Tuesday, July 31, 2012

Capítulo 11: No vuelvas, no escribas, no llames, hazme caso.

Estaba tumbada en su sofá de piel vintage, acomodándose los almohadones y lista para ver una de sus películas favoritas: Cinema Paradiso. Iba a darle play al mando cuando su móvil comenzó a vibrar en la mesilla de café que se encontraba frente al sofá. Sin detenerse a pensar quién podría ser a esas horas, cogió el teléfono y contestó.
—Dígame...
—Mariel, c'est mois, pero no cortes. Necesito verte cuanto antes. S'il vous plaît...—sonó la voz desesperada y atropellada de Cedric al otro lado de la línea, soltando las palabras rápida y automáticamente—. Ça va?
La voz de Cedric la desconcertó tanto que no pudo evitar contestar oui, ça va bien...
—¿De qué me quieres hablar? Creo que sabes bien porqué no te quiero ver. Estás casado y tienes una hija, no me lo puedes negar. ¡Me has engañado como a una tonta! —contestó Mariel chillando a través del teléfono.
—Tienes que dejarme que te explique, no es lo que tú crees...
—¡Ce n´est pas possible! —contestó Mariel tajantemente.
— Atten..attend... ne raccroche pas Mariel, je t´aime—dijo Cedric angustiado.
Mariel escuchó sus palabras y estuvo a punto de cortar sin darle ocasión de contestar hasta que escuchó je t´aime. En ese momento se vio transportada en el tiempo y el espacio. Recordó las veces que él le había dicho aquellas palabras bajo las sábanas mientras hacían el amor, o mientras cenaban en A la Frégate, aquel pequeño y coqueto restaurante de visillos blancos en las ventanas y paredes recubiertas de madera, cercano a la Gare de Lyon, donde solían cenar juntos cuando ella viajaba a París. Recordó la salade de tourteaux frais décortiqués avec vinaigrette de truffe y el soufflé chaud au Grand-Marnier, aquel que calentaba su corazón y la embriagaba dulcemente del exquisito sabor del liqueur. 
Su corazón despertó del frío olvido autoimpuesto y una dubitativa Mariel se dejó ver entre aquella nube de pensamientos que no dejaban de empujarla hacia uno y otro lado, obligándola a elegir entre la realidad y la memoria borrosa de sus recuerdos. 
Sin pensar y ateniéndose a sus impulsos, un ok se escapó de sus labios tímidamente mientras sus dedos apretaban con fuerzas el mando del dvd y la imagen de una frase de Alfredo a Totou serpenteaba entre sus ojos: “No vuelvas, no escribas, no llames, hazme caso. Hagas lo que hagas, ámalo; como amabas la cabina del cine Paradiso”.
Y una lágrima dulce rodó por sus mejillas y se ahogó en la profunda espesura de la moqueta bajo sus pies descalzos.


Restaurante A la Frégate, en París.

Capítulo 10: El peso del dolor

La cafetería recibió a Michael y Antje con el sabor de la sinfonía número dos "Urlicht" de Mahler mezclado con el aroma del café recién hecho. Michael condujo a Antje a una mesa apartada, junto al cristal del escaparate.
—¿Y bien...? ¿Está mejor? —preguntó él mientras la miraba a los ojos.
—Si... es sólo que... Sí, estoy bien —dijo, acomodándose nuevamente en la silla de madera mientras ésta crujía instándola a continuar.
—Yo... estoy...—carraspeó—. Estoy mejor. Le agradezco su amabilidad. Cuando salí de la farmacia se me empezó a nublar la vista y mis piernas me fallaron. Debe haber sido un bajón de tensión, suele pasarme... aunque...—dejó la frase sin acabar, percatándose de la curiosidad creciente mezclada de un poco de preocupación que denotaba el rostro de su acompañante.
—¿Si? ¿Decía?—la instó.
Y Antje sintió cómo sus manos comenzaron a temblar sobre el mantel, su cuerpo se volvía pequeño y el desamparo iba ocupando poco a poco posiciones —antes fuertes— de su cuerpo ahora debilitado. Sintiéndose explotar, como las teteras cuando empiezan a chillar avisándonos que el agua hierve y liberando la presión, sus ojos hicieron lo mismo y de ellos asomaron lágrimas contenidas desde hacía tiempo, presas en la torre del dolor de la más alta montaña.
Extrañamente para ella, no hizo ningún gesto por ocultar su pesar. Sus ojos ahora húmedos reflejaban el rostro de Michael, serio; pero a la vez tierno, preocupado; y fuerte a la vez.
—Discúlpeme que no le ofrezca pañuelos, no suelo llevarlos cuando llevo puesto el chandal. Tome, éstas servilletas de papel servirán —dijo, ofreciéndole algunas que había retirado del servilletero automático que había en la mesa.
Pasados unos instantes de ligera incomodidad, Antje empezó a sentir unos deseos irrefrenables de hablar. De contarle a ese extraño el porqué de sus lágrimas, el final de su frase inconclusa, la razón de su angustia repentina.
—¿Quiere contarme qué le ocurre? Desde que la vi en la farmacia supe que algo no iba bien. Vi en sus maravillosos ojos el asomo de algo intangible a los míos que no cuadraba con la imagen que me hice de usted. Discúlpeme si estoy siendo un tanto entrometido, entiendo si no desea contarme, pero creo que tiene una necesidad imperiosa de hablar y no hay nada mejor para el alma que despegarse de lo que nos aflige, de retirar capa a capa los estratos que cubren la historia de nuestros corazones y así ser capaces de catalogar el conocimiento de nuestros recovecos —declaró, cogiéndole fuertemente sus manos entre las de él.
Tras unos segundos de vacilación que se prendieron en el tiempo como un alfiler a la mejor de las sedas salvajes, Antje comenzó a contarle —era un susurro apenas audible— lo que le había dicho el médico y las pocas esperanzas que le había dado.
Michael escuchaba atentamente, sin casi interrumpir la letra de la melodía triste que le susurraba la mujer que se encontraba frente a él. Comprendió que la soledad que la embargaba era conocida, que sus palabras no le sabían extrañas y que aquellos labios que luchaban por decir lo que el alma guardaba recelosa formaban con el azul de sus ojos un cielo abierto e infinito que quería explorar, retirar estrato a estrato la tierra maligna y confusa y descubrir la belleza que se encontraba sepultada entre tantas historias antiguas, dolor censurado y amor desperdiciado. Se sorprendió pensando que la amaba desde ese preciso instante, desde aquel momento en el que ella había confiado en él al contarle que se moría, que el cáncer de ovario que le habían detectado tenía pocas chances de remitir, aunque ella no negaba las posibilidades de ganarle. Mientras el dolor y la angustia salían de sus labios abrazados a letras que formaban fonemas maravillosos, él no apartaba sus ojos de los de ella, sus manos se hicieron aún más grandes y el mundo alrededor desapareció. De pronto Mahler dejó de escucharse, el bullicio de las máquinas de la cafetería se amortiguó entre las nubes de instrumentos musicales que pendían del techo y la gente que conversaba y tomaba porciones de tarta de chocolate se convirtieron en estatuas de piedra inertes y ajenas a la escena única que se desarrollaba en aquella mesa solitaria bañada por el sol del mediodía.
Cuando las palabras de Antje llegaron al final del sendero, Antje ya no lloraba. Sin darse cuenta había dejado de lagrimear y ahora se encontraba ante un extraño, al cual le había contado el porqué de su angustia sin sentir siquiera un gramo de vergüenza o culpa, temor o desazón. Un atisbo de alegría —podría así llamarse— comenzó a brotar desde sus pulmones, los cuales empezaron a llenarse de oxígeno fresco exento de ansiedad.
Se miraron. Mientras, el mundo seguía girando, excepto para ellos. Antje comenzó a sonreir, mientras él dibujaba una sonrisa tierna que llenaba todo su vacío con la fuerza de sus manos. Michael no quiso que ese momento pereciera. Quiso atraparlo para siempre entre sus recuerdos y enterrarlo bajo diez metros de arena. Antje se sentía liviana. Un enorme peso que le ahogaba había sido retirado de su pecho, sus palabras habían liberado al monstruo que le aterraba y éste ya se encontraba lejos de ella, lejos de allí. Se vio sorprendida de sentirse levemente felíz de haber conocido a aquel hombre que seguía cogiendo sus manos con una delicadeza extrema pero con una energía descomunal en sus ojos.

