuosa vida.
Resignación. Esa palabra que todo lo contamina y desluce nuestros pasos al nombrarla. La resignación que se acepta con la cabeza gacha a pasar un día sí y el siguiente también con alguien que no deseas, que no clava sus ojos en los tuyos, que sus labios ya no saben a azúcar si no a hiel. Alguien en el cual en su día habrías confiado tu vida y tus sueños, tus temores y tus recuerdos. Curiosa la resignación. Uno aprende a resignarse sin apenas darse cuenta. Deja de vivir poco a poco, se olvida de respirar, de ver los colores, confunde el sabor de las cosas y tergiversa las palabras. Nos resignamos a vivir resignados. Y eso es aún peor que morir.
Su ancla era su hija. Aquel pedacito de cielo de una vida en común que había bajado a la tierra para dar sentido a su vida. Era la luz de su camino, su guía espiritual y compañerita inseparable. Al hablar de ella sus pupilas se dilataban, sus ojos comenzaban a brillar y su corazón podía oírse a la distancia. Estaba enganchado a su hija, como el adicto al crack o la heroína. Era su conexión con la vida, la razón por la cual se sacrificaba alargando una relación congelada en el tiempo y el espacio, condenada al pasillo de los matrimonios fallidos que colgaban de los muros de su mente.

—Es Alfa-Tauri, la estrella más brillante de todas. Los árabes la llamaban Aldebarán —le contó mientras cogía fuertemente su mano y le señalaba la estrella en el firmamento. Significa "la que sigue la estela" Antje. Sigue la estela de las Pléyades, las madres de los Dioses griegos. Y eso eres tú para mi, eres mi guía, la que me está enseñando a buscar mi camino, a enseñarme nuevas rutas y que ésta se convierta en un proceso de cambio. Estas ahí, cercana pero alejada a la vez. Te siento aquí —dijo tocándose el corazón—, muy dentro mío. No lo puedo explicar mejor, siento si te incomodo con lo que te estoy contando. Yo... —titubeó—. Yo...
—No lo digas —suplicó ella—. No sigas. Sé lo que dirás. Sabes bien que no lo puedes decir. Una vez dicho, todo cambia. Y tú no puedes... —Y ahí murieron sus palabras.
—Pero es que...
—No Kurt, por favor. No así. No de esta manera. Tu mujer... tu hija... no puedes, no debes. No me permitiría hacerles daño. Esto es una locura —sentenció ella mientras una lágrima invisible a la luz de la luna recorría su mejilla.

Aquella noche Antje se acostó felíz. Sabía el contenido de su silencio, el significado de su frase inconclusa, el final de sus palabras. Ansiaba oírlas y abrazarlo, y decirle que sí, que ella también le amaba, que sí, que sí, que ella le amaba muchísimo. A pesar de ello, a pesar de la censura de sus sentidos y el encierro forzoso de sus palabras, se durmió con una leve sonrisa en la cara, porque lo que no habían podido decir sus labios lo había hecho sus manos. Antes de dormirse, había escrito en un papel: "8 de abril, estrellas, te amo", catalogando una vez más sus sentimientos. 





Tuesday, July 31, 2012

Capítulo 11: No vuelvas, no escribas, no llames, hazme caso.

Estaba tumbada en su sofá de piel vintage, acomodándose los almohadones y lista para ver una de sus películas favoritas: Cinema Paradiso. Iba a darle play al mando cuando su móvil comenzó a vibrar en la mesilla de café que se encontraba frente al sofá. Sin detenerse a pensar quién podría ser a esas horas, cogió el teléfono y contestó.
—Dígame...
—Mariel, c'est mois, pero no cortes. Necesito verte cuanto antes. S'il vous plaît...—sonó la voz desesperada y atropellada de Cedric al otro lado de la línea, soltando las palabras rápida y automáticamente—. Ça va?
La voz de Cedric la desconcertó tanto que no pudo evitar contestar oui, ça va bien...
—¿De qué me quieres hablar? Creo que sabes bien porqué no te quiero ver. Estás casado y tienes una hija, no me lo puedes negar. ¡Me has engañado como a una tonta! —contestó Mariel chillando a través del teléfono.
—Tienes que dejarme que te explique, no es lo que tú crees...
—¡Ce n´est pas possible! —contestó Mariel tajantemente.
— Atten..attend... ne raccroche pas Mariel, je t´aime—dijo Cedric angustiado.
Mariel escuchó sus palabras y estuvo a punto de cortar sin darle ocasión de contestar hasta que escuchó je t´aime. En ese momento se vio transportada en el tiempo y el espacio. Recordó las veces que él le había dicho aquellas palabras bajo las sábanas mientras hacían el amor, o mientras cenaban en A la Frégate, aquel pequeño y coqueto restaurante de visillos blancos en las ventanas y paredes recubiertas de madera, cercano a la Gare de Lyon, donde solían cenar juntos cuando ella viajaba a París. Recordó la salade de tourteaux frais décortiqués avec vinaigrette de truffe y el soufflé chaud au Grand-Marnier, aquel que calentaba su corazón y la embriagaba dulcemente del exquisito sabor del liqueur. 
Su corazón despertó del frío olvido autoimpuesto y una dubitativa Mariel se dejó ver entre aquella nube de pensamientos que no dejaban de empujarla hacia uno y otro lado, obligándola a elegir entre la realidad y la memoria borrosa de sus recuerdos. 
Sin pensar y ateniéndose a sus impulsos, un ok se escapó de sus labios tímidamente mientras sus dedos apretaban con fuerzas el mando del dvd y la imagen de una frase de Alfredo a Totou serpenteaba entre sus ojos: “No vuelvas, no escribas, no llames, hazme caso. Hagas lo que hagas, ámalo; como amabas la cabina del cine Paradiso”.
Y una lágrima dulce rodó por sus mejillas y se ahogó en la profunda espesura de la moqueta bajo sus pies descalzos.


Restaurante A la Frégate, en París.

