Saturday, June 30, 2012

De citas y despistes.

Anoche salí a cenar. Era una noche preciosa, ni frío ni calor. Corría una brisa agradable que parecía llevarse consigo todas las soledades humanas. Me sentía bien. Hacía meses que no pasaba un rato tan agradable. El único problema fue cuando me di cuenta que no tenía la tarjeta del coche. Entre que era tarde, de noche... Me puse a pensar y me di cuenta que debí perderla en el cine, antes de ir a cenar. Rauda y veloz, subí la escalera mecánica que conducía a las salas y pregunté al chico de la limpieza. 
- Sí, encontré en el suelo una tarjeta de Renault. 
Respiré. Volví a casa, aún con media sonrisa pegada a mi cara.

Friday, June 29, 2012

En el Fosters, cenando en buena compania...

Thursday, June 28, 2012

Mi penúltimo consejo escolar.
He modificado levemente la historia y los antecedentes del prota durante la noche. Ya tengo el link que me faltaba. (Debe ser el calor nocturno que me pone las neuronas a mil).

Wednesday, June 27, 2012

Mis soletes

Os presento a mis dos soletes, que están más guapas que nunca.  De izquierda a derecha: Tatiana, (yo) y Carolina.



Calor y calor

No puedo escribir hoy. Tengo la habitación tomada por un puñado de okupas de escasa edad. Compiten maratónicamente con las maquinitas mientras yo me devano los sesos tratando de hilar ideas, lo que se está conviertiendo en tarea bastante imposible. 
El calor de anoche fue asfixiante. No pude pegar ojo. Me despertaba a cada hora y como no podía volver a dormir me ponía a navegar, a leer, a jugar con mi perra. A las cinco de la mañana estuve a punto de salir a andar por el campo, pero la peque despertó y me entretuvo. Decidí volver a la cama y tratar -por enésima vez- de conciliar el sueño. El rabillo de mi ojo izquierdo vio por última vez las 7:30 cuando creo que me dormí, hasta las nueve que llegó el suplemento vitamínico en forma de pequeños bajitos.
La pila de ropa para planchar me mira de soslayo, el libro me reclama y yo sin ganas de nada. Bueno, en fin, sí tengo ganas de algo pero eso no se puede contar, no al menos aquí. 
Os dejo un ratillo para aspirar una bocanada de aire frío del ac del salón.

Tuesday, June 26, 2012

Preparativos de escritora

Calor. Tórrido. Pachucha y con hipotensión. Hoy he tenido unas ideas para darle forma a Michael, el prota de mi novela, aunque estoy entre Alexandre o Michael. Se aceptan sugerencias. 
He estado haciendo correcciones y modificaciones en los capítulos; algunas significativas, otras no. Hay días que le veo futuro, otros que me parece un auténtico descalabro sin visos de aspirar ni a folletín de cine. Será mi autoestima que anda por los suelos. 
Por lo menos me están creciendo las uñas. Siempre dije que antes de morirme quería tener las uñas largas y pintadas de rojo fuego. Mi hija se ha empeñado en pintarlas con laca azul cielo, nada que ver con mi estilo, pero en fin...
Si me encuetro bien luego de la cena, me pondré con este capítulo que quedó sin acabar. Tengo que darle forma también a Kurt e introducir nuevos personajes. Eso sí, siempre y cuando la luz no se vaya como anoche y me deje a dos velas... como estoy ahora. ;-)
Os veo luego. Besos.

Sunday, June 24, 2012

Hoy toca definir mejor los protagonistas. Creo que Kurt se merece algo más exhaustivo. Antje no termina de convencerme, faltan datos. No sé. Hoy no veo que tenga cualidades narrativas. Lo borraría y empezaría de cero. Debo tener las neuronas atrofiadas. No os sorprenda si un día he borrado todo.

Sin verbos

Sueño. Spaguettini a la bolognesa. Sol abrasador. La casa de Riverton. Mis plantas. Mi asimina triloba, mis gatos en la cama. Gaia cariñosa. Mi cama, la almohada y el ventilador. Somnolencia. Duermevela. Evasión. Sueños anhelantes. Piscina. Mi Mac, mi libro y yo. Noche... cri cri cri...