Pasajes


 Acababa de comprender que ni siquiera se había percatado de su ausencia la noche anterior. Que no había ninguna diferencia entre el vacío y él. Era abisal. Quiso golpearla: equilibrar la cuenta de las agresiones del día. Devolverle al menos una de las tortas que había recibido, pero su mano quedó un instante en suspenso. Se puso a observarla. Su mano estaba ahí, en el aire, solitaria. Comprendió de pronto que ya no soportaba esa falta de amor, que se ahogaba de vivir en un mundo tan reseco. Nadie lo abrazaba nunca, nadie le dedicaba jamás la más mínima muestra de cariño.
¿Por qué eran así las cosas? Había olvidado la existencia de la ternura. Estaba excluido de la delicadeza.

Monday, July 30, 2012

Sunday, July 29, 2012

Escritura

Noche de escritura. Hoy estoy con las pilas puestas. Sí o sí.

Saturday, July 28, 2012

Pasajes

En el momento más crudo del dolor, piensas que la herida siempre estará abierta. Y, de pronto, una mañana te extrañas de no sentir ya ese peso terrible. Qué sorpresa darse cuenta de que el dolor ya no está. ¿Por qué ese día? ¿Por qué no más tarde, o antes? Es la decisión totalitaria de nuestro cuerpo. Hay gente fantástica a la que se conoce en mal momento. Y hay gente que es fantástica porque se la conoce en el momento adecuado.
Gaia ha desaparecido...otra vez. Carolina llorando, yo conteniendo. Joder.

Thursday, July 26, 2012

Así

Hoy me siento así:


 

 Y así:






Wednesday, July 25, 2012

Imprevisto agradables

Opppps, me disponía a escribir cuando me llamó una amiga para ir a cenar a su casa. Vais a tener que esperar hasta la noche para el décimo :(

Snap! A short nap and then to the Mac

A por el décimo. Necesito una siesta relajante y lectura. He comenzado un nuevo libro.

"La sonrisa de las mujeres" me encantó. Ágil, amena, cercana. Demasiado cercana tal vez en mi caso. Soñadora, persistente e infatigable la protagonista. Como yo. 
Espero que os guste el noveno capítulo. Son los comienzos, falta mucho por desarrollar. Sé que voy despacio, pero es que no paro con mis demás ocupaciones. Repostería a pedido, periodista independiente —esta es nueva—, jardinera, baby sitter, madre a jornada completa y asesora de corazones rotos —sí, yo; la que lo tuvo que recoger de a pedacitos del suelo. 
En fin, una lectura y sigo, que estoy hoy inspirada y eso no hay que dejarlo que se desvanezca. 

