Thursday, June 21, 2012

Capítulo 6: El café

—Cariño, tengo que ir al centro. He quedado con Mariel en la cafetería de siempre. No creo que tarde mucho así que os portáis bien, ¿si? 
—Si mamá, tranquila. Tú ve y pásatelo bien, y dale recuerdos a Mariel de nuestra parte —dijo Camille mientras chateaba con su amigo David—. Cuidaré de la renacuaja.
Antje había quedado en la cafetería "Hovenia" con su amiga Mariel, aquella cafetería que habían descubierto juntas mucho tiempo atrás, cuando eran apenas adolescentes y asistían juntas al mismo instituto. Aquel día, hacía ya más de veinte años, habían decidido hacer novillos. Era la primera vez que se adentraban en el mundo de los adultos, abriéndose paso en él saltándose algunas normas y esquivando la obligación del estudio. Habían planeado tomar el autobús y dirigirse al centro de la ciudad; ver tiendas, pasear, consumir horas hablando sobre los chicos que les gustaban y, como colofón, tomarse un enorme batido de plátano, de esos tan espumosos que parecían un volcán proyectando pedacitos de algodón y que en el medio se asomaba un sol redondo pero tan colorado como una cereza. Cansadas y sedientas, luego de una mañana de caminata imparable, encontraron la cafetería en una esquina. Ésta era antigua, de primeros de siglo XX, en los bajos de un edificio señorial de estilo francés, de arenisca gris y grandes puertas de mader oscura con tallas de hojas de laurel y flores de loto. El interior era un mundo paralelo, desconectado de la ortodoxa realidad pero unido al mundo a través de la música. Una galaxia de objetos antiguos milimétricamente colocados de forma desordenada por las paredes, sobre los rincones y detrás de la barra imprimían un aire abigarrado a la decoración de la cafetería. Del techo colgaban, -de finísimos cables de acero casi imperceptibles a un ojo no muy fino- como nubes de tormenta: violines, guitarras clásicas, un bandonéon y hasta un banjo. Al mirarlos uno se preguntaba enseguida cómo era posible que aquella orquesta descansara tan sutilmente sobre aquel techo pintado de color azul cielo, donde la música ya no sonaba pero los compases aún retumbaban en las cajas de resonancia que olían a tiempo muerto, a horas añejas y compañía mágica. Las paredes, de color verde pastel, se vestían de oboes relucientes, de saxos olvidados, de trompas cromáticas y flautas traveseras que aún ansiaban esos labios finos pero fuertes que alguna vez habían besado su embocadura. Mesas redondas de madera de nogal salpicaban un suelo de baldosas cerámicas de color blanco donde un maestro de fino pincel, mezcla de Mozart y Miguel Ángel, había recreado un pentagrama completo, con claves de sol, redondas, semicorcheas y blancas. Aquella incursión en la cafetería Hovenia había marcado a las amigas su presente y su futuro, su unión atemporal e incondicional. Fue tal el maravilloso sabor que se llevaron con ellas de esa tarde en la cafetería, que prometieron reencontrarse en ese sitio imperturbable al paso del tiempo todos los meses mientras vivieran. Y la promesa no había dejado de cumplirse desde hacía ya más de viente años, salvo por algunos compromisos laborales de Mariel que le impedían asistir a la cita ocasionalmente.  
Empujó la pesada y quejumbrosa puerta que separaba la realidad de la quietud, el ruido de la ciudad del sosiego, y se encontró en la mesa del rincón, junto a unos ajados timbales, a Mariel. Allí estaba, sentada con las piernas cruzadas, tamborileando impacientemente sobre la superficie lustrosa de la mesa. Lucía una melena morena y larga, lisa y espesa, recogida en un estudiado desorden que enfatizaba su rostro joven y vivaz. Sus enormes ojos verdes destacaban en una piel fresca, con solo una pocas arruguillas a los laterales. Su finísima cintura de himenóptero -acentuada siempre con estrechos vestidos- había sido la envidia de Antje y de todas las chicas del instituto. Vestida con un traje de chaqueta y pantalón de un blanco nivoso, su cabello negro jugaba a camuflarse como un tablero de ajedrez sobre el pentagrama del suelo de la cafetería.
Al ver que Antje se acercaba, Mariel se puso de pie y esperó unos instantes hasta que se encontraron y se fundieron en una largo abrazo. Se sentaron, se miraron a los ojos en completo silencio y Mariel supo al instante que algo no marchaba bien. Al final, fue ella quien rompió el incómodo mutismo.
 —¿Qué ocurre Antje? Dime —inquirió Mariel. 
Antje clavó sus ojos en los de su amiga y pestañeó.
—Tengo cáncer. No tiene buen pronóstico. La ginecóloga me ha dicho que está avanzado y que tengo pocas posibilidades...
Mariel se recostó en el respaldo de la silla, cogió las manos de Antje con las suyas y la miró a los ojos. 
—Me tienes a mi. Tú eres fuerte, siempre lo has sido. Eres una superviviente, una mujer valiente, capaz, una luchadora nata. Esto no te va a vencer. No pienso ponerme a compadecerte porque no lo necesitas. Necesitas armas con qué luchar, y solo tienes que escarbar un poco dentro de ti para encontrarlas.
—Imaginé que me dirías algo así. Le he estado dando vueltas. Desde que me lo confirmaron me he sentido vagar por un laberinto de sensaciones, sin llegar a dar con la salida. Sentí morirme lentamente, sentí ganas de dejarme vencer. El presente se me mezclaba con el futuro. Pero luego me dije que tengo a las niñas y ellas son motivo suficiente para que no decaiga. Y sé que te tengo, Mariel. Siempre nos hemos tenido la una a la otra.