Capítulo 7: Conjugación del verbo amar

A veces sus miradas se cruzaban. Ella no le atribuía ningún otro interés más que la cordialidad que entraña y exige ser buenos vecinos. A veces, sus pupilas se clavaban en las de ella y se quedaban ancladas en la atemporalidad del tiempo, hasta que, pasados unos instantes, ella bajaba la mirada y él se sumía en el desasosiego. Otras veces eran inócuas palabras las que llegaban a sus oídos. Comentarios intrascendentes -para ella, claro-, conversaciones banales o saludos a distancia. A todo intento de Kurt por acercarse, Antje no hacía otra cosa que evitarle, pero no conciente ni específicamente a él, si no que ignoraba a todos los que se encontraban a su alrededor. Era su forma innata de protección: el alejamiento. 
Sonaba el despertador a las ocho de la mañana y comenzaba la rutina. Despertaba a sus hijas con un beso, las ayudaba a vestirse, les preparaba el desayuno y las acompañaba al colegio. Pocas eran las veces que llegaba hasta la puerta del centro, ya que prefería quedarse a una prudencial "distancia de seguridad" donde pudiera verlas llegar hasta la misma entrada mientras ella vigilaba desde la esquina. Era esquiva. Siempre lo había sido. Antje siempre se había considerado un poco "antisocial". Su visión del mundo y de las relaciones distaba mucho de la ortodoxia general que se consideraba "normal". Era una persona afable y bondadosa -incluso se sorprendía gratamente cuando al conocer a alguien opinaban de ella que era simpática- pero su perenne expresión adusta que transmitía contradecía su interior inquieto y ansioso. Bien por timidez, bien por cierto grado de desconexión social, prefería muchas veces la soledad a la compañía. Era una eremita. Simplemente se sentía más cómoda así. Como intuyendo el peligro, se refugiaba y protegía del mundo adoptando una actitud de lejanía intencionada, de soledad autoimpuesta.
Las veces que sus hijas insistían, las acompañaba hasta la puerta del colegio, donde la mayoría de las veces estaba él, ansiando entablar una conversación que se presentaba más que imposible ante la huidiza Antje. Cuando no se marchaba de puntillas en cuanto las dejaba, era otra madre que la pillaba desprevenida para comenzar el ritual carnicero de despellejar a un tercero que por supuesto, no estaba presente. Ella se quedaba escuchando, asintiendo con un leve movimiento de cabeza las afirmaciones de la "licenciada" de turno y, en cuanto veía la oportunidad, giraba con sus talones y se marchaba de la escena del crimen rauda hacia su casa. 
Un día coincidieron solos, y sin saber muy bien cómo ni porqué, Antje se decidió a prestarle atención. Al cabo de unos minutos, se quedó sorprendida ante la locuacidad de sus palabras, tan hurañas como ella, que habían comenzado a brotar de sus labios con la facilidad y la naturalidad con la que la lluvia pasajera empapa la tierra sedienta del verano.
Y descubrió sus ojos. Habían estado siempre allí, pero ella no los había visto. Le había mirado mil veces a la cara, pero ésta era la primera vez que se reflejaba en su brillo. El brillo extraordinariamente inusual de sus ojos castaños comenzaron a iluminar su oscuridad, a guiar su camino y a encender sus noches lóbregas. El mundo; otrora gris e insípido, de pronto se convirtió en una fuente de hidromiel dulce y abundante. Y Kurt; como Bolverk y el gigante Baugi, lentamente empezó a deslizarse por las rendijas de la montaña que sepultaba a Antje, cuya cima, inexorablemente, había empezado ya a resquebrajarse.
Sabía cuál era la situación. Él, un hombre casado y padre de familia. Ella, separada y madre también. Una reticencia natural luchaba por imponer la razón al corazón. Al acostarse se repetía una y otra vez que no lo volvería a ver, que aquello no podía suceder. Aferrándose a la razón con la fuerza de un delgado hilo de seda, Antje fue sucumbiendo al dulce dolor de la extrañeza, a la ingravidez de los sentimientos y a la exageración de los sentidos.
Se encontraban a diario. Aquí y allá, paseaban y hablaban de sus vidas. De la soledad y el dolor de uno, de la tristeza y anarquía social de la otra. Buscaban respuestas a preguntas invisibles. Describían razones a sordos corazones. Compartían momentos de intimidad únicos que solo ellos entendían. Las nubes de primavera -que arropaban y cuidaban su incipiente relación- dibujaban un futuro irreal en el cielo, pero a la vez tan verdadero como el sentimiento  que les unía cada vez más.
Comenzaron a creer, a ansiar, a amar. A buscarse los labios en la soledad de las noches, mientras la gente dormía. A fundir sus cuerpos en la calidez de las mañanas, mientras la ciudad se despertaba. Sintiéndose cómplices de un engaño que no podía durar en el tiempo. Sabiendo que aquello que sabía maravillosamente bien en sus labios sabría amargo en los de él cuando de su boca tuviera que salir la inevitable verdad a su mujer. Se amaban, se deseaban.
Un día, mientras caminaban por un sendero solo iluminado por la luna llena, Antje se sintió de pronto ligera. El miedo, la tristeza y la soledad que habían compartido asiento con ella durante casi toda su vida ya no estaban allí. Se habían apeado de ese viaje. Habían seguido el camino solos, olvidando a su compañera de periplo. Y se sintió felíz. Irradiaba alegría, candor, felicidad. Sus ojos centelleaban cuando sus pupilas se encontraban inesperadamente con las de él, cuando sus dedos se deslizaban subrepticiamente cual polizones sobre las manos de Antje en encuentros ahora no tan ocasionales rodeados de gente. Y Kurt refulgía al verla. Chispas multicolores envolvían un cuerpo tallado a cincel. Un velo de misticismo le envolvía y sujetaba sus palabras.
Él la amaba. Ella lo sabía. Se lo había dicho un día al pasar, como queriendo disimular y ocultar de las miradas ajenas lo que sentía, pero cada fibra de su musculoso cuerpo sucumbía a la verdad y se estremecía cada vez que le decía lo mucho que la amaba. Y ella le amaba también, aunque se esforzaba por retener esas dos palabras, como temiendo que si las decía el hechizo se rompería, la noche se haría día y la realidad, un mero sueño. Le amaba, pero tenía miedo de aceptar lo que sentía. Aceptar sus sentimientos implicaba aceptarse ella misma, y en ese campo ella siempre había jugado en desventaja. Era suplente de su propia vida. Miraba sus días pasar desde el banquillo, esperando que tal vez un día tuviera que entrar al campo y empezar a jugar de verdad, a abrirse paso dando codazos y patadas para de una vez por todas, rebasar a ese pasado que la había apartado del control de su vida convirtiéndola en una simple espectadora. Ese pasado solo conocido ahora por Kurt, quien le había enseñado -mediante su paciencia, sus palabras de comprensión y afecto- a dejarlo atrás, a enterrarlo bajo siete sellos a diez metros bajo tierra.
Ese pasado ya no estaba. Había abandonado su condición para convertirse en el presente que ella había elegido vivir, un presente que conjugaba solo dos personas: "tú" y "yo" y que le había enseñado a pronunciar, sin miedo a equivocarse, esas dos palabras: te amo.

Friday, June 22, 2012

Tribulaciones

Hoy tengo ganas de salir corriendo y no parar. De gritar cuán arrepentida estoy de haber creído en el amor y que éste solo sea un espejismo, un oasis en medio del desierto. Accidentalmente, anoche descubrí una verdad que venía sospechando. Vivo el guión de una tragicomedia a diario, enganchanda como un lastre al fondo del mar. Si la sospecha ya es dolorosa, más lo es cuando ves cómo están ordenados los hechos temporalmente. Hoy más que nunca doblegaría mi orgullo, si es que tengo alguno. Hoy más que nunca, preferiría perder mi orgullo por amor y no mi amor por orgullo. No sé cómo mirarle a la cara. No lo sé. Detengan este mundo de mierda, por favor. 