Capítulo 9: Y la noche se hizo día al verte a los ojos

Pero... ¿cómo empezó todo? 
Empezó sin querer, como todas las relaciones peligrosas. Todas las mañanas, después de dejar a sus hijas en el colegio, volvía a su casa, se tomaba un café con leche y azúcar y llamaba a Goliath. Él venía siempre moviendo el rabo de aquí para allá, felíz de acudir al llamado de su amita y de saber lo que le esperaba: el ansiado paseo diario por el campo.
Goliath era su adlater, su alma gemela, su compinche. Se habían conocido en la protectora de animales. Unos años atrás ella había decidido adoptar un perro pequeño, un perro tamaño bolso que pudiera llevar a todos lados y que se acurrucura a los pies de su cama mientras ella leía. Había consultado en webs de adopción, en centros de protección animal y en perreras si tenían "algún perrito por el estilo", a lo que todas le respondían que no, que generalmente los perros en adopción son de tamaño grande, ya que son más difíciles de acoger en casas pequeñas y demandan más alimento. Llamando, escribiendo emails y visitando centros estuvo dos meses, hasta que una mañana recibió una llamada desde la perrera municipal donde le comunicaban que habían encontrado uno para ella. No tardó ni diez minutos en coger el coche y presentarse —eso sí, con la camisa abotonada asimétricamente—en la perrera. 
Luego de tener que esperar media hora a que la empleada apareciera desde el recinto de jaulas donde los perros eran confinados, se puso de pie y saludó a la chica. 
— Y bien... ¿Dónde está ese perrito pequeñito? —preguntó ansiosa tras verla entrar a las oficinas—. ¿Puedo verlo?
— Sí claro, pero primero tengo que recibir a otro que me acaban de dejar abandonado en la parte trasera... —dijo girando la cabeza y chascando la lengua—. Siempre lo mismo. Además, parece que éste según me acaba de contar el vecino que llamó necesita que lo vea el veterinario de forma urgente —aclaró, cogiendo un manojo de llaves enormes de la pared que estaba a su izquierda—. Veremos qué se puede hacer por éste, si es que se puede hacer algo... —concluyó, mientras se alejaba hacia una puerta metálica que daba a la parte trasera del edificio desvencijado que era la perrera municipal.
Al cabo de unos minutos apareció la empleada arrastrando con la correa a un mastín de los Pirineos que presentaba un aspecto deplorable. El pobre tenía una pata fracturada, el pelo todo enmarañado y sucio y una oreja con coágulos de sangre seca pegados a ella. Antje se le quedó mirando y, al cruzarse con el perro mientras era arrastrado como un saco de arena hacia la consulta del veterinario, éste la miró con esos ojos de dolor y soledad que sólo un perro puede expresar mejor que un humano. Aquellos ojos expresaban el vacío, la falta de esperanzas y el miedo. A pesar de todo, le clavó la mirada a Antje y emitió un pequeño ladrido afónico acompañado de un levísimo movimiento del rabo. Antje sintió que se le hacía un nudo en el estómago y un oh dios se le escapó de sus cuerdas vocales de forma automática al contemplar aquel sufrimiento concentrado en un solo ser. 
La decisión se le asomó a sus pensamientos de forma instantánea: adoptaría a ese perro. Ese era "su" perro, el que estaba buscando desde hacía meses.
Al cabo de unas horas de espera mientras el perro era atendido por el veterinario de turno, Antje le explicó a la empleada que si no había otros posibles candidatos, ella se ofrecía a adoptar al mastín. 
—¿Pero no nos dijo que quería un perro pequeño? —preguntó la empleada haciendo hincapié en la palabra pequeño mientras parpadeaba rápidamente atónita ante la decisión de Antje. 
—Sí, quería un perro pequeño de tamaño, pero éste tiene un gran corazón y ganas de vivir, y eso es lo que quiero darle a este perro: un hogar donde tenga una segunda oportunidad —sentenció, mientras pensaba y se decía en silencio: como yo. 



 Antje le colocó la correa en el collar y se fueron juntos al camino que se adentraba en el campo, sembrado de trigo y cebada a cada lado, como todas las mañanas. Al llegar a la mitad del recorrido le soltó la correa para que corriera y buscara las piedras que ella le arrojaba. Esa era la parte del paseo que a Goliath le gustaba más: correr y buscar, buscar y correr; libre, felíz y satisfecho de cumplir con la tarea que le encargaba su amita. Al encontrar la piedra, volvía corriendo con ella en la boca cuando se encontró con otro perro que venía moviendo amistosamente el rabo. Era el perro de Kurt, un setter irlandés que refulgía como el fuego.
Al verla, se acercó y le preguntó:
—Ese es tu perro ¿no?
—Si, si —contestó Antje bajando la mirada, sintiendo los ojos de él clavados en los suyos.
—Parece que se llevan bien. Mira cómo juegan. Parecen dos niños... —dijo mientras Antje se tocaba y recogía el pelo en una pequeña coleta improvisada que inexorablemente se desmoronaba al instante de soltarla.
—Si, si —volvió a decir ella, mientras observaba con perspicacia el brillo que cegaba todo a su alrededor y se escapaba de los ojos de él— Eso parece.
— Esto... ¿vamos con los perros un poco más arriba por el camino? —soltó de golpe.
Antje no sabía qué decir. Se sentía confundida. Una parte de ella decía no, ten cuidado mientras la otra ansiaba aceptar y conversar con él. Magnéticamente atraída, se escuchó decir un leve sí.
Tras algunos minutos andando y un incómodo silencio que se interponía entre ellos interrumpido sólo para llamar a los perros que se alejaban más de lo necesario o comentar las bondades de los "niños", llegaron a un recodo del camino donde se perfilaba la forma de una pequeña charca a la izquierda. En cuanto el setter la vio, se zambulló en ella y empezó a chapotear alegremente mientras Goliath asistía y miraba con curiosidad a su nuevo compañero de juegos. A medida que pasaban los segundos y el setter se embarraba hasta las orejas, éste pasaba de ser un perro a parecerse más a un cerdo en una pocilga.
—Siempre vengo aquí —dijo él—. El campo, el cielo, el agua... —dijo mientras su vista se perdía en el horizonte para nuevamente quedarse enganchada en los ojos azules de Antje—. La tranquilidad y el silencio del paisaje y ver a Indi tan alegre jugar me desconecta. Me da paz.
—Claro, seguro. —Se volvió para que él no viera su sonrisa nerviosa que se le escapaba entre sus frondosos labios.
Estaba avergonzada de la respuesta vacía que le había dado. Quería desaparecer, se sentía empequeñecer de lo nerviosa que se encontraba.
Al instante siguiente, Kurt la atrajo suavemente hacia él y sus labios encontraron los de ella, se sumergieron en la inmensidad del momento y Antje se vio sorprendida de no poder —ni querer— evitar ese beso. Sus manos recorrieron lentamente la espalda de ella. Antje se sentía levitar. Un recorrido eléctrico empezó a dibujarse en su cuerpo mientras él más la atraía hacia sí y sus cuerpos se fundían de pie frente a la charca. El silencio se acentuó, el sonido del agua se alejó amortiguado por la nube de magia que les rodeaba  y los pájaros dejaron de cantar.  Y todo esto sucedía en mitad del campo, rodeados de silencio, abrigados por el sol de marzo y ajenos al frío de la mañana que intentaba robar ese exquisito momento de magia. Porque era magia, y de la buena.