Capítulo 10: El peso del dolor

La cafetería recibió a Michael y Antje con el sabor de la sinfonía número dos "Urlicht" de Mahler mezclado con el aroma del café recién hecho. Michael condujo a Antje a una mesa apartada, junto al cristal del escaparate.
—¿Y bien...? ¿Está mejor? —preguntó él mientras la miraba a los ojos.
—Si... es sólo que... Sí, estoy bien —dijo, acomodándose nuevamente en la silla de madera mientras ésta crujía instándola a continuar.
—Yo... estoy...—carraspeó—. Estoy mejor. Le agradezco su amabilidad. Cuando salí de la farmacia se me empezó a nublar la vista y mis piernas me fallaron. Debe haber sido un bajón de tensión, suele pasarme... aunque...—dejó la frase sin acabar, percatándose de la curiosidad creciente mezclada de un poco de preocupación que denotaba el rostro de su acompañante.
—¿Si? ¿Decía?—la instó.
Y Antje sintió cómo sus manos comenzaron a temblar sobre el mantel, su cuerpo se volvía pequeño y el desamparo iba ocupando poco a poco posiciones —antes fuertes— de su cuerpo ahora debilitado. Sintiéndose explotar, como las teteras cuando empiezan a chillar avisándonos que el agua hierve y liberando la presión, sus ojos hicieron lo mismo y de ellos asomaron lágrimas contenidas desde hacía tiempo, presas en la torre del dolor de la más alta montaña.
Extrañamente para ella, no hizo ningún gesto por ocultar su pesar. Sus ojos ahora húmedos reflejaban el rostro de Michael, serio; pero a la vez tierno, preocupado; y fuerte a la vez.
—Discúlpeme que no le ofrezca pañuelos, no suelo llevarlos cuando llevo puesto el chandal. Tome, éstas servilletas de papel servirán —dijo, ofreciéndole algunas que había retirado del servilletero automático que había en la mesa.
Pasados unos instantes de ligera incomodidad, Antje empezó a sentir unos deseos irrefrenables de hablar. De contarle a ese extraño el porqué de sus lágrimas, el final de su frase inconclusa, la razón de su angustia repentina.
—¿Quiere contarme qué le ocurre? Desde que la vi en la farmacia supe que algo no iba bien. Vi en sus maravillosos ojos el asomo de algo intangible a los míos que no cuadraba con la imagen que me hice de usted. Discúlpeme si estoy siendo un tanto entrometido, entiendo si no desea contarme, pero creo que tiene una necesidad imperiosa de hablar y no hay nada mejor para el alma que despegarse de lo que nos aflige, de retirar capa a capa los estratos que cubren la historia de nuestros corazones y así ser capaces de catalogar el conocimiento de nuestros recovecos —declaró, cogiéndole fuertemente sus manos entre las de él.
Tras unos segundos de vacilación que se prendieron en el tiempo como un alfiler a la mejor de las sedas salvajes, Antje comenzó a contarle —era un susurro apenas audible— lo que le había dicho el médico y las pocas esperanzas que le había dado.
Michael escuchaba atentamente, sin casi interrumpir la letra de la melodía triste que le susurraba la mujer que se encontraba frente a él. Comprendió que la soledad que la embargaba era conocida, que sus palabras no le sabían extrañas y que aquellos labios que luchaban por decir lo que el alma guardaba recelosa formaban con el azul de sus ojos un cielo abierto e infinito que quería explorar, retirar estrato a estrato la tierra maligna y confusa y descubrir la belleza que se encontraba sepultada entre tantas historias antiguas, dolor censurado y amor desperdiciado. Se sorprendió pensando que la amaba desde ese preciso instante, desde aquel momento en el que ella había confiado en él al contarle que se moría, que el cáncer de ovario que le habían detectado tenía pocas chances de remitir, aunque ella no negaba las posibilidades de ganarle. Mientras el dolor y la angustia salían de sus labios abrazados a letras que formaban fonemas maravillosos, él no apartaba sus ojos de los de ella, sus manos se hicieron aún más grandes y el mundo alrededor desapareció. De pronto Mahler dejó de escucharse, el bullicio de las máquinas de la cafetería se amortiguó entre las nubes de instrumentos musicales que pendían del techo y la gente que conversaba y tomaba porciones de tarta de chocolate se convirtieron en estatuas de piedra inertes y ajenas a la escena única que se desarrollaba en aquella mesa solitaria bañada por el sol del mediodía.
Cuando las palabras de Antje llegaron al final del sendero, Antje ya no lloraba. Sin darse cuenta había dejado de lagrimear y ahora se encontraba ante un extraño, al cual le había contado el porqué de su angustia sin sentir siquiera un gramo de vergüenza o culpa, temor o desazón. Un atisbo de alegría —podría así llamarse— comenzó a brotar desde sus pulmones, los cuales empezaron a llenarse de oxígeno fresco exento de ansiedad.
Se miraron. Mientras, el mundo seguía girando, excepto para ellos. Antje comenzó a sonreir, mientras él dibujaba una sonrisa tierna que llenaba todo su vacío con la fuerza de sus manos. Michael no quiso que ese momento pereciera. Quiso atraparlo para siempre entre sus recuerdos y enterrarlo bajo diez metros de arena. Antje se sentía liviana. Un enorme peso que le ahogaba había sido retirado de su pecho, sus palabras habían liberado al monstruo que le aterraba y éste ya se encontraba lejos de ella, lejos de allí. Se vio sorprendida de sentirse levemente felíz de haber conocido a aquel hombre que seguía cogiendo sus manos con una delicadeza extrema pero con una energía descomunal en sus ojos.

Wednesday, July 25, 2012

Capítulo 9: Y la noche se hizo día al verte a los ojos

Pero... ¿cómo empezó todo? 
Empezó sin querer, como todas las relaciones peligrosas. Todas las mañanas, después de dejar a sus hijas en el colegio, volvía a su casa, se tomaba un café con leche y azúcar y llamaba a Goliath. Él venía siempre moviendo el rabo de aquí para allá, felíz de acudir al llamado de su amita y de saber lo que le esperaba: el ansiado paseo diario por el campo.
Goliath era su adlater, su alma gemela, su compinche. Se habían conocido en la protectora de animales. Unos años atrás ella había decidido adoptar un perro pequeño, un perro tamaño bolso que pudiera llevar a todos lados y que se acurrucura a los pies de su cama mientras ella leía. Había consultado en webs de adopción, en centros de protección animal y en perreras si tenían "algún perrito por el estilo", a lo que todas le respondían que no, que generalmente los perros en adopción son de tamaño grande, ya que son más difíciles de acoger en casas pequeñas y demandan más alimento. Llamando, escribiendo emails y visitando centros estuvo dos meses, hasta que una mañana recibió una llamada desde la perrera municipal donde le comunicaban que habían encontrado uno para ella. No tardó ni diez minutos en coger el coche y presentarse —eso sí, con la camisa abotonada asimétricamente—en la perrera. 
Luego de tener que esperar media hora a que la empleada apareciera desde el recinto de jaulas donde los perros eran confinados, se puso de pie y saludó a la chica. 
— Y bien... ¿Dónde está ese perrito pequeñito? —preguntó ansiosa tras verla entrar a las oficinas—. ¿Puedo verlo?
— Sí claro, pero primero tengo que recibir a otro que me acaban de dejar abandonado en la parte trasera... —dijo girando la cabeza y chascando la lengua—. Siempre lo mismo. Además, parece que éste según me acaba de contar el vecino que llamó necesita que lo vea el veterinario de forma urgente —aclaró, cogiendo un manojo de llaves enormes de la pared que estaba a su izquierda—. Veremos qué se puede hacer por éste, si es que se puede hacer algo... —concluyó, mientras se alejaba hacia una puerta metálica que daba a la parte trasera del edificio desvencijado que era la perrera municipal.
Al cabo de unos minutos apareció la empleada arrastrando con la correa a un mastín de los Pirineos que presentaba un aspecto deplorable. El pobre tenía una pata fracturada, el pelo todo enmarañado y sucio y una oreja con coágulos de sangre seca pegados a ella. Antje se le quedó mirando y, al cruzarse con el perro mientras era arrastrado como un saco de arena hacia la consulta del veterinario, éste la miró con esos ojos de dolor y soledad que sólo un perro puede expresar mejor que un humano. Aquellos ojos expresaban el vacío, la falta de esperanzas y el miedo. A pesar de todo, le clavó la mirada a Antje y emitió un pequeño ladrido afónico acompañado de un levísimo movimiento del rabo. Antje sintió que se le hacía un nudo en el estómago y un oh dios se le escapó de sus cuerdas vocales de forma automática al contemplar aquel sufrimiento concentrado en un solo ser. 
La decisión se le asomó a sus pensamientos de forma instantánea: adoptaría a ese perro. Ese era "su" perro, el que estaba buscando desde hacía meses.
Al cabo de unas horas de espera mientras el perro era atendido por el veterinario de turno, Antje le explicó a la empleada que si no había otros posibles candidatos, ella se ofrecía a adoptar al mastín. 
—¿Pero no nos dijo que quería un perro pequeño? —preguntó la empleada haciendo hincapié en la palabra pequeño mientras parpadeaba rápidamente atónita ante la decisión de Antje. 
—Sí, quería un perro pequeño de tamaño, pero éste tiene un gran corazón y ganas de vivir, y eso es lo que quiero darle a este perro: un hogar donde tenga una segunda oportunidad —sentenció, mientras pensaba y se decía en silencio: como yo. 