22:32 He estado todo el día fuera. Le he estado dando vueltas. No encuentro una razón válida para sentir lo que siento. No puedo. Simplemente, no tengo derecho. 
Estuve a un instante de hacerlo. Me acerqué, descolgué el auricular... y colgué. 
Hora de los cuentos. Hoy toca otra noche de desvelo. Tal vez necesite andar y escuchar a las ranas. Ver las estrellas o sólo cansarme de hacer nada útil. Ya veré.

Thursday, June 21, 2012

Noche cálida de letras

Noche silenciosa, cálida. Bonita para escribir. Me esperan mis letras adosadas a mis yemas. Lástima la soledad, implacable. Snif.
Por otra parte, he decidido que en cada capítulo de mi libro colocaré una imagen que represente en parte lo que quiero transmitir . Ahhh.. y bienvenidos mis nuevos seguidores. Vaya cantidad... ;-)

Capítulo 6: El café

—Cariño, tengo que ir al centro. He quedado con Mariel en la cafetería de siempre. No creo que tarde mucho así que os portáis bien, ¿si? 
—Si mamá, tranquila. Tú ve y pásatelo bien, y dale recuerdos a Mariel de nuestra parte —dijo Camille mientras chateaba con su amigo David—. Cuidaré de la renacuaja.
Antje había quedado en la cafetería "Hovenia" con su amiga Mariel, aquella cafetería que habían descubierto juntas mucho tiempo atrás, cuando eran apenas adolescentes y asistían juntas al mismo instituto. Aquel día, hacía ya más de veinte años, habían decidido hacer novillos. Era la primera vez que se adentraban en el mundo de los adultos, abriéndose paso en él saltándose algunas normas y esquivando la obligación del estudio. Habían planeado tomar el autobús y dirigirse al centro de la ciudad; ver tiendas, pasear, consumir horas hablando sobre los chicos que les gustaban y, como colofón, tomarse un enorme batido de plátano, de esos tan espumosos que parecían un volcán proyectando pedacitos de algodón y que en el medio se asomaba un sol redondo pero tan colorado como una cereza. Cansadas y sedientas, luego de una mañana de caminata imparable, encontraron la cafetería en una esquina. Ésta era antigua, de primeros de siglo XX, en los bajos de un edificio señorial de estilo francés, de arenisca gris y grandes puertas de mader oscura con tallas de hojas de laurel y flores de loto. El interior era un mundo paralelo, desconectado de la ortodoxa realidad pero unido al mundo a través de la música. Una galaxia de objetos antiguos milimétricamente colocados de forma desordenada por las paredes, sobre los rincones y detrás de la barra imprimían un aire abigarrado a la decoración de la cafetería. Del techo colgaban, -de finísimos cables de acero casi imperceptibles a un ojo no muy fino- como nubes de tormenta: violines, guitarras clásicas, un bandonéon y hasta un banjo. Al mirarlos uno se preguntaba enseguida cómo era posible que aquella orquesta descansara tan sutilmente sobre aquel techo pintado de color azul cielo, donde la música ya no sonaba pero los compases aún retumbaban en las cajas de resonancia que olían a tiempo muerto, a horas añejas y compañía mágica. Las paredes, de color verde pastel, se vestían de oboes relucientes, de saxos olvidados, de trompas cromáticas y flautas traveseras que aún ansiaban esos labios finos pero fuertes que alguna vez habían besado su embocadura. Mesas redondas de madera de nogal salpicaban un suelo de baldosas cerámicas de color blanco donde un maestro de fino pincel, mezcla de Mozart y Miguel Ángel, había recreado un pentagrama completo, con claves de sol, redondas, semicorcheas y blancas. Aquella incursión en la cafetería Hovenia había marcado a las amigas su presente y su futuro, su unión atemporal e incondicional. Fue tal el maravilloso sabor que se llevaron con ellas de esa tarde en la cafetería, que prometieron reencontrarse en ese sitio imperturbable al paso del tiempo todos los meses mientras vivieran. Y la promesa no había dejado de cumplirse desde hacía ya más de viente años, salvo por algunos compromisos laborales de Mariel que le impedían asistir a la cita ocasionalmente.  
Empujó la pesada y quejumbrosa puerta que separaba la realidad de la quietud, el ruido de la ciudad del sosiego, y se encontró en la mesa del rincón, junto a unos ajados timbales, a Mariel. Allí estaba, sentada con las piernas cruzadas, tamborileando impacientemente sobre la superficie lustrosa de la mesa. Lucía una melena morena y larga, lisa y espesa, recogida en un estudiado desorden que enfatizaba su rostro joven y vivaz. Sus enormes ojos verdes destacaban en una piel fresca, con solo una pocas arruguillas a los laterales. Su finísima cintura de himenóptero -acentuada siempre con estrechos vestidos- había sido la envidia de Antje y de todas las chicas del instituto. Vestida con un traje de chaqueta y pantalón de un blanco nivoso, su cabello negro jugaba a camuflarse como un tablero de ajedrez sobre el pentagrama del suelo de la cafetería.
Al ver que Antje se acercaba, Mariel se puso de pie y esperó unos instantes hasta que se encontraron y se fundieron en una largo abrazo. Se sentaron, se miraron a los ojos en completo silencio y Mariel supo al instante que algo no marchaba bien. Al final, fue ella quien rompió el incómodo mutismo.
 —¿Qué ocurre Antje? Dime —inquirió Mariel. 
Antje clavó sus ojos en los de su amiga y pestañeó.
—Tengo cáncer. No tiene buen pronóstico. La ginecóloga me ha dicho que está avanzado y que tengo pocas posibilidades...
Mariel se recostó en el respaldo de la silla, cogió las manos de Antje con las suyas y la miró a los ojos. 
—Me tienes a mi. Tú eres fuerte, siempre lo has sido. Eres una superviviente, una mujer valiente, capaz, una luchadora nata. Esto no te va a vencer. No pienso ponerme a compadecerte porque no lo necesitas. Necesitas armas con qué luchar, y solo tienes que escarbar un poco dentro de ti para encontrarlas.
