Bajó presuroso los siete pisos que le separaban de la calle y al ver a Valentín le hizo un leve gesto con la mano, saludándolo.
—Buenos
días, señor Bosch —dijo éste dirigiendo un ojo hacia Michael—. Ha
llegado un paquete para usted esta mañana, hará solo unos minutos.
Pensaba subírselo en cuanto acabara de repartir el correo ordinario.
—Ahmm, bien. Puede subirlo en media hora, ahora tengo que salir a la farmacia.
—De acuerdo, señor Bosch, cuando usted mande— afirmó sin
inmutarse el conserje, mientras seguía leyendo el periódico dentro de su
cubículo de cristal y madera, adosado éste artificialmente a un
lateral del portal del edificio.
Valentín
trabajaba de conserje en el edificio de la calle Peonía número 987
desde hacía más de treinta años. Había comenzado de muy joven, al morir
repentinamente el anterior conserje de un infarto fulminante en plena
faena de fregado del portal. Su madre, prima del difunto, ejerció
pronto sus influencias para colocarle ipso facto en el puesto vacante, y
éste, tras más de tres décadas de servicio, conocía a la perfección a
todos los habitantes de la finca. Desempeñaba su trabajo como era de
esperar. Era un perfeccionista por naturaleza. Los bronces brillaban
como el sol de verano, los suelos de mármol reflejaban hasta las legañas
de sus paseantes y las plantas que decoraban el recinto eran
cuidadosamente abonadas, regadas y lustradas con limonene semanalmente. A
veces, algunas no soportaban el exceso de cuidados que les dispensaba
Valentín y simplemente empezaban a ponerse mustias y a desprenderse de
sus hojas, como lágrimas derramadas sobre el espejo de mármol. Él se
empeñaba en maldecir al tiempo, a las borrascas, a la falta de luz
natural del portal o a algunos vecinos incivilizados que utilizaban el
tiesto como cenicero, pero lo que realmente desconocía era que la cera
que les aplicaba para que brillaran "como una patena" era la que las
asfixiaba y las condenaba a una muerte lenta.
—Me voy a
la farmacia. Tengo que comprar unas medicinas— dijo Antje, finalizando
la conversación con Mariel—. Te llamo la semana que viene y quedamos
para ir al hospital. Tengo miedo a cómo me siente el tratamiento, Mariel.
—Ya, lo entiendo. Se
pasa mal, eso dicen. —Le cogió las manos entre las suyas—. ¿Y qué sabes
de Alexandre? ¿Por dónde anda esta vez?—preguntó, soltando sus manos y llevándose el pelo hacia atrás.
—Oh, está de viaje por Boston. De
seminarios. Ya sabes, de aquí para allá. Llama a las niñas cuando llega
a su casa, las ve siempre que puede.—dijo colocándose recta en la silla—. Miriam se las llevará unos días a
su casa hasta que vuelva de Boston y luego irán de vacaciones con ellos a
las islas Canarias. Creo que es lo mejor ahora mismo para ellas.
—¿Pero le has dicho a Alex, no?
—Mmm, no —contestó Antje bajando la mirada—. Pensaba decírselo cuando
volviera de su viaje a EEUU. No quería contárselo por teléfono.
—Ya. Entiendo —afirmó Mariel mientras se ponía de ie y cogía su bolso—. Bueno, me llamas entonces la semana que viene. No creo
que me manden a ningún sitio, así que estaré allí contigo todo el
tiempo. Lo sabes, ¿no?
Mariel se acercó a Antje y se fundió en un fuerte abrazo con su mejor amiga.
Recorrió
la calle, buscando aquí y allá encontrarse con la cruz verde que indica
la localización de una farmacia. Conocía muy bien la zona; sabía dónde
estaban las mejores librerías, las tiendas
under de moda, los
pequeños centros de belleza; a los que las señoras entraban deslucidas
para salir todas emperifolladas y con los cabellos más duros que el
bambú de la cantidad ingente de laca que les aplicaban las
estilistas,
las fruterías de importación; donde las piezas se enseñaban como
pequeñas joyas artesanales sobre cestas de mimbre chino y los grandes
almacenes; que acaparaban el horizonte naciente; ocultando el sol de la
mañana a medida que pasaban los minutos. Pero nunca se había fijado en
las farmacias. Éstos eran unos sitios muy poco frecuentados por Antje,
salvo por las escasas veces que había tenido que ir a comprar Dalcy o
algún anticatarral para sus hijas.
Siguió caminando y localizó una farmacia a escasos cincuenta metros de donde se encontraba. Entró y se colocó en la fila estoicamente, mientras un hombre que entraba a la farmacia se situaba detrás de ella. Sintió la presencia e inconcientemente se dio la vuelta, llamando con ello la atención de Michael, lo que provocó que sus miradas se encontraran y quedaran suspendidas en el tiempo, detenidas durante un instante infinito en aquella atmósfera aséptica en la cual se hallaban inmersos. Antje, luego de unos brevísimos pero eternos segundos, bajó la mirada y se volvió nuevamente. Michael se sintió ahogado ante la profundidad del azul de los ojos de Antje. El color turquesa de sus iris le transportó a la península del Yucatán, a sus aguas límpidas y profundas, a su último viaje por Quintana Roo; donde se había sumergido por primera vez en un cenote.