Escribiendo capítulo 9. Hoy, otra entrega. El comienzo de la relación entre Antje y Kurt.

Tuesday, July 24, 2012

Capítulo 8: Encuentros

Bajó presuroso los siete pisos que le separaban de la calle y al ver a Valentín le hizo un leve gesto con la mano, saludándolo. 
—Buenos días, Valentín —dijo con expresión seria. 
—Buenos días, señor Bosch —dijo éste dirigiendo un ojo hacia Michael—. Ha llegado un paquete para usted esta mañana, hará solo unos minutos. Pensaba subírselo en cuanto acabara de repartir el correo ordinario. 
—Ahmm, bien. Puede subirlo en media hora, ahora tengo que salir a la farmacia. 
—De acuerdo, señor Bosch, cuando usted mande— afirmó sin inmutarse el conserje, mientras seguía leyendo el periódico dentro de su cubículo de cristal y madera, adosado éste artificialmente a un lateral del portal del edificio. 
Valentín trabajaba de conserje en el edificio de la calle Peonía número 987 desde hacía más de treinta años. Había comenzado de muy joven, al morir repentinamente el anterior conserje de un infarto fulminante en plena faena de fregado del portal. Su madre, prima del difunto, ejerció pronto sus influencias para colocarle ipso facto en el puesto vacante, y éste, tras más de tres décadas de servicio, conocía a la perfección a todos los habitantes de la finca. Desempeñaba su trabajo como era de esperar. Era un perfeccionista por naturaleza. Los bronces brillaban como el sol de verano, los suelos de mármol reflejaban hasta las legañas de sus paseantes y las plantas que decoraban el recinto eran cuidadosamente abonadas, regadas y lustradas con limonene semanalmente. A veces, algunas no soportaban el exceso de cuidados que les dispensaba Valentín y simplemente empezaban a ponerse mustias y a desprenderse de sus hojas, como lágrimas derramadas sobre el espejo de mármol. Él se empeñaba en maldecir al tiempo, a las borrascas, a la falta de luz natural del portal o a algunos vecinos incivilizados que utilizaban el tiesto como cenicero, pero lo que realmente desconocía era que la cera que les aplicaba para que brillaran "como una patena" era la que las asfixiaba y las condenaba a una muerte lenta.

—Me voy a la farmacia. Tengo que comprar unas medicinas— dijo Antje, finalizando la conversación con Mariel—. Te llamo la semana que viene y quedamos para ir al hospital. Tengo miedo a cómo me siente el tratamiento, Mariel.
—Ya, lo entiendo. Se pasa mal, eso dicen. —Le cogió las manos entre las suyas—. ¿Y qué sabes de Alexandre? ¿Por dónde anda esta vez?—preguntó, soltando sus manos y llevándose el pelo hacia atrás.
—Oh, está de viaje por Boston. De seminarios. Ya sabes, de aquí para allá. Llama a las niñas cuando llega a su casa, las ve siempre que puede.—dijo colocándose recta en la silla—. Miriam se las llevará unos días a su casa hasta que vuelva de Boston y luego irán de vacaciones con ellos a las islas Canarias. Creo que es lo mejor ahora mismo para ellas.
—¿Pero le has dicho a Alex, no?
—Mmm, no —contestó Antje bajando la mirada—. Pensaba decírselo cuando volviera de su viaje a EEUU. No quería contárselo por teléfono.
—Ya. Entiendo —afirmó Mariel mientras se ponía de ie y cogía su bolso—. Bueno, me llamas entonces la semana que viene. No creo que me manden a ningún sitio, así que estaré allí contigo todo el tiempo. Lo sabes, ¿no?
Mariel se acercó a Antje y se fundió en un fuerte abrazo con su mejor amiga.

