—Mami, despierta, despierta. Te has quedado dormida —le dijo Camille mientras sacudía suavemente el brazo de Antje.
—Mmm... ¿qué pasa? ¿A qué vienen estas prisas? ¿Qué hora es? —preguntó ella abriendo un ojo a la vez que con la mano se tapaba la cara tratando de evitar los rayos de sol que se colaban por la ventana de la habitación.
El sol de la mañana de junio auguraba un verano cálido. La noche anterior no había refrescado, como solía ocurrir siempre. Había sido una noche estática, muda. Solo habían bajado unos grados, pero los suficientes para que Antje se acostara y se durmiera casi inmediatemante.
La mañana prometía continuar sin distinción alguna a la noche. Las hojas de los árboles permanecían cosidas a las ramas. Goliath ya se había puesto de pie y esperaba ansioso moviendo el rabo que su amita se levantara y le llevara a a pasear por el campo.
Antje no tenía fuerzas ni para abrir los ojos. Un cansancio que había estirado sus raíces hacia el interior del colchón de su cama la mantenían unida a ella. Se sentó, a duras penas, en la cama. Cada músculo de su cuerpo le pedía una quietud que las prisas de Camille arrancaban de su letargo, lentamente. Un fuerte dolor de cabeza, amplificado por la luz y las palabras de su hija le recordaban su existencia, o, tal vez, lo poco que quedaba de ella. Disfrazando con entereza el dolor y el extremo agotamiento, se puso de pie y se dirigió a la cocina.
—¿Estás bien, mamá? Te veo muy cansada.
—Si, es sólo que... verás... me quedé escribiendo hasta tarde y se me pasaron las horas. Me acosté muy tarde y estoy un poco soñolienta, nada más, cielo —le respondió a Camille, inventándose una excusa plausible a su deplorable estado—. ¿Y tu hermana? ¿Dónde está Trudi?
—Oh, sí. Aún duerme. Intenté despertarla pero no me hace caso, sigue remoloneando en su cama y dice que vayas, que sólo cuando tú estés a su lado se levantará.
Aquel día Trudi estaba enfadada. El día anterior había discutido con una compañera de clase que decía que su padre no la quería y por eso la había abandonado. Ella, sin amedrentarse, había cogido una de las coletas de la otra niña y ni lerda ni perezosa le había asestado un buen tirón de pelo, de esos que duelen hasta la raíz de las neuronas. La maestra lo había presenciado y la había castigado privándola del recreo durante un par de días. Odiaba a los niños que se metían con ella. Odiaba que le recordaran a su padre y que hablaran mal de él. Ella sabía que la quería, que no era cierto lo que decían de él, pero cada vez que la malicia afloraba y las flechas acusadoras de sus compañeros de clase sesgaban el aire en torno a ella éstas le recordaban el dolor que había sentido cuando sus padres habían decidido separarse. La sensación de vacío repentino, el sentimiento de pérdida y culpa a la vez mezclados con lágrimas amargas de ira contra su madre volvían a su presente y ella, defendiéndose como podía, intentaba luchar contra estos sentimientos.
Antje siempre había sido conciliadora. En su momento, le había explicado a las niñas el porqué de la separación. Ellas, con sus cortos años de vida, trataron de entender algo que se antojaba un sinsentido, un capricho. Buscaban a su padre por todos lados: detrás de las cortinas, debajo de la mesa, dentro del armario. Su padre, su compañero de juegos, ya no vivía en casa, ya no se escondía entre las cortinas del salón. La única forma de encontrarle era cogiendo el teléfono y llamándole a la otra casa, al otro mundo, ese que ellas suponían extraño y lejano a sus conciencias de niñas.
Así, poco a poco y con mucho amor y comprensión por parte de Antje, fueron creciendo y entendiendo cuál era la situación y la madurez —cada día más presente—les trajo consigo la certeza de la irreversibilidad de la separación. Se habían acostumbrado a tener a papá y mamá por separado, a hablar de ellos como dos entes distintos pero unidos por sus palabras, a decir al viento sus nombres y qué éstos fuesen transportados hasta ellos, como en una corriente marina que arrastra en ella a los habitantes del mar.
—Despierta remolona. Se hace tarde. Venga... yo te ayudo con la ropa...
—Es que no quiero ir al cole hoy mamá. Se han metido conmigo, con papá... ya sabes. Y no me gusta —sentenció, haciendo un puchero con la boca.
—Ya sabes que tu padre te quiere y siempre lo hará. Sólo lo dicen para hacerte rabiar. Lo mejor que puedes hacer es ignorar esos comentarios. Recuerda lo que siempre te he dicho que tienes que hacer cuando escuches algo que no te gusta.
—Si, mamá. Cojo con las manos las palabras, las convierto en una bola bien pequeñita y como si fuesen dientes de león, las soplo bien lejos, donde no puedan regresar a mis oídos.
—Veo que no te has olvidado. Ahora venga —le dijo, abrazándola bien fuerte—, levántate y vístete. Se hace tarde para el cole.
Media hora más tarde, Antje estaba andando por el camino del campo con Goliath. Él iba olisqueando las flores, los hierbajos, los recuerdos de otros perros. En cuanto veía una oruga o un saltamontes, se sentaba a su lado, giraba la cabeza mirando a Antje y le señalaba con la pata el hallazgo.
Aunque no se encontraba con ganas de salir ese día, se obligó a ponerle el collar al perro y salir. Pensó que el aire de la mañana le daría algo de fuerzas para deslizarse sobre lo que le quedaba del día, que era mucho y recién comenzaba.
Sus pasos eran lentos, acompasados, sobre algodones. Sus zapatillas apenas dejaban huella sobre la tierra húmeda por la llovizna de la noche anterior. Su pantalón de algodón gris le quedaba holgado, la camiseta flotaba sobre ella. Había perdido varios kilos en los últimos meses. Su clavícula se adivinaba debajo de la ropa. La falta de apetito, la astenia... ahora todo encajaba. Caminaba siguiendo el sendero, pensando en el presente, arrebatando el aliento al aire que le circundaba, arañándole segundos a las horas. Su mirada sin rumbo delataba su tristeza, su desencanto, su desconexión con el tiempo y el espacio.
Unos metros más adelante, al llegar al recodo del camino, levantó la mirada. Goliath empezó a mover el rabo, queriendo zafarse de la correa para ir corriendo al encuentro de lo que llamaba su atención: sentado, sobre la roca, estaba Kurt.