 Antje le colocó la correa en el collar y se fueron juntos al camino que se adentraba en el campo, sembrado de trigo y cebada a cada lado, como todas las mañanas. Al llegar a la mitad del recorrido le soltó la correa para que corriera y buscara las piedras que ella le arrojaba. Esa era la parte del paseo que a Goliath le gustaba más: correr y buscar, buscar y correr; libre, felíz y satisfecho de cumplir con la tarea que le encargaba su amita. Al encontrar la piedra, volvía corriendo con ella en la boca cuando se encontró con otro perro que venía moviendo amistosamente el rabo. Era el perro de Kurt, un setter irlandés que refulgía como el fuego.
Al verla, se acercó y le preguntó:
—Ese es tu perro ¿no?
—Si, si —contestó Antje bajando la mirada, sintiendo los ojos de él clavados en los suyos.
—Parece que se llevan bien. Mira cómo juegan. Parecen dos niños... —dijo mientras Antje se tocaba y recogía el pelo en una pequeña coleta improvisada que inexorablemente se desmoronaba al instante de soltarla.
—Si, si —volvió a decir ella, mientras observaba con perspicacia el brillo que cegaba todo a su alrededor y se escapaba de los ojos de él— Eso parece.
— Esto... ¿vamos con los perros un poco más arriba por el camino? —soltó de golpe.
Antje no sabía qué decir. Se sentía confundida. Una parte de ella decía no, ten cuidado mientras la otra ansiaba aceptar y conversar con él. Magnéticamente atraída, se escuchó decir un leve sí.
Tras algunos minutos andando y un incómodo silencio que se interponía entre ellos interrumpido sólo para llamar a los perros que se alejaban más de lo necesario o comentar las bondades de los "niños", llegaron a un recodo del camino donde se perfilaba la forma de una pequeña charca a la izquierda. En cuanto el setter la vio, se zambulló en ella y empezó a chapotear alegremente mientras Goliath asistía y miraba con curiosidad a su nuevo compañero de juegos. A medida que pasaban los segundos y el setter se embarraba hasta las orejas, éste pasaba de ser un perro a parecerse más a un cerdo en una pocilga.
—Siempre vengo aquí —dijo él—. El campo, el cielo, el agua... —dijo mientras su vista se perdía en el horizonte para nuevamente quedarse enganchada en los ojos azules de Antje—. La tranquilidad y el silencio del paisaje y ver a Indi tan alegre jugar me desconecta. Me da paz.
—Claro, seguro. —Se volvió para que él no viera su sonrisa nerviosa que se le escapaba entre sus frondosos labios.
Estaba avergonzada de la respuesta vacía que le había dado. Quería desaparecer, se sentía empequeñecer de lo nerviosa que se encontraba.
Al instante siguiente, Kurt la atrajo suavemente hacia él y sus labios encontraron los de ella, se sumergieron en la inmensidad del momento y Antje se vio sorprendida de no poder —ni querer— evitar ese beso. Sus manos recorrieron lentamente la espalda de ella. Antje se sentía levitar. Un recorrido eléctrico empezó a dibujarse en su cuerpo mientras él más la atraía hacia sí y sus cuerpos se fundían de pie frente a la charca. El silencio se acentuó, el sonido del agua se alejó amortiguado por la nube de magia que les rodeaba  y los pájaros dejaron de cantar.  Y todo esto sucedía en mitad del campo, rodeados de silencio, abrigados por el sol de marzo y ajenos al frío de la mañana que intentaba robar ese exquisito momento de magia. Porque era magia, y de la buena.









Tuesday, July 24, 2012

Capítulo 8: Encuentros

Bajó presuroso los siete pisos que le separaban de la calle y al ver a Valentín le hizo un leve gesto con la mano, saludándolo. 
—Buenos días, Valentín —dijo con expresión seria. 
—Buenos días, señor Bosch —dijo éste dirigiendo un ojo hacia Michael—. Ha llegado un paquete para usted esta mañana, hará solo unos minutos. Pensaba subírselo en cuanto acabara de repartir el correo ordinario. 
—Ahmm, bien. Puede subirlo en media hora, ahora tengo que salir a la farmacia. 
—De acuerdo, señor Bosch, cuando usted mande— afirmó sin inmutarse el conserje, mientras seguía leyendo el periódico dentro de su cubículo de cristal y madera, adosado éste artificialmente a un lateral del portal del edificio. 
Valentín trabajaba de conserje en el edificio de la calle Peonía número 987 desde hacía más de treinta años. Había comenzado de muy joven, al morir repentinamente el anterior conserje de un infarto fulminante en plena faena de fregado del portal. Su madre, prima del difunto, ejerció pronto sus influencias para colocarle ipso facto en el puesto vacante, y éste, tras más de tres décadas de servicio, conocía a la perfección a todos los habitantes de la finca. Desempeñaba su trabajo como era de esperar. Era un perfeccionista por naturaleza. Los bronces brillaban como el sol de verano, los suelos de mármol reflejaban hasta las legañas de sus paseantes y las plantas que decoraban el recinto eran cuidadosamente abonadas, regadas y lustradas con limonene semanalmente. A veces, algunas no soportaban el exceso de cuidados que les dispensaba Valentín y simplemente empezaban a ponerse mustias y a desprenderse de sus hojas, como lágrimas derramadas sobre el espejo de mármol. Él se empeñaba en maldecir al tiempo, a las borrascas, a la falta de luz natural del portal o a algunos vecinos incivilizados que utilizaban el tiesto como cenicero, pero lo que realmente desconocía era que la cera que les aplicaba para que brillaran "como una patena" era la que las asfixiaba y las condenaba a una muerte lenta.

—Me voy a la farmacia. Tengo que comprar unas medicinas— dijo Antje, finalizando la conversación con Mariel—. Te llamo la semana que viene y quedamos para ir al hospital. Tengo miedo a cómo me siente el tratamiento, Mariel.
—Ya, lo entiendo. Se pasa mal, eso dicen. —Le cogió las manos entre las suyas—. ¿Y qué sabes de Alexandre? ¿Por dónde anda esta vez?—preguntó, soltando sus manos y llevándose el pelo hacia atrás.
—Oh, está de viaje por Boston. De seminarios. Ya sabes, de aquí para allá. Llama a las niñas cuando llega a su casa, las ve siempre que puede.—dijo colocándose recta en la silla—. Miriam se las llevará unos días a su casa hasta que vuelva de Boston y luego irán de vacaciones con ellos a las islas Canarias. Creo que es lo mejor ahora mismo para ellas.
—¿Pero le has dicho a Alex, no?
—Mmm, no —contestó Antje bajando la mirada—. Pensaba decírselo cuando volviera de su viaje a EEUU. No quería contárselo por teléfono.
—Ya. Entiendo —afirmó Mariel mientras se ponía de ie y cogía su bolso—. Bueno, me llamas entonces la semana que viene. No creo que me manden a ningún sitio, así que estaré allí contigo todo el tiempo. Lo sabes, ¿no?
Mariel se acercó a Antje y se fundió en un fuerte abrazo con su mejor amiga.

Recorrió la calle, buscando aquí y allá encontrarse con la cruz verde que indica la localización de una farmacia. Conocía muy bien la zona; sabía dónde estaban las mejores librerías, las tiendas under de moda, los pequeños centros de belleza; a los que las señoras entraban deslucidas para salir todas emperifolladas y con los cabellos más duros que el bambú de la cantidad ingente de laca que les aplicaban las estilistas,  las fruterías de importación; donde las piezas se enseñaban como pequeñas joyas artesanales sobre cestas de mimbre chino y los grandes almacenes; que acaparaban el horizonte naciente; ocultando el sol de la mañana a medida que pasaban los minutos. Pero nunca se había fijado en las farmacias. Éstos eran unos sitios muy poco frecuentados por Antje, salvo por las escasas veces que había tenido que ir a comprar Dalcy o algún anticatarral para sus hijas.
Siguió caminando y localizó una farmacia a escasos cincuenta metros de donde se encontraba. Entró y se colocó en la fila estoicamente, mientras un hombre que entraba a la farmacia se situaba detrás de ella. Sintió la presencia e inconcientemente se dio la vuelta, llamando con ello la atención de Michael, lo que provocó que sus miradas se encontraran y quedaran suspendidas en el tiempo, detenidas durante un instante infinito en aquella atmósfera aséptica en la cual se hallaban inmersos. Antje, luego de unos brevísimos pero eternos segundos, bajó la mirada y se volvió nuevamente. Michael se sintió ahogado ante la profundidad del azul de los ojos de Antje. El color turquesa de sus iris le transportó a la península del Yucatán, a sus aguas límpidas y profundas, a su último viaje por Quintana Roo; donde se había sumergido por primera vez en un cenote.
Pero había algo más, algo que le tomó solo una fracción de segundo descifrar. A pesar de lo agradablemente perturbador que resultaban aquellos ojos, notó la ausencia. El acíbar se reflejaba en él, que sintió como propio; la alígera belleza que se perdía en la lóbrega mirada de Antje le sacudió el alma de forma imperceptible.
Mientras ella solicitaba a la dependienta las medicinas que le habían prescrito, Michael intentaba sacudirse el sentimiento que le embargaba y volver al presente. Intentaba pensar en otra cosa. Se obligó a leer las nomenclaturas de las fármacos y demás productos que tenía a su derecha, sobre unas pequeñas baldas de cristal -Fastún, Voltarén, Almax; cremas para la cara de Avènne, chupetes de todos los colores, toallitas para bebés- pero no se concentraba. Los ojos de Antje sobrevolaban sus pensamientos cual mariposas sobre flores, su rostro se había quedado enganchado en su mente como un abrojo de verano a un perro vagabundo.
—Muchas gracias —dijo Antje a la dependienta que le acababa de entregar una bolsa pequeña de plástico que contenía los medicamentos.
Se dio la vuelta y caminó hacia la salida. Abrió la puerta que daba a la calle y, al encontrarse con el sol de frente y el calor abrasador que surgía del cemento y le laceraba la cara con lamidas de vapor que se quedaban pegadas en su piel, sintió que sus ojos le fallaban.  El resplandor blanquecino del sol dio paso a una negrura absoluta, mientras en sus extremidades una endeblez repentina y un hormigueo obligaron a Antje a apoyarse -sin mucho éxito- contra el escaparate de la farmacia. Sus dedos recorrieron unos pocos centímetros de la superfice pulida del cristal, para luego soltar amarras y emprender el viaje hacia las tinieblas de la inconciencia.
Debo estar dormida, o peor; muerta. Me falta el aire, no veo nada. Ni siquiera esa luz de la que tantos hablan. Solo hay oscuridad a mi alrededor y un frío glacial. No puedo moverme. Mis piernas y brazos están adormilados, aunque siento que mis antebrazos se sacuden espasmódicamente. Trato de abrir los ojos, pero éstos pesan como una montaña de granito aplastando una mísera flor. Lo intento otra vez. No puedo. Escucho voces, un murmullo que se acrecienta y llena el silencio con sus palabras ininteligibles. Una voz apagada pero celestial pronuncia mi nombre. Silencio. Está lejos, aletargada e inmóvil, pero la escucho nuevamente.