—Imaginé que me dirías algo así. Le he estado dando vueltas. Desde que me lo confirmaron me he sentido vagar por un laberinto de sensaciones, sin llegar a dar con la salida. Sentí morirme lentamente, sentí ganas de dejarme vencer. El presente se me mezclaba con el futuro. Pero luego me dije que tengo a las niñas y ellas son motivo suficiente para que no decaiga. Y sé que te tengo, Mariel. Siempre nos hemos tenido la una a la otra.
El camarero se acercó a la mesa donde se encontraban y, al ver a las amigas con ojos llorosos, preguntó si todo estaba bien. 
 —Sí, todo estará bien —respondieron al unísono, haciendo hincapié en el verbo.
Pasaron la siguiente hora hablando de cómo afrontar el tratamiento, compartieron el calendario de sesiones de quimio a las que Antje tenía que someterse, se prometieron realizar un viaje juntas a un destino desconocido; el cual elegirían colocando el dedo al azar en el globo terráqueo que Antje tenía en su escritorio y siguieron bebiendo café, riéndose tímidamente ante cualquier comentario que se prestara, aprovechando cualquier resquicio de alegría que se colara entre tanta tristeza presente, como un sol perezoso que amenaza con asomar su cabellera entre las algodonosas nubes invernales.
—¿Y tú Mariel? ¿A quién te has llevado a la cama esta vez? —preguntó Antje animándose un poquillo tras las escuetas risas surgidas de la charla.
 —No creas, llevo una temporada bastante discreta, y muy movida en el trabajo. No he parado de viajar este último mes. Estamos prepando las campañas internacionales de temporada otoño-invierno para Cosmo y la agencia me tiene volando entre Milán y New York. Si apenas tengo tiempo de pillar la cama para dormir, menos lo tendría para pasarlo bien sobre ella —dijo guiñándole un ojo a Antje—. Viajo con mis cámaras y equipo y poco más. Mi vida es un sinfín de idas y venidas a horas intempestivas: cuando no es la luz la que se impone, es el hallazgo de la localización ideal de una toma, cuando no son las nubes perfectas las que prometen "la toma", estoy buscando ese Ford T del veintitrés que el dueño se empeña en proteger a toda costa incluso de un inocuo flash... en fin, qué te voy a contar que no sepas ya de mi vida de fotógrafa de revistas de moda —dijo Mariel reclinándose en la silla y encogiéndose de hombros.
—¿Pero ese cuarentón tan guapo que habías conocido en París hace un par de meses? ¿Cómo era...? ¿Cedric? Sí, ese. Me contaste que estabas loca por él y él por ti, que os ibais a ir a vivir juntos... que él vendría a España por ti.
—Ya, es cierto —dijo bajando los párpados y estrangulando con su mano el tenedor que había cogido para probar una porción de pastel de chocolate que le había pedido al camarero apuntando con el dedo índice la carta mientras éste servía la segunda ronda de cafés.
—Íbamos... —respondió alargando la palabra hasta extremos infinitos—. Hasta que hace tres días llamé y me atendió una niña pequeña. Me quedé paralizada, no pude contestar ni soltar el teléfono. Los segundos se hicieron minutos y los minutos; horas, hasta que unas palabras que dijo la niña me empezaron a succionar los pies, arrastrándome violentamente desde el limbo en el que me encontraba flotando para luego sentir que éstos se clavaban en la superficie dura del parquet del salón de casa. En ese momento mis oídos volvieron a ser míos. "Papa, il n'y a personne", dijo la niña —sentenció Mariel en un perfecto francés—. Y luego, como un enjambre de abejas asesinas dirigiendo sus aguijones mortales, escuché la voz de Cedric diciéndole a su hija "Raccroche, raccroche... quelqu'un se sera trompé". Por supuesto, no volví a llamarle, y cuando él lo hizo, no contesté. Fin de la historia. Ha seguido llamándome, pero no pienso antender el teléfono—afirmó Mariel temblándole la voz—. Ya sabes cómo son los hombres. Mentirosos. En ese campo llevas tú la ventaja, lamentablemente. 
—Ya —dijo Antje introspectiva y lacónicamente—. Han pasado más de dos años y aún duele. No lo voy a negar, no te puedo contar nada que no sepas ya.
 —Te dije en su momento que rompieras con el pasado, Antje. Sé que has vivido una temporada horrible. He sentido tu dolor amplificado en el mío. He llorado tus lágrimas y he tratado de hacer desaparecer ese vasto espacio vacío que él con su decisión dejó en tu vida, pero no lo he logrado, al parecer. Te corresponde a ti vivir el proceso. Aunque esté la mayoría del tiempo a miles de kilómetros de distancia física, sabes que estoy a unos pocos centímetros de tu corazón. He esperado tus llamadas a cualquier hora, estuviese en Tokio, Londres o París. No me he despegado del móvil salvo para ducharme. —Cogió su móvil que había colocado al lado del azúcar y comenzó a bambolearlo frente a Antje—. Quería que sintieras cuando te regalé el móvil que yo estaba ahí. Que estoy aquí. Ahora y siempre. Pero también sé que decidiste lamerte las heridas tú sola, Antje. No te culpo ni te recrimino nada —sentenció, dulcificando sus palabras. 
 —Sí, lo sé. Te aparté de mí. A ti y a muchos. Kurt me hizo un daño terrible. Y aún duele el recordar.

Dos años antes, al leer sus palabras de despedida dejadas en un universo tan reducido de solo ciento sesenta caracteres, Antje había sentido que una a una las capas de su epidermis iban cayendo a  sus pies. Se sentía desnuda, indefensa. Su cuerpo empequeñecía a la vez que el mundo se volvía más grande. Empezó a vivir de rodillas, mirando la vida desde otra perspectiva. Su corazón perdía partes imprescindibles a cada paso que daba, como si fuese un viejo y desvencijado reloj al que se le van cayendo poco a poco sus engranajes. Sentía el sonido de la oquedad en su interior, el silencio del dolor que se deslizaba furioso sobre su piel, el ardor de la ira que quemaba sus manos anhelantes de él. De Kurt, del hombre que amaba. 