Recorrió la calle, buscando aquí y allá encontrarse con la cruz verde que indica la localización de una farmacia. Conocía muy bien la zona; sabía dónde estaban las mejores librerías, las tiendas under de moda, los pequeños centros de belleza; a los que las señoras entraban deslucidas para salir todas emperifolladas y con los cabellos más duros que el bambú de la cantidad ingente de laca que les aplicaban las estilistas,  las fruterías de importación; donde las piezas se enseñaban como pequeñas joyas artesanales sobre cestas de mimbre chino y los grandes almacenes; que acaparaban el horizonte naciente; ocultando el sol de la mañana a medida que pasaban los minutos. Pero nunca se había fijado en las farmacias. Éstos eran unos sitios muy poco frecuentados por Antje, salvo por las escasas veces que había tenido que ir a comprar Dalcy o algún anticatarral para sus hijas.
Siguió caminando y localizó una farmacia a escasos cincuenta metros de donde se encontraba. Entró y se colocó en la fila estoicamente, mientras un hombre que entraba a la farmacia se situaba detrás de ella. Sintió la presencia e inconcientemente se dio la vuelta, llamando con ello la atención de Michael, lo que provocó que sus miradas se encontraran y quedaran suspendidas en el tiempo, detenidas durante un instante infinito en aquella atmósfera aséptica en la cual se hallaban inmersos. Antje, luego de unos brevísimos pero eternos segundos, bajó la mirada y se volvió nuevamente. Michael se sintió ahogado ante la profundidad del azul de los ojos de Antje. El color turquesa de sus iris le transportó a la península del Yucatán, a sus aguas límpidas y profundas, a su último viaje por Quintana Roo; donde se había sumergido por primera vez en un cenote.
Pero había algo más, algo que le tomó solo una fracción de segundo descifrar. A pesar de lo agradablemente perturbador que resultaban aquellos ojos, notó la ausencia. El acíbar se reflejaba en él, que sintió como propio; la alígera belleza que se perdía en la lóbrega mirada de Antje le sacudió el alma de forma imperceptible.
Mientras ella solicitaba a la dependienta las medicinas que le habían prescrito, Michael intentaba sacudirse el sentimiento que le embargaba y volver al presente. Intentaba pensar en otra cosa. Se obligó a leer las nomenclaturas de las fármacos y demás productos que tenía a su derecha, sobre unas pequeñas baldas de cristal -Fastún, Voltarén, Almax; cremas para la cara de Avènne, chupetes de todos los colores, toallitas para bebés- pero no se concentraba. Los ojos de Antje sobrevolaban sus pensamientos cual mariposas sobre flores, su rostro se había quedado enganchado en su mente como un abrojo de verano a un perro vagabundo.
—Muchas gracias —dijo Antje a la dependienta que le acababa de entregar una bolsa pequeña de plástico que contenía los medicamentos.
Se dio la vuelta y caminó hacia la salida. Abrió la puerta que daba a la calle y, al encontrarse con el sol de frente y el calor abrasador que surgía del cemento y le laceraba la cara con lamidas de vapor que se quedaban pegadas en su piel, sintió que sus ojos le fallaban.  El resplandor blanquecino del sol dio paso a una negrura absoluta, mientras en sus extremidades una endeblez repentina y un hormigueo obligaron a Antje a apoyarse -sin mucho éxito- contra el escaparate de la farmacia. Sus dedos recorrieron unos pocos centímetros de la superfice pulida del cristal, para luego soltar amarras y emprender el viaje hacia las tinieblas de la inconciencia.
Debo estar dormida, o peor; muerta. Me falta el aire, no veo nada. Ni siquiera esa luz de la que tantos hablan. Solo hay oscuridad a mi alrededor y un frío glacial. No puedo moverme. Mis piernas y brazos están adormilados, aunque siento que mis antebrazos se sacuden espasmódicamente. Trato de abrir los ojos, pero éstos pesan como una montaña de granito aplastando una mísera flor. Lo intento otra vez. No puedo. Escucho voces, un murmullo que se acrecienta y llena el silencio con sus palabras ininteligibles. Una voz apagada pero celestial pronuncia mi nombre. Silencio. Está lejos, aletargada e inmóvil, pero la escucho nuevamente.

—¿Te encuentras bien? — preguntó Michael, mientras Antje intentaba incorporarse ayudada por los recios brazos de éste—. Antje —aseveró—. Te llamas así, ¿no?
— Sí, sí... —contestó ella, aún mareada pero ya de pie, abrazada por la cintura por Michael—. ¿Qué me ha pasado?
— Te has desmayado unos minutos. Cuando salías de la farmacia perdiste el equilibrio e intentaste cogerte del escaparate, pero te caíste. Yo estaba saliendo, justo detrás de ti. Por suerte pude cogerte antes que acabaras en el suelo —le contó Michael, tranquilo y mirándola a los ojos—. ¿Estás mejor?
— Sí, ya estoy bien. Te agradezco lo que has hecho por mi. Últimamente no me siento bien —contestó, eludiendo decir aquella palabra que aún guardaba para sí y que sólo la había mencionado una vez, a Mariel.
— Te vendría bien beber algo, o tomar algo salado —sugirió Michael, devolviéndole el bolso que había cogido del suelo para averiguar su nombre—. Venga, vamos a la cafetería de la esquina. Te acompaño para cerciorarme que estás bien.
— Gracias, pero estoy bien... no es necesario. —Un hilillo de voz salió de su boca, mientras bajaba la mirada, avergonzada.
— Insisto. No acepto negativas. Por poco acabas en el suelo, te podrías haber hecho daño.
Antje, ante la persistencia en su ofrecimientoe imposibilitada de decir no a aquel extraño que la había socorrido y ayudado en plena calle y que había ejercido de enfermero tan profesionalmente, aceptó.
Al cabo de un par de manzanas, grande fue su sorpresa cuando se dio cuenta que se dirigían a la misma cafetería de la cual había salido hacía sólo unos minutos; la cafetería Hovenia, aquella que se había convertido en testigo involuntario de tantos dulces y amargos momentos que había vivido durante su vida.

Café Tortoni -en la Avda. de Mayo, Buenos Aires-  del cual me he inspirado para crear la cafetería Hovenia





Monday, July 23, 2012

Cuando se sabe que se ha cometido un error, lo mejor es corregirlo cuanto antes.

Sunday, July 22, 2012

Capítulo 9

Arrancando los motores...otra vez...

¿Dónde?