—¿Te encuentras bien? — preguntó Michael, mientras Antje intentaba incorporarse ayudada por los recios brazos de éste—. Antje —aseveró—. Te llamas así, ¿no?
— Sí, sí... —contestó ella, aún mareada pero ya de pie, abrazada por la cintura por Michael—. ¿Qué me ha pasado?
— Te has desmayado unos minutos. Cuando salías de la farmacia perdiste el equilibrio e intentaste cogerte del escaparate, pero te caíste. Yo estaba saliendo, justo detrás de ti. Por suerte pude cogerte antes que acabaras en el suelo —le contó Michael, tranquilo y mirándola a los ojos—. ¿Estás mejor?
— Sí, ya estoy bien. Te agradezco lo que has hecho por mi. Últimamente no me siento bien —contestó, eludiendo decir aquella palabra que aún guardaba para sí y que sólo la había mencionado una vez, a Mariel.
— Te vendría bien beber algo, o tomar algo salado —sugirió Michael, devolviéndole el bolso que había cogido del suelo para averiguar su nombre—. Venga, vamos a la cafetería de la esquina. Te acompaño para cerciorarme que estás bien.
— Gracias, pero estoy bien... no es necesario. —Un hilillo de voz salió de su boca, mientras bajaba la mirada, avergonzada.
— Insisto. No acepto negativas. Por poco acabas en el suelo, te podrías haber hecho daño.
Antje, ante la persistencia en su ofrecimientoe imposibilitada de decir no a aquel extraño que la había socorrido y ayudado en plena calle y que había ejercido de enfermero tan profesionalmente, aceptó.
Al cabo de un par de manzanas, grande fue su sorpresa cuando se dio cuenta que se dirigían a la misma cafetería de la cual había salido hacía sólo unos minutos; la cafetería Hovenia, aquella que se había convertido en testigo involuntario de tantos dulces y amargos momentos que había vivido durante su vida.

Café Tortoni -en la Avda. de Mayo, Buenos Aires-  del cual me he inspirado para crear la cafetería Hovenia





Sunday, June 24, 2012

Capítulo 7: Conjugación del verbo amar

A veces sus miradas se cruzaban. Ella no le atribuía ningún otro interés más que la cordialidad que entraña y exige ser buenos vecinos. A veces, sus pupilas se clavaban en las de ella y se quedaban ancladas en la atemporalidad del tiempo, hasta que, pasados unos instantes, ella bajaba la mirada y él se sumía en el desasosiego. Otras veces eran inócuas palabras las que llegaban a sus oídos. Comentarios intrascendentes -para ella, claro-, conversaciones banales o saludos a distancia. A todo intento de Kurt por acercarse, Antje no hacía otra cosa que evitarle, pero no conciente ni específicamente a él, si no que ignoraba a todos los que se encontraban a su alrededor. Era su forma innata de protección: el alejamiento. 
Sonaba el despertador a las ocho de la mañana y comenzaba la rutina. Despertaba a sus hijas con un beso, las ayudaba a vestirse, les preparaba el desayuno y las acompañaba al colegio. Pocas eran las veces que llegaba hasta la puerta del centro, ya que prefería quedarse a una prudencial "distancia de seguridad" donde pudiera verlas llegar hasta la misma entrada mientras ella vigilaba desde la esquina. Era esquiva. Siempre lo había sido. Antje siempre se había considerado un poco "antisocial". Su visión del mundo y de las relaciones distaba mucho de la ortodoxia general que se consideraba "normal". Era una persona afable y bondadosa -incluso se sorprendía gratamente cuando al conocer a alguien opinaban de ella que era simpática- pero su perenne expresión adusta que transmitía contradecía su interior inquieto y ansioso. Bien por timidez, bien por cierto grado de desconexión social, prefería muchas veces la soledad a la compañía. Era una eremita. Simplemente se sentía más cómoda así. Como intuyendo el peligro, se refugiaba y protegía del mundo adoptando una actitud de lejanía intencionada, de soledad autoimpuesta.
Las veces que sus hijas insistían, las acompañaba hasta la puerta del colegio, donde la mayoría de las veces estaba él, ansiando entablar una conversación que se presentaba más que imposible ante la huidiza Antje. Cuando no se marchaba de puntillas en cuanto las dejaba, era otra madre que la pillaba desprevenida para comenzar el ritual carnicero de despellejar a un tercero que por supuesto, no estaba presente. Ella se quedaba escuchando, asintiendo con un leve movimiento de cabeza las afirmaciones de la "licenciada" de turno y, en cuanto veía la oportunidad, giraba con sus talones y se marchaba de la escena del crimen rauda hacia su casa. 
Un día coincidieron solos, y sin saber muy bien cómo ni porqué, Antje se decidió a prestarle atención. Al cabo de unos minutos, se quedó sorprendida ante la locuacidad de sus palabras, tan hurañas como ella, que habían comenzado a brotar de sus labios con la facilidad y la naturalidad con la que la lluvia pasajera empapa la tierra sedienta del verano.
Y descubrió sus ojos. Habían estado siempre allí, pero ella no los había visto. Le había mirado mil veces a la cara, pero ésta era la primera vez que se reflejaba en su brillo. El brillo extraordinariamente inusual de sus ojos castaños comenzaron a iluminar su oscuridad, a guiar su camino y a encender sus noches lóbregas. El mundo; otrora gris e insípido, de pronto se convirtió en una fuente de hidromiel dulce y abundante. Y Kurt; como Bolverk y el gigante Baugi, lentamente empezó a deslizarse por las rendijas de la montaña que sepultaba a Antje, cuya cima, inexorablemente, había empezado ya a resquebrajarse.
Sabía cuál era la situación. Él, un hombre casado y padre de familia. Ella, separada y madre también. Una reticencia natural luchaba por imponer la razón al corazón. Al acostarse se repetía una y otra vez que no lo volvería a ver, que aquello no podía suceder. Aferrándose a la razón con la fuerza de un delgado hilo de seda, Antje fue sucumbiendo al dulce dolor de la extrañeza, a la ingravidez de los sentimientos y a la exageración de los sentidos.
Se encontraban a diario. Aquí y allá, paseaban y hablaban de sus vidas. De la soledad y el dolor de uno, de la tristeza y anarquía social de la otra. Buscaban respuestas a preguntas invisibles. Describían razones a sordos corazones. Compartían momentos de intimidad únicos que solo ellos entendían. Las nubes de primavera -que arropaban y cuidaban su incipiente relación- dibujaban un futuro irreal en el cielo, pero a la vez tan verdadero como el sentimiento  que les unía cada vez más.
Comenzaron a creer, a ansiar, a amar. A buscarse los labios en la soledad de las noches, mientras la gente dormía. A fundir sus cuerpos en la calidez de las mañanas, mientras la ciudad se despertaba. Sintiéndose cómplices de un engaño que no podía durar en el tiempo. Sabiendo que aquello que sabía maravillosamente bien en sus labios sabría amargo en los de él cuando de su boca tuviera que salir la inevitable verdad a su mujer. Se amaban, se deseaban.
Un día, mientras caminaban por un sendero solo iluminado por la luna llena, Antje se sintió de pronto ligera. El miedo, la tristeza y la soledad que habían compartido asiento con ella durante casi toda su vida ya no estaban allí. Se habían apeado de ese viaje. Habían seguido el camino solos, olvidando a su compañera de periplo. Y se sintió felíz. Irradiaba alegría, candor, felicidad. Sus ojos centelleaban cuando sus pupilas se encontraban inesperadamente con las de él, cuando sus dedos se deslizaban subrepticiamente cual polizones sobre las manos de Antje en encuentros ahora no tan ocasionales rodeados de gente. Y Kurt refulgía al verla. Chispas multicolores envolvían un cuerpo tallado a cincel. Un velo de misticismo le envolvía y sujetaba sus palabras.
Él la amaba. Ella lo sabía. Se lo había dicho un día al pasar, como queriendo disimular y ocultar de las miradas ajenas lo que sentía, pero cada fibra de su musculoso cuerpo sucumbía a la verdad y se estremecía cada vez que le decía lo mucho que la amaba. Y ella le amaba también, aunque se esforzaba por retener esas dos palabras, como temiendo que si las decía el hechizo se rompería, la noche se haría día y la realidad, un mero sueño. Le amaba, pero tenía miedo de aceptar lo que sentía. Aceptar sus sentimientos implicaba aceptarse ella misma, y en ese campo ella siempre había jugado en desventaja. Era suplente de su propia vida. Miraba sus días pasar desde el banquillo, esperando que tal vez un día tuviera que entrar al campo y empezar a jugar de verdad, a abrirse paso dando codazos y patadas para de una vez por todas, rebasar a ese pasado que la había apartado del control de su vida convirtiéndola en una simple espectadora. Ese pasado solo conocido ahora por Kurt, quien le había enseñado -mediante su paciencia, sus palabras de comprensión y afecto- a dejarlo atrás, a enterrarlo bajo siete sellos a diez metros bajo tierra.
Ese pasado ya no estaba. Había abandonado su condición para convertirse en el presente que ella había elegido vivir, un presente que conjugaba solo dos personas: "tú" y "yo" y que le había enseñado a pronunciar, sin miedo a equivocarse, esas dos palabras: te amo.