Tuesday, June 19, 2012

Actualizando el blog, escribiendo... siento no haber escrito estos días. He estado muy malita en cama y con pocas gnas de nada. Me pondré al día...

Sunday, June 17, 2012

Me duele todo, con fiebre y naúseas... :(

Thursday, June 14, 2012

Yendo a la clínica de Azuqueca a cirugía... ojalá vaya bien.

Wednesday, June 13, 2012

Muchas ideas que escribir, encuentros y descripciones. Tengo por delante una noche llena de inspiración para escribir. Genial. Silencio. Soledad. Y mi Mac.

Bonito es poco







Preparando mi chill out. La primera me encanta, lo encontré en Pinterest, pero creo que es de una casa en Holanda. Acabado el deck en la piscina, ahora me toca darle el toque relax. Pronto en la web. La segunda es absolutamente maravillosa.
Noche de insomnio que me ha permitido adentrarme aún más en el eje troncal de mi historia. :) Ahora a dormir.

Monday, June 11, 2012

Sunday, June 10, 2012

Capítulo 5: El coleccionista de máscaras

Estaba preparándose las tostadas en la cocina. El aroma a pan tostado inundaba todos los rincones de la casa. Hablaba por teléfono con su jefe para decirle que ese día no iría a la oficina. Se quedaría en su piso y se conectaría a la intraweb de la empresa, donde actualizaría los datos de las ventas para presentar en el próximo quarter de la compañía. Necesitaba estar concentrado, no perder ni un segundo con distracciones. Solo podía enfocarse única y exclusivamente en la presentación, donde debía insertar las tablas con los revenues, el forecast y el total de beneficios del último trimestre.
Hacía años que trabajaba en la misma empresa, en la misma planta, en el mismo puesto. Sus días eran reproducciones automáticas y sincronizadas con la salida del sol. Sonaba el despertador, tomaba una ducha rápida, se afeitaba y se embutía en sus camisas YSL, se colacaba el traje azul -o gris- Armani y se anudaba sus corbatas Gucci.
Si bien su aspecto exterior era impecable, el interior hacía un tiempo que emitía aullidos acallados de desesperación y hartazgo. Le aburría su trabajo terriblemente. Rutinario, frío, poco imaginativo. Hacía casi veinticinco años había acabado su licenciatura en Historia que, tras años en la mejor universidad del país e incontables horas de estudio, no le habían posibilitado dedicarse a su verdadera pasión: la investigación antropológica. Al final, había acabado resignado en una multinacional informática, de esas que los empleados eran únicamente gasto en sus balances contables si no estaban vendidos al peso en proyectos clientes.
A pesar de que el presidente de la compañía había valorado su capacidad laboral, su entrega y fidelidad total a la empresa y su visión de mercado al haberlo promocionado en los últimos cinco años a un puesto directivo, este estímulo no llegaba a aplacar su sensación de frustración y falta de compleción.
Poseía un piso en el centro de la ciudad, cercano a la mejor calle del barrio más acomodado. Sus ingresos -y la enorme herencia que recibió por el fallecimiento repentino de sus padres en un terrible accidente de coche cuando él solo tenía diecinueve años- le permitían vivir más que holgadamente en una ciudad de las más caras de Europa. Amante de las culturas olvidadas, había ido acumulando objetos a lo largo de los viajes que se permitía durante las vacaciones estivales. Su piso era una suerte de museo tribal, donde cuencos tibetanos sobre mesas de bambú chinas se mezclaban con katanas japonesas del siglo V, en los rincones del salón descansaban ashikos de su último viaje a Nigeria y en la paredes, encima de la chimenea y a sus lados, se enseñaba una  orgullosa colección de las más exquisitas máscaras de las tribus de Bembe, de Kumu, de Pere, de Kusu, de Hemba, Luba, de Tabwa y de otras tribus congoleñas. Decenas de objetos antiquísimos vestían un piso amplio pero desnudo de muebles modernos, carente de cualquier referencia a la civilización actual que, paradójicamente,  le había brindado la posibilidad, gracias a sus dotes comerciales, de rodearse de esas piezas dignas de la mejor de las colecciones del Museo de Historia Natural de New York.
Él se mantenía en un perfecto estado físico. Sus músculos bien torneados, sus piernas fuertes y firmes y su abundante cabellera castaña recordaban a un Adonis del siglo XXI. Se pasaba las horas posteriores a la salida del trabajo en el complejo Fitness and Health Club que se encontraba a pocas manzanas de su residencia. Se machacaba en la cinta de correr, practicaba Aikido y llevaba a cabo una rutina cada vez más exhaustiva en la sala de musculación. Eran tres horas diarias que se pasaba en el club consumiendo sus pensamientos y ansiando que el ejercicio produjera un efecto anestesiante en su cuerpo.  Las noches acababan siempre igual. Se recostaba en su sofá de piel color chocolate y veía abstraído las noticias, escuchaba Verdi en su equipo de música Bang & Olufsen mientras cenaba comida gourmet que encargaba a un selecto club gastronómico del barrio y luego se metía en su habitación, se acostaba, leía a los clásicos rusos y al cabo de un par de horas se dormía con la luz de la mesilla de noche encendida, la cual emitía una leve luz amarillenta que le arropaba en la soledad de la noche.
Ese día se dijo que trabajaría desde casa. Pero primero, iría a la farmacia de la esquina a comprarse una caja de ibuprofeno, ya que había amanecido con un inusual dolor de cabeza.