Post Nubila Phoebus

El horizonte de mi vida

La vida es efímera. Caminamos el presente tratando de coger con nuestras manos la esencia del mañana, pero olvidamos que el aquí y el ahora es lo único que sentimos vivo. ¿Cuando uno muere deja de existir? ¿Seguirá el recuerdo de nuestra existencia en la memoria de los que nos quieren? Un barco que se pierde en el horizonte desaparece lentamente pero sigue estando, navegando sobre olas tranquilas, avanzando milla a milla y dejando una estela plateada sobre un mar azul. 
Mariposas blancas revolotean sobre mi presente. Quiero tocarlas pero se me escapan. Huyen de mis dedos y se esconden en el campo; detrás de los árboles, entre las briznas de césped húmedo, sobre los pétalos de las amapolas. 
Siento el agua entre mis manos, salpicando mis pies desnudos al escurrirse entre mis dedos. Siento al tiempo que se me escapa, que el presente se funde y diluye, que la vida es un mal sueño y del que quiero despertar. ¿Se deja de amar alguna vez a quien has amado con cada fibra de tu corazón? ¿Se puede anestesiar un corazón herido mortalmente y abandonarse a vivir inundada de endorfinas saltarinas que balancean nuestro espíritu y nos impulsan a dar el siguiente paso? ¿Puedo seguir existiendo sin estar presente en mi cuerpo? Dejándome llevar por ese mar en calma, por esas olas llenas de pequeñas burbujas que hacen cosquillas a mi cuerpo y me cuentan en susurros que sigo viva... 
El tiempo se me escapa. No puedo protegerme de los minutos, los segundos me laceran las manos y las horas carcomen como las termitas las patas de mi pequeño y artificial mundo que me he creado. Aséptico, inodoro e inoloro. Como el plástico. Polímeros reunidos que se mantienen unidos por la química. Personas que se mantienen unidas por la rutina, por las etiquetas del envase, por imposibilidad de romper el envoltorio y atreverse a decidir por sí mismas. 
Mi pequeño mundo. Aislada. Encerrada. Una bonita jaula de oro que atesora un ruiseñor triste y agotado, que clama por escaparse de palacio y volar libre hacia la torre más alta, posarse en el árbol más septentrional y cantar con vehemencia la mejor de sus melodías.

Saturday, July 21, 2012

Nada de nada

Mañana de sábado. Me siento a escribir y el blanco se recorta sobre el negro. Nubes vaporosas de palabras desfilan ante mis ojos y no las puedo atrapar. Hoy tengo que volver, de lo contrario sé que no lo seguiré. Me impongo una rutina.
Por otro lado, el deja vù que vivo a diario en España me transporta a las estrecheces de Argentina en los 80. 
Y encima, Andrés... ufffffff.

Wednesday, July 18, 2012

Para pensar

"Lo de las novelas es un asunto muy delicado. ¿De dónde sacan los autores las historias? ¿Están en su interior y hay luego determinadas circunstancias que hacen que salgan a la superficie? ¿Las atrapan los escritores en el aire? ¿Reflejan la vida de personas reales? ¿Qué es real? ¿Qué es inventado? ¿Qué ha existido y qué no ha existido nunca? ¿Influye la imaginación sobre la realidad? ¿O es la realidad la que influye sobre la imaginación?."

"Al principio me quedé sentada sin moverme. Sólo mi corazón latía como loco. Eso es lo que se siente cuando a uno se le abre el suelo bajo los pies. Por la mañana Claude se había despedido de mí en el descansillo con un beso que me pareció muy tierno. No sabía que era un beso a traición. ¡Una mentira! ¡Qué penoso largarse de esa manera! En un ataque de rabia e impotencia, arrugué el papel y lo lancé a un rincón. Segundos más tarde, sollozando, lo cogí y lo estiré. Me bebí una copa de vino tinto y luego otra más. Saqué el teléfono del bolso y llamé a Claude una y otra vez. Le dejé en el contestador súplicas desesperadas e insultos salvajes. Di vueltas por la casa, tomé otro trago para armarme de valor y grité en el auricular que, por favor, me llamara inmediatamente. Creo que probé unas veinticinco veces antes de darme cuenta, con la clarividencia que proporciona el alcohol, de que mis intentos iban a resultar inútiles. Claude estaba ya a años luz de distancia y mis palabras no llegaban hasta él."

Noche de calor


Tuesday, July 17, 2012

Nueva lectura

Después de una tarde de piscina con mis niñas, mi hermano y mi sobri y una mini paliza —para nada, me encanta cuidar mis plantas—cortando el césped, llega el momento del recogimiento. Ducha, paseíto nocturno por el campo y lectura. A propósito, esta mañana comencé un nuevo libro, "La sonrisa de las mujeres", de Nicolas Barreau.
La noche se presenta ideal para pasear: silencio, estrellas, aislamiento...

Time´s up

Tiempo de volver a mi novela. 
Tras el parón por causas extraordinarias —como diría nuestra vice Soraya— es momento de ponerme a escribir y seguir con mis letras. 
Anoche acabé el libro "Eve". Libros como éste me mueven a seguir escribiendo. Hacía tiempo que no leía un libro tan malo, donde la trama es ridícula, los protagonistas son de chiste y el final, apoteósico. Cuando apagué mi Ipad al finalizar la lectura, me dije: "Celina, tienes potencial, mucha gente te lo dice, sigue con tu historia, acabas de empezar, tienes mucho que contar, y más que los has vivido en primera persona". Así que he decidido volver hoy con "Vivir a medias". Que le den a la casa, a la plancha y a todo lo demás.
Mientras escucho "La historia del Jazz" —amablemente prestado por mi amiga Belén y copiado a esa aplicación con vida propia y que detesto llamada Itunes—se me ocurren historias cruzadas, nuevos personajes y mucho que contar. La música que elijo para escribir va de acuerdo a cómo me siento ese día. Muchas veces pongo Superstition Covers, banda de mi amigo Nicolás —debo reconocerte Nico que el cover de Roxanne me electriza—y otras veces pongo jazz; o directamente abro el Spotify y elijo la radio y que me sorprenda agradablemente. La música me inspira y me marca el ritmo, me da velocidad y me motiva a no cejar, a no dejar por cualquier motivo aparentemente importante cuando en realidad son excusas creadas por mi pobre autoestima para —una vez más—no acabar con lo que empiezo. 
Pero este paso es distinto. No me rendiré hasta aque considere que el fin ha alcanzado al principio de sostenimiento, de autoentrega y compleción, de saber que estoy aquí, sola y acompañada a la vez por todos vosotros que estás ahí, lectores incondicionales —aunque poquitos—y críticos sabios. 