Thursday, June 21, 2012

Capítulo 6: El café

—Cariño, tengo que ir al centro. He quedado con Mariel en la cafetería de siempre. No creo que tarde mucho así que os portáis bien, ¿si? 
—Si mamá, tranquila. Tú ve y pásatelo bien, y dale recuerdos a Mariel de nuestra parte —dijo Camille mientras chateaba con su amigo David—. Cuidaré de la renacuaja.
Antje había quedado en la cafetería "Hovenia" con su amiga Mariel, aquella cafetería que habían descubierto juntas mucho tiempo atrás, cuando eran apenas adolescentes y asistían juntas al mismo instituto. Aquel día, hacía ya más de veinte años, habían decidido hacer novillos. Era la primera vez que se adentraban en el mundo de los adultos, abriéndose paso en él saltándose algunas normas y esquivando la obligación del estudio. Habían planeado tomar el autobús y dirigirse al centro de la ciudad; ver tiendas, pasear, consumir horas hablando sobre los chicos que les gustaban y, como colofón, tomarse un enorme batido de plátano, de esos tan espumosos que parecían un volcán proyectando pedacitos de algodón y que en el medio se asomaba un sol redondo pero tan colorado como una cereza. Cansadas y sedientas, luego de una mañana de caminata imparable, encontraron la cafetería en una esquina. Ésta era antigua, de primeros de siglo XX, en los bajos de un edificio señorial de estilo francés, de arenisca gris y grandes puertas de mader oscura con tallas de hojas de laurel y flores de loto. El interior era un mundo paralelo, desconectado de la ortodoxa realidad pero unido al mundo a través de la música. Una galaxia de objetos antiguos milimétricamente colocados de forma desordenada por las paredes, sobre los rincones y detrás de la barra imprimían un aire abigarrado a la decoración de la cafetería. Del techo colgaban, -de finísimos cables de acero casi imperceptibles a un ojo no muy fino- como nubes de tormenta: violines, guitarras clásicas, un bandonéon y hasta un banjo. Al mirarlos uno se preguntaba enseguida cómo era posible que aquella orquesta descansara tan sutilmente sobre aquel techo pintado de color azul cielo, donde la música ya no sonaba pero los compases aún retumbaban en las cajas de resonancia que olían a tiempo muerto, a horas añejas y compañía mágica. Las paredes, de color verde pastel, se vestían de oboes relucientes, de saxos olvidados, de trompas cromáticas y flautas traveseras que aún ansiaban esos labios finos pero fuertes que alguna vez habían besado su embocadura. Mesas redondas de madera de nogal salpicaban un suelo de baldosas cerámicas de color blanco donde un maestro de fino pincel, mezcla de Mozart y Miguel Ángel, había recreado un pentagrama completo, con claves de sol, redondas, semicorcheas y blancas. Aquella incursión en la cafetería Hovenia había marcado a las amigas su presente y su futuro, su unión atemporal e incondicional. Fue tal el maravilloso sabor que se llevaron con ellas de esa tarde en la cafetería, que prometieron reencontrarse en ese sitio imperturbable al paso del tiempo todos los meses mientras vivieran. Y la promesa no había dejado de cumplirse desde hacía ya más de viente años, salvo por algunos compromisos laborales de Mariel que le impedían asistir a la cita ocasionalmente.  
Empujó la pesada y quejumbrosa puerta que separaba la realidad de la quietud, el ruido de la ciudad del sosiego, y se encontró en la mesa del rincón, junto a unos ajados timbales, a Mariel. Allí estaba, sentada con las piernas cruzadas, tamborileando impacientemente sobre la superficie lustrosa de la mesa. Lucía una melena morena y larga, lisa y espesa, recogida en un estudiado desorden que enfatizaba su rostro joven y vivaz. Sus enormes ojos verdes destacaban en una piel fresca, con solo una pocas arruguillas a los laterales. Su finísima cintura de himenóptero -acentuada siempre con estrechos vestidos- había sido la envidia de Antje y de todas las chicas del instituto. Vestida con un traje de chaqueta y pantalón de un blanco nivoso, su cabello negro jugaba a camuflarse como un tablero de ajedrez sobre el pentagrama del suelo de la cafetería.
Al ver que Antje se acercaba, Mariel se puso de pie y esperó unos instantes hasta que se encontraron y se fundieron en una largo abrazo. Se sentaron, se miraron a los ojos en completo silencio y Mariel supo al instante que algo no marchaba bien. Al final, fue ella quien rompió el incómodo mutismo.
 —¿Qué ocurre Antje? Dime —inquirió Mariel. 
Antje clavó sus ojos en los de su amiga y pestañeó.
—Tengo cáncer. No tiene buen pronóstico. La ginecóloga me ha dicho que está avanzado y que tengo pocas posibilidades...
Mariel se recostó en el respaldo de la silla, cogió las manos de Antje con las suyas y la miró a los ojos. 
—Me tienes a mi. Tú eres fuerte, siempre lo has sido. Eres una superviviente, una mujer valiente, capaz, una luchadora nata. Esto no te va a vencer. No pienso ponerme a compadecerte porque no lo necesitas. Necesitas armas con qué luchar, y solo tienes que escarbar un poco dentro de ti para encontrarlas.
—Imaginé que me dirías algo así. Le he estado dando vueltas. Desde que me lo confirmaron me he sentido vagar por un laberinto de sensaciones, sin llegar a dar con la salida. Sentí morirme lentamente, sentí ganas de dejarme vencer. El presente se me mezclaba con el futuro. Pero luego me dije que tengo a las niñas y ellas son motivo suficiente para que no decaiga. Y sé que te tengo, Mariel. Siempre nos hemos tenido la una a la otra.
El camarero se acercó a la mesa donde se encontraban y, al ver a las amigas con ojos llorosos, preguntó si todo estaba bien. 
 —Sí, todo estará bien —respondieron al unísono, haciendo hincapié en el verbo.
Pasaron la siguiente hora hablando de cómo afrontar el tratamiento, compartieron el calendario de sesiones de quimio a las que Antje tenía que someterse, se prometieron realizar un viaje juntas a un destino desconocido; el cual elegirían colocando el dedo al azar en el globo terráqueo que Antje tenía en su escritorio y siguieron bebiendo café, riéndose tímidamente ante cualquier comentario que se prestara, aprovechando cualquier resquicio de alegría que se colara entre tanta tristeza presente, como un sol perezoso que amenaza con asomar su cabellera entre las algodonosas nubes invernales.
—¿Y tú Mariel? ¿A quién te has llevado a la cama esta vez? —preguntó Antje animándose un poquillo tras las escuetas risas surgidas de la charla.
 —No creas, llevo una temporada bastante discreta, y muy movida en el trabajo. No he parado de viajar este último mes. Estamos prepando las campañas internacionales de temporada otoño-invierno para Cosmo y la agencia me tiene volando entre Milán y New York. Si apenas tengo tiempo de pillar la cama para dormir, menos lo tendría para pasarlo bien sobre ella —dijo guiñándole un ojo a Antje—. Viajo con mis cámaras y equipo y poco más. Mi vida es un sinfín de idas y venidas a horas intempestivas: cuando no es la luz la que se impone, es el hallazgo de la localización ideal de una toma, cuando no son las nubes perfectas las que prometen "la toma", estoy buscando ese Ford T del veintitrés que el dueño se empeña en proteger a toda costa incluso de un inocuo flash... en fin, qué te voy a contar que no sepas ya de mi vida de fotógrafa de revistas de moda —dijo Mariel reclinándose en la silla y encogiéndose de hombros.
—¿Pero ese cuarentón tan guapo que habías conocido en París hace un par de meses? ¿Cómo era...? ¿Cedric? Sí, ese. Me contaste que estabas loca por él y él por ti, que os ibais a ir a vivir juntos... que él vendría a España por ti.
—Ya, es cierto —dijo bajando los párpados y estrangulando con su mano el tenedor que había cogido para probar una porción de pastel de chocolate que le había pedido al camarero apuntando con el dedo índice la carta mientras éste servía la segunda ronda de cafés.
—Íbamos... —respondió alargando la palabra hasta extremos infinitos—. Hasta que hace tres días llamé y me atendió una niña pequeña. Me quedé paralizada, no pude contestar ni soltar el teléfono. Los segundos se hicieron minutos y los minutos; horas, hasta que unas palabras que dijo la niña me empezaron a succionar los pies, arrastrándome violentamente desde el limbo en el que me encontraba flotando para luego sentir que éstos se clavaban en la superficie dura del parquet del salón de casa. En ese momento mis oídos volvieron a ser míos. "Papa, il n'y a personne", dijo la niña —sentenció Mariel en un perfecto francés—. Y luego, como un enjambre de abejas asesinas dirigiendo sus aguijones mortales, escuché la voz de Cedric diciéndole a su hija "Raccroche, raccroche... quelqu'un se sera trompé". Por supuesto, no volví a llamarle, y cuando él lo hizo, no contesté. Fin de la historia. Ha seguido llamándome, pero no pienso antender el teléfono—afirmó Mariel temblándole la voz—. Ya sabes cómo son los hombres. Mentirosos. En ese campo llevas tú la ventaja, lamentablemente. 
—Ya —dijo Antje introspectiva y lacónicamente—. Han pasado más de dos años y aún duele. No lo voy a negar, no te puedo contar nada que no sepas ya.
 —Te dije en su momento que rompieras con el pasado, Antje. Sé que has vivido una temporada horrible. He sentido tu dolor amplificado en el mío. He llorado tus lágrimas y he tratado de hacer desaparecer ese vasto espacio vacío que él con su decisión dejó en tu vida, pero no lo he logrado, al parecer. Te corresponde a ti vivir el proceso. Aunque esté la mayoría del tiempo a miles de kilómetros de distancia física, sabes que estoy a unos pocos centímetros de tu corazón. He esperado tus llamadas a cualquier hora, estuviese en Tokio, Londres o París. No me he despegado del móvil salvo para ducharme. —Cogió su móvil que había colocado al lado del azúcar y comenzó a bambolearlo frente a Antje—. Quería que sintieras cuando te regalé el móvil que yo estaba ahí. Que estoy aquí. Ahora y siempre. Pero también sé que decidiste lamerte las heridas tú sola, Antje. No te culpo ni te recrimino nada —sentenció, dulcificando sus palabras. 
 —Sí, lo sé. Te aparté de mí. A ti y a muchos. Kurt me hizo un daño terrible. Y aún duele el recordar.