Friday, June 08, 2012

Capítulo 4: Las letras son pasos de baile que bien escritas, describen una danza maravillosa


"Todo esto es surrealista. Siento que no pertenezco a mi cuerpo, que me he desprendido de él el día que me dijeron que tenía cáncer. Veo las horas pasar desde otro ángulo, éste; distorsionado, borroso. El dolor que siento me acribilla y me deja inconsciente. Pero insiste, se aposenta en primera fila y arremete una tras otra, sin descanso. Con denuedo trato de no sentir, de no vivir esta constante cuenta atrás que empezó a correr hace pocos días. 
Mis hijas no saben, pero intuyen. Me ven cansada, ojerosa, sin apenas fuerza ni ganas de levantarme. ¿Qué debo hacer? No quiero morir, no quiero sufrir, pero tampoco quiero este constante recuerdo que me perfora las sienes y me aturulla con su cánticos del infierno. 
Necesito salir, creer que puedo ganarle, contra todo pronóstico"

Antje 
Escribía desde pequeña. Desde que tenía memoria la pluma Parker -o el Bic- había sido su mejor y más fiel amigo. Había empezado describiendo lo que veía, adornándolo con metáforas, sinestesias e hipérboles. Adoraba las letras. Le fascinaban los fonemas misteriosos que encerraban magia al unirse con otros. Las palabras se enlazaban artesanalmente y de ellas surgía el más bello de los escritos. Sus amigos no comprendían cómo podía pasarse horas encerrada en su habitación, con el diccionario como copiloto y una pila de folios a un lado. Inventaba historias sencillas, con personajes identificados, con nombre y apellido. Les otorgaba características familiares: donde se necesitaban unos ojos frescos tenía los de su vecino de pared, cuando era un cuerpo rechoncho secuestraba partes de muchos y hacía un todo donde cada pieza encajaba como el mejor de los puzzles, engrasaba la máquina con nuevos ingredientes y marchaba a todo vapor. Realizaba auténticas "ensaladas" de autor, poniendo una pizca de ésto y quitando una poca de aquello, añadiendo un pelo de la de la otra calle y un bigote del tío del kiosko del barrio donde vivía. Todas sus historias las guardaba debajo de su cama, dentro de una caja de cartón vieja de unas botas que su madre le había comprado para las mañanas frías de colegio. Su caja era su más preciado tesoro. Solo ella sabía el paradero de sus letras, solo ella sabía que existían.
Cerraba la puerta de su habitación, se zambullía en la cama y sentada sobre la manta Palette verde campo, comenzaba a escribir como posesa cuentos estrambóticos, curiosos, sabios, simiescos y terroríficos. Una vez acabado el relato, se colocaba frente al espejo y lo leía en voz alta, perfeccionando su dicción y enfatizando las frases dramáticas, todo ello a  un público restringido: a ella misma. Mantenía grandes esperanzas en poder editar algún día su colección de cuentos, en poder mostrarle al mundo una partecita pequeña de su imaginación, de su bosque de elfos que rondaban en su cabecita y la empujaban a escribir cuando sus dedos comenzaban a moverse y bailar una danza embrujada cuando éstos se acercaban subrepticiamente a un block de hojas Rivadavia. Las letras eran su compañía, su apoyo y sus amigas. Practicaba caligrafía, buscaba palabras nuevas que rimaran con antiguas, combinaba sílabas y movía oraciones de acá para allá, buscando la perfección universal y la sincronía natural y absoluta de la expresión escrita. 
Ahora, tres décadas después, buscaba las fuerzas que necesitaba en sus amadas olvidadas. No con tanta magia, no con tanta energía pero sí con la esperanza de dar con la solución a esa sensación que le atenazaba el cuello y asfixiaba sus pulmones, provocándole un ardor que devoraba su cuerpo célula a célula. 

"Nuestro gran tormento en la vida proviene de que estamos solos y todos nuestros actos y esfuerzos tienden a huir de esa soledad" Guy de Maupassant.

Y yo agrego... "nacemos solos, crecemos solos y morimos solos, pero nos reproducimos de a dos... y qué bien suena ese dos..."

Capítulo 3: La roca


- Hasta luego, mamá. Mira, me he peinado.- Le dijo una de sus hijas por la mañana antes de irse al colegio acercándose a la cama donde dormitaba después de apenas pegar ojo esa noche. Como pudo, valiéndose de las pocas fuerzas que tenía, dibujó una leve sonrisa en sus labios y les dio un beso a las dos. Sola, estaba sola otra vez en la casa. Cerró los ojos un instante y el sueño conquistó su cuerpo lentamente. 
Despertó media hora después, sintiendo el pecho que se le hundía y respirando entrecortadamente. Un hormigueo persistente que había comenzado en su mano se le extendió rápidamente por el brazo. Se sentó en la cama y observó su habitación: desde el ventanal veía el sol desperezarse al sureste, a las golondrinas que cantaban insistentemente y hacían vuelos rasantes sobre la cornisa del tejado de la casa vecina y a una solitaria paloma que arrullaba quejumbrosamente desde algún lejano árbol que ella no llegaba a divisar desde su cama. Apática, se vistió con un pantalón fino de algodón y una camiseta de esas que uno compra en vacaciones, con inscripciones con soles y palmeras y el lugar visitado -en este caso la camiseta era de Miami Beach-, comprada en su último viaje a EEUU. 
A sus casi cuarenta años, Antje era una mujer que conservaba la piel sin arrugas, relativamente lozana. Siempre había sido delgada, de brazos fuertes, pero un andar cabizbajo era su marca que la diferenciaba con mucho de lo que pretendía ser. Llevaba el cabello teñido de un castaño chocolate por sus numerosos cabellos blancos que de forma temprana habían asomado a sus sienes, herencia ésta seguramente de su padre, que con apenas treinta años ya lucía una cabellera nívea pero sin perder la espesura inherente a la edad. Hacía un par de años se había despojado de todo ornamento: sin pendientes, sin collares ni cadenitas, solo llevaba un reloj de pulsera que le marcaba el paso de las horas, minutos y segundos que habían transcurrido y que le quedaban por vivir. 
Se puso sus zapatillas de deporte y abandonó la casa hacia el campo cercano, donde un viejo sendero se adentraba en las cosechas de trigo ambarino que esperaban pacientemente que el agricultor les cortara el flequillo. Empezó a andar, pausadamente. A medida que avanzaba fue ganando fuerzas y su andar se hizo más ligero, pero a la vez trémulo. Tenía ganas de correr y no parar jamás, de abandonar su mundo asfixiante y hallar un sitio donde no pensar, donde nada doliera y todo brillara, donde los colores fuesen vívidos y los sonidos maravillosos. Un lugar donde poder tocar las nubes y hacer muñecos con ellas, donde pudiese sentirse libre y volar, abrir sus alas gigantescas y sentir las corrientes de aire que la empujasen sobre las cimas de las cordilleras, sobrevolar las sabanas, la muralla china, el vórtice del Pacífico y recién, solo recién cuando estuviese dispuesta a aterrizar, posarse donde quisiese, abrir los ojos y contemplar la naturaleza. 
Siguió andando hasta llegar a un recodo del camino, un lugar conocido tiempo atrás. Se detuvo y miró hacia la izquierda. Desde allí solo se veía más campo, más trigo, un inmenso mar amarillo que se perdía en el horizonte. Bajó la vista y se encontró con aquella roca. Esa roca que esperaba ser descubierta desde hacía ya bastante tiempo. La roca que guardaba un amor truncado, un amor que había recibido un hachazo frontal y que había dejado astillas a su alrededor. Astillas que ella había ido juntando y guardando en una cajita de madera malva. Cada trozo tenía una fecha, un lugar y un sentimiento. Les ponía etiquetas y con una caligrafía cuidada les dotaba de nombre propio. "Siete de abril, campo, pasión";"cinco de mayo, laguna, confianza". Innumerables eran los trozos que contenía su caja, todos bien ordenados, catalogados y celosamente atesorados. Aquella roca, escondida entre los juncos y las jaras, esperaba aún pacientemente a su destinatario. Antje la miró, parpadeó levemente y sintió, sorprendida, que sus ojos aún eran capaces de hacer brotar lágrimas de iris que recorrían su piel y morían en el océano de su boca.
Apesadumbrada y con la tristeza adherida a su epidermis, desanduvo el camino recorrido, llevando esta vez en sus manos una nueva astilla que guardar en su caja: la astilla "quince de junio, sendero, desolación".