El camarero se acercó a la mesa donde se encontraban y, al ver a las amigas con ojos llorosos, preguntó si todo estaba bien. 
 —Sí, todo estará bien —respondieron al unísono, haciendo hincapié en el verbo.
Pasaron la siguiente hora hablando de cómo afrontar el tratamiento, compartieron el calendario de sesiones de quimio a las que Antje tenía que someterse, se prometieron realizar un viaje juntas a un destino desconocido; el cual elegirían colocando el dedo al azar en el globo terráqueo que Antje tenía en su escritorio y siguieron bebiendo café, riéndose tímidamente ante cualquier comentario que se prestara, aprovechando cualquier resquicio de alegría que se colara entre tanta tristeza presente, como un sol perezoso que amenaza con asomar su cabellera entre las algodonosas nubes invernales.
—¿Y tú Mariel? ¿A quién te has llevado a la cama esta vez? —preguntó Antje animándose un poquillo tras las escuetas risas surgidas de la charla.
 —No creas, llevo una temporada bastante discreta, y muy movida en el trabajo. No he parado de viajar este último mes. Estamos prepando las campañas internacionales de temporada otoño-invierno para Cosmo y la agencia me tiene volando entre Milán y New York. Si apenas tengo tiempo de pillar la cama para dormir, menos lo tendría para pasarlo bien sobre ella —dijo guiñándole un ojo a Antje—. Viajo con mis cámaras y equipo y poco más. Mi vida es un sinfín de idas y venidas a horas intempestivas: cuando no es la luz la que se impone, es el hallazgo de la localización ideal de una toma, cuando no son las nubes perfectas las que prometen "la toma", estoy buscando ese Ford T del veintitrés que el dueño se empeña en proteger a toda costa incluso de un inocuo flash... en fin, qué te voy a contar que no sepas ya de mi vida de fotógrafa de revistas de moda —dijo Mariel reclinándose en la silla y encogiéndose de hombros.
—¿Pero ese cuarentón tan guapo que habías conocido en París hace un par de meses? ¿Cómo era...? ¿Cedric? Sí, ese. Me contaste que estabas loca por él y él por ti, que os ibais a ir a vivir juntos... que él vendría a España por ti.
—Ya, es cierto —dijo bajando los párpados y estrangulando con su mano el tenedor que había cogido para probar una porción de pastel de chocolate que le había pedido al camarero apuntando con el dedo índice la carta mientras éste servía la segunda ronda de cafés.
—Íbamos... —respondió alargando la palabra hasta extremos infinitos—. Hasta que hace tres días llamé y me atendió una niña pequeña. Me quedé paralizada, no pude contestar ni soltar el teléfono. Los segundos se hicieron minutos y los minutos; horas, hasta que unas palabras que dijo la niña me empezaron a succionar los pies, arrastrándome violentamente desde el limbo en el que me encontraba flotando para luego sentir que éstos se clavaban en la superficie dura del parquet del salón de casa. En ese momento mis oídos volvieron a ser míos. "Papa, il n'y a personne", dijo la niña —sentenció Mariel en un perfecto francés—. Y luego, como un enjambre de abejas asesinas dirigiendo sus aguijones mortales, escuché la voz de Cedric diciéndole a su hija "Raccroche, raccroche... quelqu'un se sera trompé". Por supuesto, no volví a llamarle, y cuando él lo hizo, no contesté. Fin de la historia. Ha seguido llamándome, pero no pienso antender el teléfono—afirmó Mariel temblándole la voz—. Ya sabes cómo son los hombres. Mentirosos. En ese campo llevas tú la ventaja, lamentablemente. 
—Ya —dijo Antje introspectiva y lacónicamente—. Han pasado más de dos años y aún duele. No lo voy a negar, no te puedo contar nada que no sepas ya.
 —Te dije en su momento que rompieras con el pasado, Antje. Sé que has vivido una temporada horrible. He sentido tu dolor amplificado en el mío. He llorado tus lágrimas y he tratado de hacer desaparecer ese vasto espacio vacío que él con su decisión dejó en tu vida, pero no lo he logrado, al parecer. Te corresponde a ti vivir el proceso. Aunque esté la mayoría del tiempo a miles de kilómetros de distancia física, sabes que estoy a unos pocos centímetros de tu corazón. He esperado tus llamadas a cualquier hora, estuviese en Tokio, Londres o París. No me he despegado del móvil salvo para ducharme. —Cogió su móvil que había colocado al lado del azúcar y comenzó a bambolearlo frente a Antje—. Quería que sintieras cuando te regalé el móvil que yo estaba ahí. Que estoy aquí. Ahora y siempre. Pero también sé que decidiste lamerte las heridas tú sola, Antje. No te culpo ni te recrimino nada —sentenció, dulcificando sus palabras. 
 —Sí, lo sé. Te aparté de mí. A ti y a muchos. Kurt me hizo un daño terrible. Y aún duele el recordar.

Dos años antes, al leer sus palabras de despedida dejadas en un universo tan reducido de solo ciento sesenta caracteres, Antje había sentido que una a una las capas de su epidermis iban cayendo a  sus pies. Se sentía desnuda, indefensa. Su cuerpo empequeñecía a la vez que el mundo se volvía más grande. Empezó a vivir de rodillas, mirando la vida desde otra perspectiva. Su corazón perdía partes imprescindibles a cada paso que daba, como si fuese un viejo y desvencijado reloj al que se le van cayendo poco a poco sus engranajes. Sentía el sonido de la oquedad en su interior, el silencio del dolor que se deslizaba furioso sobre su piel, el ardor de la ira que quemaba sus manos anhelantes de él. De Kurt, del hombre que amaba. 


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