Dos años antes, al leer sus palabras de despedida dejadas en un universo tan reducido de solo ciento sesenta caracteres, Antje había sentido que una a una las capas de su epidermis iban cayendo a  sus pies. Se sentía desnuda, indefensa. Su cuerpo empequeñecía a la vez que el mundo se volvía más grande. Empezó a vivir de rodillas, mirando la vida desde otra perspectiva. Su corazón perdía partes imprescindibles a cada paso que daba, como si fuese un viejo y desvencijado reloj al que se le van cayendo poco a poco sus engranajes. Sentía el sonido de la oquedad en su interior, el silencio del dolor que se deslizaba furioso sobre su piel, el ardor de la ira que quemaba sus manos anhelantes de él. De Kurt, del hombre que amaba. 


Sunday, June 10, 2012

Capítulo 5: El coleccionista de máscaras

Estaba preparándose las tostadas en la cocina. El aroma a pan tostado inundaba todos los rincones de la casa. Hablaba por teléfono con su jefe para decirle que ese día no iría a la oficina. Se quedaría en su piso y se conectaría a la intraweb de la empresa, donde actualizaría los datos de las ventas para presentar en el próximo quarter de la compañía. Necesitaba estar concentrado, no perder ni un segundo con distracciones. Solo podía enfocarse única y exclusivamente en la presentación, donde debía insertar las tablas con los revenues, el forecast y el total de beneficios del último trimestre.
Hacía años que trabajaba en la misma empresa, en la misma planta, en el mismo puesto. Sus días eran reproducciones automáticas y sincronizadas con la salida del sol. Sonaba el despertador, tomaba una ducha rápida, se afeitaba y se embutía en sus camisas YSL, se colacaba el traje azul -o gris- Armani y se anudaba sus corbatas Gucci.
Si bien su aspecto exterior era impecable, el interior hacía un tiempo que emitía aullidos acallados de desesperación y hartazgo. Le aburría su trabajo terriblemente. Rutinario, frío, poco imaginativo. Hacía casi veinticinco años había acabado su licenciatura en Historia que, tras años en la mejor universidad del país e incontables horas de estudio, no le habían posibilitado dedicarse a su verdadera pasión: la investigación antropológica. Al final, había acabado resignado en una multinacional informática, de esas que los empleados eran únicamente gasto en sus balances contables si no estaban vendidos al peso en proyectos clientes.
A pesar de que el presidente de la compañía había valorado su capacidad laboral, su entrega y fidelidad total a la empresa y su visión de mercado al haberlo promocionado en los últimos cinco años a un puesto directivo, este estímulo no llegaba a aplacar su sensación de frustración y falta de compleción.
Poseía un piso en el centro de la ciudad, cercano a la mejor calle del barrio más acomodado. Sus ingresos -y la enorme herencia que recibió por el fallecimiento repentino de sus padres en un terrible accidente de coche cuando él solo tenía diecinueve años- le permitían vivir más que holgadamente en una ciudad de las más caras de Europa. Amante de las culturas olvidadas, había ido acumulando objetos a lo largo de los viajes que se permitía durante las vacaciones estivales. Su piso era una suerte de museo tribal, donde cuencos tibetanos sobre mesas de bambú chinas se mezclaban con katanas japonesas del siglo V, en los rincones del salón descansaban ashikos de su último viaje a Nigeria y en la paredes, encima de la chimenea y a sus lados, se enseñaba una  orgullosa colección de las más exquisitas máscaras de las tribus de Bembe, de Kumu, de Pere, de Kusu, de Hemba, Luba, de Tabwa y de otras tribus congoleñas. Decenas de objetos antiquísimos vestían un piso amplio pero desnudo de muebles modernos, carente de cualquier referencia a la civilización actual que, paradójicamente,  le había brindado la posibilidad, gracias a sus dotes comerciales, de rodearse de esas piezas dignas de la mejor de las colecciones del Museo de Historia Natural de New York.
Él se mantenía en un perfecto estado físico. Sus músculos bien torneados, sus piernas fuertes y firmes y su abundante cabellera castaña recordaban a un Adonis del siglo XXI. Se pasaba las horas posteriores a la salida del trabajo en el complejo Fitness and Health Club que se encontraba a pocas manzanas de su residencia. Se machacaba en la cinta de correr, practicaba Aikido y llevaba a cabo una rutina cada vez más exhaustiva en la sala de musculación. Eran tres horas diarias que se pasaba en el club consumiendo sus pensamientos y ansiando que el ejercicio produjera un efecto anestesiante en su cuerpo.  Las noches acababan siempre igual. Se recostaba en su sofá de piel color chocolate y veía abstraído las noticias, escuchaba Verdi en su equipo de música Bang & Olufsen mientras cenaba comida gourmet que encargaba a un selecto club gastronómico del barrio y luego se metía en su habitación, se acostaba, leía a los clásicos rusos y al cabo de un par de horas se dormía con la luz de la mesilla de noche encendida, la cual emitía una leve luz amarillenta que le arropaba en la soledad de la noche.
Ese día se dijo que trabajaría desde casa. Pero primero, iría a la farmacia de la esquina a comprarse una caja de ibuprofeno, ya que había amanecido con un inusual dolor de cabeza.