Thursday, June 07, 2012

Capítulo 2: Su estrella no parpadea esta noche


Apenas había dormido durante la noche. Las sábanas se le pegaban a la cuerpo como una segunda piel. La brisa nocturna no refrescaba su mente lo suficiente. Al son del tic tac del reloj, se levantó y se dirigió al jardín de su casa, deteniéndose unos instantes en el umbral de las habitaciones de sus hijas para comprobar que sus sueños fuesen placenteros. La casa estaba en silencio, salvo por la letanía del sonido del agua a lo lejos, la cascada del estanque que con su murmullo acariciaba sus ojos todas las noches antes de rendirse a las fuerzas del ciclo circadiano. Aún recordaba las palabras. Las repetía para sí separándolas en sílabas, como cuando a los niños en el colegio se les enseña con las palmas de las manos a reconocer los fonemas. Un, dos, tres... Tres-cien-tos se-sen-ta y cin-co. 
Abrió con cuidado la portezuela que comunicaba al jardín. El aire estaba húmedo. Gotas diminutas descansaban sobre los haces de las hojas. El césped era un manto mágico que fulguraba a la luz de la luna, enseñando sus pupilas infinitas en el vasto océano verde. Las gardenias y las madreselvas competían por expeler la más balsámica de las fragancias. Como ella, las siemprevivas mostraban impertérritas su presente al continuo flujo de vida noctámbulo.
Se acercó a la valla y apoyó sus antebrazos, descargando todo su peso sobre los mismos. Buscó su estrella en el firmamento, aquella que tiempo atrás la acompañaba y le guiñaba sus ojos con cierta complicidad. Aquella estrella que le hablaba, le aconsejaba y la guiaba por los caminos más sabios. La encontró en Tauro y clavó sus ojos en ella, esperando que volviera a refulgir y pestañear, como siempre lo había hecho. Pero esta noche no parpadeaba. Se mantenía impávida en el retal copernicano. Ella deseaba con toda su alma que le hablara, que la abrazara con su brillo y le quitara esa pesadumbre que la asfixiaba, que gangrenaba día a día sus ganas de vivir, que carcomía sus venas milimétricamente mientras el tiempo contaba irremisiblemente el paso de la vida a la muerte. Pero no, ella seguía muda, ni tan siquiera bizqueaba. Solo su presencia lejana delataba su existencia. 
Su desamparo creció hasta magnitudes inconmensurables. Se removió de donde estaba apoyada y se miró las manos. Aquellas manos grandes y fuertes que una vez habían acariciado un destino afable, lleno de colores fulgurantes. Ahora estaban secas, ajadas. La palma izquierda era una llaga. Como un papel de calco, podía observar nítidamente las distintas capas de su epidermis. Se sentía sola. Y realmente lo estaba. 
Bajó los escalones que conducían a la piscina. Con suma lentitud, se despojó del camisón empapado en sudor, se quitó las braguitas y se sumergió en el agua nutricia que la llamaba desde la más insondable de las noches vividas hasta la fecha. El agua estaba fría y oscura. Solo se reflejaba la luna sobre ella, enseñando sus arrugas en el espejo líquido, ahora roto en mil ondas apasionadas. Introdujo la cabeza en el agua hasta la nariz, solo dejando sus ojos por fuera, éstos clavados en la lámina que la separaba del silencio. Pasaron unos minutos y ella seguía en la misma posición, mientras sus pulmones empezaban a arder, a pedirle a gritos silenciosos una bocanada de aire, de vida. Se esforzó por luchar, pero al final sacó la cabeza del agua y el aire comenzó a entrar a borbotones a través de su nariz, refrescando sus pulmones y calmando el fuego interno que había experimentado durante esos interminables minutos. Estaba aterrada. La muerte la había agarrado con sus uñas afiladas y le mordía el cuello, pero ella se había soltado antes de sucumbir a la tentación del sosiego eterno. No muy convencida, se dirigió desnuda hacia su habitación y se metió en la cama, mientras un mar salado amenazaba con humedecer aún más las sábanas ya acuosas y resbaladizas de su lecho.