Sunday, July 15, 2012

Restaurante en casa

Cuando los niños se portan mal, a veces uno desea estar solo en una isla desierte o, como es mi caso, aislarme del ruido y salir a andar por lugares completamente en silencio. Pero hoy no ha sido el caso. Mis niñas me han sorprendido con un servicio de restauración a la carta en el living de casa. Con menú y todo, disfruté de una ensalada vegetariana riquísima por tan solo un puñado de besos. Aquí las fotos de la sorpresa:



Saturday, July 14, 2012

Matías

Hoy ha nacido mi esperado Matías, y por lo que ya se ve, todo un Eidler... Bienvenido Matías.

Friday, July 13, 2012

Nueva lectura

Ayer empecé un nuevo libro llamado "Eve". Creo que lo terminaré mañana. Ya os comentaré qué tal. De momento, bien a secas. 


Wednesday, July 11, 2012

Se quema Galápagos....

Agua helada

Pieles adheridas a mi cuerpo
me sofocan y me asfixian.
La quietud y la calma que no encuentro,
la noche estéril al día viste.

Silencio en mis oídos me acompaña,
sopor en mis ojos que me arrancan.
Minutos eternos que en decadencia
el compás de la vida marcan.

Sueños de pasión olvidados
recurren a mi mente con brío.
Vivirlos quiero, me estiro
más mi rostro se torna sombrío.

Amé, suspiré y prometí al sol
adorar al Hombre y besar el cielo,
mas él se desterró a la torre
dejando tras sí flores de hielo.

Agua líquida, agua helada
que en su día néctar de vida expelía.
Hoy solo sombras de fulgor aplacadas
sus ojos no brillan, su amor repelía.

Sesenta días un destino escribieron:
común, plácido y cercano.
Sesenta segundos hicieron falta
a su corazón envenenado y lejano.

Tuesday, July 10, 2012

Gerundios

Amando que es gerundio
durmiendo que es mi evasión
sintiendo en mi cuore el tuyo
y ansiando tener la razón.

Aprendiendo a abrazar

Si existe una demostración de amor, cariño o amistad que no tenga parangón con ninguna otra es el abrazo. Ese abrazo exquisito, que te quita el aire pero te llena de dulzura, que te comprime las costillas pero te libera el alma. 
Un "simple" gesto que está en franca decadencia. Por desconfianza, por frialdad, por falta de humanidad que nos impone esta sociedad distópica, por trabas emocionales o por simple desconocimiento del know-how. En lugar de ello, a veces nos limitamos a esbozar una leve sonrisa, o a recibir -que no dar- un par de besos o que nos suelten unas frases reconfortantes. Pero todo ésto no cumple su cometido. La piel humana nos protege del medio, nos cubre cada centímetro cuadrado de nuestro cuerpo y nos aísla del peligro, de maliciosos virus, bacterias, protozoos, amebas, hongos y demás sustancias tóxicas que pudieran -por accidente- entrar en nuestro torrente sanguíneo. Pero además, está a la espera. Espera que la toquen, que la acaricien en toda su extensión. La piel es la película romántica que acaba siempre en final felíz. Desea pasión, seducción, amor y expresión. La piel habla: se eriza, se queja, sublima, nos pica, nos arde, nos llama, nos auxilia. 
Y el abrazo es la culminación de la carrera que lleva a cabo nuestra piel en su empeño de cuidarnos y amarnos. El abrazo nos transmite confianza, seguridad, afectos encontrados, amistad, empatía y compasión. 
Y yo sucumbo. Me derrito. Me dejo transportar lejos, como llevada por la espuma de mar de una playa solitaria. Me aferro a él y detengo el tiempo. Me acurruco entre aquellos brazos y me desmayo, me alejo del ruido y me acerco al silencio. Empiezo a sentir cada uno de los terminales nerviosos que poseo en mi superficie dérmica, sigo el camino que discurre y me embriago con su alcohol contagioso. 
Y me gusta. 
Aprendí a ser abrazada, a ser querida. A sentir ese "decadente" ejercicio de exploración sentimental. 
Y cuando no está, cuando no sientes esa fuerza, cada una de las células que te contienen se ponen tristes, apáticas, relajadas, llorosas. Te aíslas un poco más. La noche se hace más oscura y los días te ciegan. Todo se vuelve extremo e incompatible con la vida misma. Y te das cuenta de lo que has perdido. 
Y te das cuenta qué lejos está, qué cerca se encuentra y lo posible se torna imposible.

Friday, July 06, 2012

Mmmm...

Difícil...difícil...no me salen las palabras. Por algo soy de Letras. Podría haber sido peor. Mañana sin falta me pongo con el libro.

Happiness

Una tarde entre amigos. Confidencias, sinceridad, complicidad. Pizzas y coca cola. ¡Me debes el mojito eh! Sí, tú... ya sabes.

Thursday, July 05, 2012

La tormenta

No tengo las herramientas necesarias para tallar este sentimiento. Si pudiera olvidar, si pudiera no oir, si pudiera escribir las cosas que siento y que éstas fueran enterradas bajo tierra durante una centuria, me haríais un gran favor.
No sé sentir, no sé amar. Cuando amé, morí. Cuando intenté vivir, un viento gélido demudó mi corazón, para siempre. 

Un sol tibio allá a lo lejos
me ciega y reconforta
una tormenta aquí a mi lado
oscurece mi horizonte.