Friday, June 08, 2012

Capítulo 4: Las letras son pasos de baile que bien escritas, describen una danza maravillosa


"Todo esto es surrealista. Siento que no pertenezco a mi cuerpo, que me he desprendido de él el día que me dijeron que tenía cáncer. Veo las horas pasar desde otro ángulo, éste; distorsionado, borroso. El dolor que siento me acribilla y me deja inconsciente. Pero insiste, se aposenta en primera fila y arremete una tras otra, sin descanso. Con denuedo trato de no sentir, de no vivir esta constante cuenta atrás que empezó a correr hace pocos días. 
Mis hijas no saben, pero intuyen. Me ven cansada, ojerosa, sin apenas fuerza ni ganas de levantarme. ¿Qué debo hacer? No quiero morir, no quiero sufrir, pero tampoco quiero este constante recuerdo que me perfora las sienes y me aturulla con su cánticos del infierno. 
Necesito salir, creer que puedo ganarle, contra todo pronóstico"

Antje 
Escribía desde pequeña. Desde que tenía memoria la pluma Parker -o el Bic- había sido su mejor y más fiel amigo. Había empezado describiendo lo que veía, adornándolo con metáforas, sinestesias e hipérboles. Adoraba las letras. Le fascinaban los fonemas misteriosos que encerraban magia al unirse con otros. Las palabras se enlazaban artesanalmente y de ellas surgía el más bello de los escritos. Sus amigos no comprendían cómo podía pasarse horas encerrada en su habitación, con el diccionario como copiloto y una pila de folios a un lado. Inventaba historias sencillas, con personajes identificados, con nombre y apellido. Les otorgaba características familiares: donde se necesitaban unos ojos frescos tenía los de su vecino de pared, cuando era un cuerpo rechoncho secuestraba partes de muchos y hacía un todo donde cada pieza encajaba como el mejor de los puzzles, engrasaba la máquina con nuevos ingredientes y marchaba a todo vapor. Realizaba auténticas "ensaladas" de autor, poniendo una pizca de ésto y quitando una poca de aquello, añadiendo un pelo de la de la otra calle y un bigote del tío del kiosko del barrio donde vivía. Todas sus historias las guardaba debajo de su cama, dentro de una caja de cartón vieja de unas botas que su madre le había comprado para las mañanas frías de colegio. Su caja era su más preciado tesoro. Solo ella sabía el paradero de sus letras, solo ella sabía que existían.
Cerraba la puerta de su habitación, se zambullía en la cama y sentada sobre la manta Palette verde campo, comenzaba a escribir como posesa cuentos estrambóticos, curiosos, sabios, simiescos y terroríficos. Una vez acabado el relato, se colocaba frente al espejo y lo leía en voz alta, perfeccionando su dicción y enfatizando las frases dramáticas, todo ello a  un público restringido: a ella misma. Mantenía grandes esperanzas en poder editar algún día su colección de cuentos, en poder mostrarle al mundo una partecita pequeña de su imaginación, de su bosque de elfos que rondaban en su cabecita y la empujaban a escribir cuando sus dedos comenzaban a moverse y bailar una danza embrujada cuando éstos se acercaban subrepticiamente a un block de hojas Rivadavia. Las letras eran su compañía, su apoyo y sus amigas. Practicaba caligrafía, buscaba palabras nuevas que rimaran con antiguas, combinaba sílabas y movía oraciones de acá para allá, buscando la perfección universal y la sincronía natural y absoluta de la expresión escrita. 
Ahora, tres décadas después, buscaba las fuerzas que necesitaba en sus amadas olvidadas. No con tanta magia, no con tanta energía pero sí con la esperanza de dar con la solución a esa sensación que le atenazaba el cuello y asfixiaba sus pulmones, provocándole un ardor que devoraba su cuerpo célula a célula. 

Capítulo 3: La roca


- Hasta luego, mamá. Mira, me he peinado.- Le dijo una de sus hijas por la mañana antes de irse al colegio acercándose a la cama donde dormitaba después de apenas pegar ojo esa noche. Como pudo, valiéndose de las pocas fuerzas que tenía, dibujó una leve sonrisa en sus labios y les dio un beso a las dos. Sola, estaba sola otra vez en la casa. Cerró los ojos un instante y el sueño conquistó su cuerpo lentamente. 
Despertó media hora después, sintiendo el pecho que se le hundía y respirando entrecortadamente. Un hormigueo persistente que había comenzado en su mano se le extendió rápidamente por el brazo. Se sentó en la cama y observó su habitación: desde el ventanal veía el sol desperezarse al sureste, a las golondrinas que cantaban insistentemente y hacían vuelos rasantes sobre la cornisa del tejado de la casa vecina y a una solitaria paloma que arrullaba quejumbrosamente desde algún lejano árbol que ella no llegaba a divisar desde su cama. Apática, se vistió con un pantalón fino de algodón y una camiseta de esas que uno compra en vacaciones, con inscripciones con soles y palmeras y el lugar visitado -en este caso la camiseta era de Miami Beach-, comprada en su último viaje a EEUU. 
A sus casi cuarenta años, Antje era una mujer que conservaba la piel sin arrugas, relativamente lozana. Siempre había sido delgada, de brazos fuertes, pero un andar cabizbajo era su marca que la diferenciaba con mucho de lo que pretendía ser. Llevaba el cabello teñido de un castaño chocolate por sus numerosos cabellos blancos que de forma temprana habían asomado a sus sienes, herencia ésta seguramente de su padre, que con apenas treinta años ya lucía una cabellera nívea pero sin perder la espesura inherente a la edad. Hacía un par de años se había despojado de todo ornamento: sin pendientes, sin collares ni cadenitas, solo llevaba un reloj de pulsera que le marcaba el paso de las horas, minutos y segundos que habían transcurrido y que le quedaban por vivir. 
Se puso sus zapatillas de deporte y abandonó la casa hacia el campo cercano, donde un viejo sendero se adentraba en las cosechas de trigo ambarino que esperaban pacientemente que el agricultor les cortara el flequillo. Empezó a andar, pausadamente. A medida que avanzaba fue ganando fuerzas y su andar se hizo más ligero, pero a la vez trémulo. Tenía ganas de correr y no parar jamás, de abandonar su mundo asfixiante y hallar un sitio donde no pensar, donde nada doliera y todo brillara, donde los colores fuesen vívidos y los sonidos maravillosos. Un lugar donde poder tocar las nubes y hacer muñecos con ellas, donde pudiese sentirse libre y volar, abrir sus alas gigantescas y sentir las corrientes de aire que la empujasen sobre las cimas de las cordilleras, sobrevolar las sabanas, la muralla china, el vórtice del Pacífico y recién, solo recién cuando estuviese dispuesta a aterrizar, posarse donde quisiese, abrir los ojos y contemplar la naturaleza. 
Siguió andando hasta llegar a un recodo del camino, un lugar conocido tiempo atrás. Se detuvo y miró hacia la izquierda. Desde allí solo se veía más campo, más trigo, un inmenso mar amarillo que se perdía en el horizonte. Bajó la vista y se encontró con aquella roca. Esa roca que esperaba ser descubierta desde hacía ya bastante tiempo. La roca que guardaba un amor truncado, un amor que había recibido un hachazo frontal y que había dejado astillas a su alrededor. Astillas que ella había ido juntando y guardando en una cajita de madera malva. Cada trozo tenía una fecha, un lugar y un sentimiento. Les ponía etiquetas y con una caligrafía cuidada les dotaba de nombre propio. "Siete de abril, campo, pasión";"cinco de mayo, laguna, confianza". Innumerables eran los trozos que contenía su caja, todos bien ordenados, catalogados y celosamente atesorados. Aquella roca, escondida entre los juncos y las jaras, esperaba aún pacientemente a su destinatario. Antje la miró, parpadeó levemente y sintió, sorprendida, que sus ojos aún eran capaces de hacer brotar lágrimas de iris que recorrían su piel y morían en el océano de su boca.
Apesadumbrada y con la tristeza adherida a su epidermis, desanduvo el camino recorrido, llevando esta vez en sus manos una nueva astilla que guardar en su caja: la astilla "quince de junio, sendero, desolación".