Pero había algo más, algo que le tomó solo una fracción de segundo descifrar. A pesar de lo agradablemente perturbador que resultaban aquellos ojos, notó la ausencia. El acíbar se reflejaba en él, que sintió como propio; la alígera belleza que se perdía en la lóbrega mirada de Antje le sacudió el alma de forma imperceptible.
Mientras ella solicitaba a la dependienta las medicinas que le habían prescrito, Michael intentaba sacudirse el sentimiento que le embargaba y volver al presente. Intentaba pensar en otra cosa. Se obligó a leer las nomenclaturas de las fármacos y demás productos que tenía a su derecha, sobre unas pequeñas baldas de cristal -Fastún, Voltarén, Almax; cremas para la cara de Avènne, chupetes de todos los colores, toallitas para bebés- pero no se concentraba. Los ojos de Antje sobrevolaban sus pensamientos cual mariposas sobre flores, su rostro se había quedado enganchado en su mente como un abrojo de verano a un perro vagabundo.
—Muchas gracias —dijo Antje a la dependienta que le acababa de entregar una bolsa pequeña de plástico que contenía los medicamentos.
Se dio la vuelta y caminó hacia la salida. Abrió la puerta que daba a la calle y, al encontrarse con el sol de frente y el calor abrasador que surgía del cemento y le laceraba la cara con lamidas de vapor que se quedaban pegadas en su piel, sintió que sus ojos le fallaban. El resplandor blanquecino del sol dio paso a una negrura absoluta, mientras en sus extremidades una endeblez repentina y un hormigueo obligaron a Antje a apoyarse -sin mucho éxito- contra el escaparate de la farmacia. Sus dedos recorrieron unos pocos centímetros de la superfice pulida del cristal, para luego soltar amarras y emprender el viaje hacia las tinieblas de la inconciencia.
Debo estar dormida, o peor; muerta. Me falta el aire, no veo nada. Ni siquiera esa luz de la que tantos hablan. Solo hay oscuridad a mi alrededor y un frío glacial. No puedo moverme. Mis piernas y brazos están adormilados, aunque siento que mis antebrazos se sacuden espasmódicamente. Trato de abrir los ojos, pero éstos pesan como una montaña de granito aplastando una mísera flor. Lo intento otra vez. No puedo. Escucho voces, un murmullo que se acrecienta y llena el silencio con sus palabras ininteligibles. Una voz apagada pero celestial pronuncia mi nombre. Silencio. Está lejos, aletargada e inmóvil, pero la escucho nuevamente.
—¿Te encuentras bien? — preguntó Michael, mientras Antje intentaba incorporarse ayudada por los recios brazos de éste—. Antje —aseveró—. Te llamas así, ¿no?
— Sí, sí... —contestó ella, aún mareada pero ya de pie, abrazada por la cintura por Michael—. ¿Qué me ha pasado?
— Te has desmayado unos minutos. Cuando salías de la farmacia perdiste el equilibrio e intentaste cogerte del escaparate, pero te caíste. Yo estaba saliendo, justo detrás de ti. Por suerte pude cogerte antes que acabaras en el suelo —le contó Michael, tranquilo y mirándola a los ojos—. ¿Estás mejor?
— Sí, ya estoy bien. Te agradezco lo que has hecho por mi. Últimamente no me siento bien —contestó, eludiendo decir aquella palabra que aún guardaba para sí y que sólo la había mencionado una vez, a Mariel.
— Te vendría bien beber algo, o tomar algo salado —sugirió Michael, devolviéndole el bolso que había cogido del suelo para averiguar su nombre—. Venga, vamos a la cafetería de la esquina. Te acompaño para cerciorarme que estás bien.
— Gracias, pero estoy bien... no es necesario. —Un hilillo de voz salió de su boca, mientras bajaba la mirada, avergonzada.
— Insisto. No acepto negativas. Por poco acabas en el suelo, te podrías haber hecho daño.
Antje, ante la persistencia en su ofrecimientoe imposibilitada de decir no a aquel extraño que la había socorrido y ayudado en plena calle y que había ejercido de enfermero tan profesionalmente, aceptó.
Al cabo de un par de manzanas, grande fue su sorpresa cuando se dio cuenta que se dirigían a la misma cafetería de la cual había salido hacía sólo unos minutos; la cafetería Hovenia, aquella que se había convertido en testigo involuntario de tantos dulces y amargos momentos que había vivido durante su vida.
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| Café Tortoni -en la Avda. de Mayo, Buenos Aires- del cual me he inspirado para crear la cafetería Hovenia |