Wednesday, July 04, 2012

Al principio no sabía qué pensar. Él estaba casado, era algo imposible y más que peligroso. Su conciencia le decía machaconamente que se alejara de él, que ignorara ese juego de tres puntas donde, o bien los tres cabos quedan al final libres y paralelos, o bien se hacen un nudo marinero tan prieto que es imposible dilucidar dónde empieza y dónde acaba cada uno.
Antje llevaba un año separada cuando conoció a Kurt. Había sido un año difícil, donde las piezas se había ido acomodando para que el hilo de la vida pudiera seguir andando sin tropezarse. Un año que había trastocado su forma de pensar de mil maneras. Un año en el cual se había dicho que no volvería a establecer ninguna relación con ningún hombre.



luego sigo

Amanece

Amanece. Anoche me fui a andar. Volví tarde. Estaba el aire cargado de humedad. No hacía frío, tampoco calor. Solo los perros cortaban el silencio con sus ladridos intempestivos al escucharme andar. 
A lo lejos se escucha un gallo. Los pájaros se desperazan en sus nidos y comienzan a sobrevolar el pueblo es busca de comida. 
Otra noche que se va, otro día que comienza. El reloj marca impertérrito las horas.

Tuesday, July 03, 2012

Necesito respirar. Necesito estar sola. Me voy a pasear por el campo, hasta que me canse y mis ojos se cierren de agotamiento.

La naturaleza de las cosas

Estoy llorando. Sí, lloro por un pájaro. ¿Me preguntaréis por qué lloro por un ave, por un simple pichón de estornino? Lloro porque es mi naturaleza.
Es la tercera vez en lo que va de estación que rescato de las fauces de uno de mis gatos a un pichón de estornino —o mirlo, no estoy segura—. Y es la tercera que vez que fracaso en el intento de salvarle. 
Ya sé, me diréis "es la naturaleza del gato comer pájaros", y yo os digo: está en mi naturaleza el amor por los animales. ¿Qué podía hacer? ¿Dejar que se lo comiera mientras escuchaba cómo piaba de terror? No, no podría. 
Salí rápidamente hacia el frente de la casa, de donde provenían los sonidos angustiosos del ave y allí lo vi, en la boca de mi gata Nina. Como pude hice que lo soltara, para luego cogerlo entre mis manos, y, una vez más, tratar de salvarle la vida. 
Pocas esperanzas tenía, visto los resultados anteriores. Pero está en mi naturaleza. Le colequé en una caja con tapa transparente, le di agua con una jeringuilla e intenté que comiera una papilla de huevo que le preparé, pero todos los intentos fueron en vano. 
Hace apenas unos minutos murió en su cajita, mientras yo estaba a su lado, impotente ante su sufrimiento, haciendo mío su dolor. Como en un cuento fantástico, sus últimas energías las concentró en tratar de estirar las alas en el poco espacio que tenía, como queriendo escapar de la muerte inminente que le esperaba. Se estiró, abrió sus pequeñas alas, y tras un leve espasmo, cedió su más tierna alma a la muerte. 
Dejó de sufrir. Hubiera deseado que se salvase, hubiera deseado salvarme. Me apropié de su dolor, de su lucha y de sus últimas fuerzas. Me dije que ésta vez sí lograría salvarle, y a su vez salvarme yo con él. Pero no pudo ser. Sus ojos quedaron abiertos, mirándome, mientras el último aliento de vida se escapaba de su frágil cuerpo. 
Tengo miedo a la muerte. Tengo miedo a no saber vivir lo que me ha tocado vivir. La vida se nos escapa de las manos, como las estelas de los aviones que, segundo a segundo van desapareciendo ante nuestros ojos. Tengo treinta y nueve años y llevo cinco viviendo a medias, tratando de estirar mis alas y escapar de esta sensación de encierro que me asfixia. Casi lo logro, pero, como el estornino, mis alas se volvieron a plegar para seguir encerrada en la pequeña caja que es mi vida.

Monday, July 02, 2012

Viva el "intenné"

Ha vuelto mi conexión a la vida... Así como se fue, volvió. Nunca voy a entender a los routers. En fin... hoy toca noche de letras. Me tomaré mi paseo nocturno, como todas las noches, y luego me pondré a escribir el noveno capítulo, donde retomaré la relación entre Antje y Kurt. A ver si no me entra el sueño antes.
No nos vamos de vacaciones al final, por lo menos no a Almería. Sí nos iremos las tres a Cádiz, los primeros días de septiembre. 
Luego sigo. 

Bienvenida, Silvia. ;-)

Citas

Me quedo con la primera, "el contrato de matrimonio importa más que el amor". Triste, pero muchos lo aplican.
Hoy, qyue tengo las ideas claras, resulta que no tengo conexion a internet. Deberia haber aprendido a hckear una cuando pude. Grrrr...por otro lado, el verno se present y yo aun aui. Fltn solo dis pra q nazcami nuevo sobri. Y olo dias pra ir os de vacas, esta vez eepetimos, nos vamos a almeria. En ima en este teclado diminuto no puedo ecrivir bien. Elcolmo de una escritora bloguera!
Sin Internet... Qué mono!

Sunday, July 01, 2012

Gente que se esfuma

Una siesta, una lectura y luego acabo el capítulo 8. He actualizado parte de él, pero aún falta. 
Hoy estoy un poco nostálgica. Echo de menos a gente que ya no está en mi vida, que se esfumó y ya no se preocupa por mi. Y lo más doloroso es que entre estas personas se encuentran los "culpables" de que yo escriba en este blog. Yo sí os quiero, y siempre lo haré.
Duele, mucho. A veces me despierto en mitad de la noche con la sensación de que os tengo a mi lado, de que os puedo tocar. Pero esa alegría da paso a una angustia inmediata y la soledad se apodera de mi. 
Tengo que aprender a estar sola, a vivir sola. Por más que los recuerdos se aferren a mi como al mejor de los anzuelos.