Thursday, June 07, 2012

Capítulo 2: Su estrella no parpadea esta noche


Apenas había dormido durante la noche. Las sábanas se le pegaban a la cuerpo como una segunda piel. La brisa nocturna no refrescaba su mente lo suficiente. Al son del tic tac del reloj, se levantó y se dirigió al jardín de su casa, deteniéndose unos instantes en el umbral de las habitaciones de sus hijas para comprobar que sus sueños fuesen placenteros. La casa estaba en silencio, salvo por la letanía del sonido del agua a lo lejos, la cascada del estanque que con su murmullo acariciaba sus ojos todas las noches antes de rendirse a las fuerzas del ciclo circadiano. Aún recordaba las palabras. Las repetía para sí separándolas en sílabas, como cuando a los niños en el colegio se les enseña con las palmas de las manos a reconocer los fonemas. Un, dos, tres... Tres-cien-tos se-sen-ta y cin-co. 
Abrió con cuidado la portezuela que comunicaba al jardín. El aire estaba húmedo. Gotas diminutas descansaban sobre los haces de las hojas. El césped era un manto mágico que fulguraba a la luz de la luna, enseñando sus pupilas infinitas en el vasto océano verde. Las gardenias y las madreselvas competían por expeler la más balsámica de las fragancias. Como ella, las siemprevivas mostraban impertérritas su presente al continuo flujo de vida noctámbulo.
Se acercó a la valla y apoyó sus antebrazos, descargando todo su peso sobre los mismos. Buscó su estrella en el firmamento, aquella que tiempo atrás la acompañaba y le guiñaba sus ojos con cierta complicidad. Aquella estrella que le hablaba, le aconsejaba y la guiaba por los caminos más sabios. La encontró en Tauro y clavó sus ojos en ella, esperando que volviera a refulgir y pestañear, como siempre lo había hecho. Pero esta noche no parpadeaba. Se mantenía impávida en el retal copernicano. Ella deseaba con toda su alma que le hablara, que la abrazara con su brillo y le quitara esa pesadumbre que la asfixiaba, que gangrenaba día a día sus ganas de vivir, que carcomía sus venas milimétricamente mientras el tiempo contaba irremisiblemente el paso de la vida a la muerte. Pero no, ella seguía muda, ni tan siquiera bizqueaba. Solo su presencia lejana delataba su existencia. 
Su desamparo creció hasta magnitudes inconmensurables. Se removió de donde estaba apoyada y se miró las manos. Aquellas manos grandes y fuertes que una vez habían acariciado un destino afable, lleno de colores fulgurantes. Ahora estaban secas, ajadas. La palma izquierda era una llaga. Como un papel de calco, podía observar nítidamente las distintas capas de su epidermis. Se sentía sola. Y realmente lo estaba. 
Bajó los escalones que conducían a la piscina. Con suma lentitud, se despojó del camisón empapado en sudor, se quitó las braguitas y se sumergió en el agua nutricia que la llamaba desde la más insondable de las noches vividas hasta la fecha. El agua estaba fría y oscura. Solo se reflejaba la luna sobre ella, enseñando sus arrugas en el espejo líquido, ahora roto en mil ondas apasionadas. Introdujo la cabeza en el agua hasta la nariz, solo dejando sus ojos por fuera, éstos clavados en la lámina que la separaba del silencio. Pasaron unos minutos y ella seguía en la misma posición, mientras sus pulmones empezaban a arder, a pedirle a gritos silenciosos una bocanada de aire, de vida. Se esforzó por luchar, pero al final sacó la cabeza del agua y el aire comenzó a entrar a borbotones a través de su nariz, refrescando sus pulmones y calmando el fuego interno que había experimentado durante esos interminables minutos. Estaba aterrada. La muerte la había agarrado con sus uñas afiladas y le mordía el cuello, pero ella se había soltado antes de sucumbir a la tentación del sosiego eterno. No muy convencida, se dirigió desnuda hacia su habitación y se metió en la cama, mientras un mar salado amenazaba con humedecer aún más las sábanas ya acuosas y resbaladizas de su lecho.

Wednesday, June 06, 2012

Capítulo 1: La vida es dolor

Cerré los ojos. Unas ganas inevitables de vomitar me sacudieron el estómago. Un sudor frío me recorrió el cuerpo entero, desde el pecho irradiaba hacia las extremidades, componiendo un paso de baile de suma coordinación. Me senté. Mientras el médico llamaba a las enfermeras para que me tomasen la tensión, mi vista se nubló y abracé el suelo como al mejor de los amantes. 
- Te queda un año de vida.- Breve y seguro me escupió el especialista. 
- Si probamos con la quimio tal vez podamos estirarlo un poco más, tal vez año y medio.- Continuó.
Yo no sabía dónde estaba, la consulta se me hacía inmensa, yo empequeñecía, todo giraba. Dejé de ser yo para ser un testigo de la escena. No me reconocía en ese lugar. Mi cuerpo estaba presente, pero mis cinco sentidos me abandonaron. Los vi alejarse lentamente; por debajo de la puerta, por la ventana entreabierta donde se colaba una leve brisa de primeros de verano, por el techo y por cada partícula de polvo que vi flotar con la luz del sol de fondo que iluminaba la estancia. 
La vida es dolor. Lo sé. Para conocer el dolor debemos antes conocer el placer así como para saborear la felicidad tenemos que irremediablemente habernos zambullido en la peor de las tristezas. El dolor es mío. El placer se ha ido.
Me planteo qué hacer. De pronto siento que necesito un calendario, un almanaque para contar los días que me quedan. "Los días que me quedan", como si fuese el nombre de un tango... me digo. Pero, realmente quiero pasar los días hasta que me muera sufriendo aún más. No lo sé. Quiero vivir lo aún no vivido. Quiero que no se convierta el tiempo en un devenir surrealista. No quiero dar pena. Cuando esa palabra asoma, ya todo lo que suena es una cantinela con la misma estrofa que se repite una y otra vez. No quiero escuchar ni tararear esa canción. Quiero deslizarme como una hoja de otoño, que cae del árbol aún despierto y se balancea suavemente hasta alcanzar algún montón de hojas secas de algún rincón. Quiero mecerme a mi misma y quedarme dormida. Quiero sentir el sopor instalarse en mis ojos y que se apodere de todos mis recodos, de todas mis venas y de mi cerebro. Quiero dormirme con la voz de mis hijas, con la risa de sus labios y la fuerza de sus palabras. 
Sé que estaré sola. No hay nada más. No creo en la luz al final del sendero, ni en ángeles ni en demonios. Quiero ser libre y volar, que mis átomos surquen como aves el cielo y bailen con el viento el último compás. Que los truenos y la lluvia empapen mi mente, que me deje muda el aire y ciega el sol. 
- Despierta.- Me dice mi hija. -Ya es hora. 
Pasa su mano por mi pelo y me retira una espiga de trigo olvidada en la maraña de cabellos que es mi cabeza. 
- Estoy contigo, estamos contigo, mamá.- 
Abro los ojos. Observo dónde me encuentro. Todo es blanco, refulgente. ¿Ya he llegado?
- No, mamá. Estás en casa, estás con nosotras. Te cuidaremos.- Me dicen a la par, con ojos dulces y lágrimas contenidas en su alma.
Miro el cielo, el sendero. Miro al sur y pienso. Una tristeza húmeda muere en mis labios. Sal. La vida, como la sal, la he tomado en pequeñas dosis. Ansío un abrazo, un bote de azúcar que llevarme a los labios, quedarme extasiada mirando un amanecer, sentir en mi piel la lluvia de verano. Sin dolor, sin lamentos. Ya no.
Antje