Wednesday, June 06, 2012

Capítulo 1: La vida es dolor

Cerré los ojos. Unas ganas inevitables de vomitar me sacudieron el estómago. Un sudor frío me recorrió el cuerpo entero, desde el pecho irradiaba hacia las extremidades, componiendo un paso de baile de suma coordinación. Me senté. Mientras el médico llamaba a las enfermeras para que me tomasen la tensión, mi vista se nubló y abracé el suelo como al mejor de los amantes. 
- Te queda un año de vida.- Breve y seguro me escupió el especialista. 
- Si probamos con la quimio tal vez podamos estirarlo un poco más, tal vez año y medio.- Continuó.
Yo no sabía dónde estaba, la consulta se me hacía inmensa, yo empequeñecía, todo giraba. Dejé de ser yo para ser un testigo de la escena. No me reconocía en ese lugar. Mi cuerpo estaba presente, pero mis cinco sentidos me abandonaron. Los vi alejarse lentamente; por debajo de la puerta, por la ventana entreabierta donde se colaba una leve brisa de primeros de verano, por el techo y por cada partícula de polvo que vi flotar con la luz del sol de fondo que iluminaba la estancia. 
La vida es dolor. Lo sé. Para conocer el dolor debemos antes conocer el placer así como para saborear la felicidad tenemos que irremediablemente habernos zambullido en la peor de las tristezas. El dolor es mío. El placer se ha ido.
Me planteo qué hacer. De pronto siento que necesito un calendario, un almanaque para contar los días que me quedan. "Los días que me quedan", como si fuese el nombre de un tango... me digo. Pero, realmente quiero pasar los días hasta que me muera sufriendo aún más. No lo sé. Quiero vivir lo aún no vivido. Quiero que no se convierta el tiempo en un devenir surrealista. No quiero dar pena. Cuando esa palabra asoma, ya todo lo que suena es una cantinela con la misma estrofa que se repite una y otra vez. No quiero escuchar ni tararear esa canción. Quiero deslizarme como una hoja de otoño, que cae del árbol aún despierto y se balancea suavemente hasta alcanzar algún montón de hojas secas de algún rincón. Quiero mecerme a mi misma y quedarme dormida. Quiero sentir el sopor instalarse en mis ojos y que se apodere de todos mis recodos, de todas mis venas y de mi cerebro. Quiero dormirme con la voz de mis hijas, con la risa de sus labios y la fuerza de sus palabras. 
Sé que estaré sola. No hay nada más. No creo en la luz al final del sendero, ni en ángeles ni en demonios. Quiero ser libre y volar, que mis átomos surquen como aves el cielo y bailen con el viento el último compás. Que los truenos y la lluvia empapen mi mente, que me deje muda el aire y ciega el sol. 
- Despierta.- Me dice mi hija. -Ya es hora. 
Pasa su mano por mi pelo y me retira una espiga de trigo olvidada en la maraña de cabellos que es mi cabeza. 
- Estoy contigo, estamos contigo, mamá.- 
Abro los ojos. Observo dónde me encuentro. Todo es blanco, refulgente. ¿Ya he llegado?
- No, mamá. Estás en casa, estás con nosotras. Te cuidaremos.- Me dicen a la par, con ojos dulces y lágrimas contenidas en su alma.
Miro el cielo, el sendero. Miro al sur y pienso. Una tristeza húmeda muere en mis labios. Sal. La vida, como la sal, la he tomado en pequeñas dosis. Ansío un abrazo, un bote de azúcar que llevarme a los labios, quedarme extasiada mirando un amanecer, sentir en mi piel la lluvia de verano. Sin dolor, sin lamentos. Ya no.
Antje

Tuesday, June 05, 2012

Mi primer haiku

El sol en el cielo,
mis manos inquietas
delicados pensamientos dejan.


Una camino, un cielo
límites lo son
¿a ojos de quién?

El ritual

Acabado "El mejor lugar del mundo es aquí mismo", anoche empecé "El ritual", de Adam Nevill. Me apetecía ahondar en los terrenos de los terrores primordiales. Tarde de lectura y piscina.

Gustav

La oruga del camino
Mahler, sinfonía Nº 2. Una obra maestra del gran maestro. Fuego lento, aroma a chocolate con leche, mantequilla y huevos mezclados con cuchara de madera muy suavemente. Átomos que se fusionan, sabores que adquieren nueva conciencia al formar nuevas uniones mágicas. Penar, pensar: solo una letra las diferencia... ¿o las relaciona? Nubes que dejan su rastro en un cielo límpido, vírgen. Los acordes suenan, los violines, el piano... mi mente fluye y se deshace bajo la magia embrujante de la música de Gustav.  Y con Gustav, estoy empezando a soñar. Sueño mientras ando por el campo, cuando miro la inmensa biodiversidad de las cosas más pequeñas que se hallan en las lindes del camino, cuando la oruga sale a mi paso todas las mañanas y me saluda, ayudándome a llegar a la cima, dando un paso tras otro, sin pensar en lo que me falta pero abrigando la distancia alcanzada. Sueños.
Caminar es avanzar sin prisas, sin pausas y sin descanso. La vida es una caminata sin destino y sin meta, pero con grandes obstáculos que debemos superar. Es la miel que se nos antoja alcanzable, pero a cada paso que damos la sentimos más lejana. Mi miel está en la cima, a la que nunca llegaré. 
¡Oh, Gustav! Cuánta pasión has dejado en tus partituras. Solo el presente está presente en el presente. Los pensamientos pertenecen al pasado o al futuro. Solo existe en el presente el amor imperturbable, el primer beso que parece eterno, sus manos en las de ella. El reloj se detiene. El presente continúa, en el ayer. Y mi camino es el día, las noches de insomnio; cuando me quedo horas mirando las estrellas en la bóveda celeste, cuando busco mi nombre en ellas, cuando intento reflejarme en la inmensidad de la noche, cuando recuerdo mi pasado y dibujo mi futuro. Cuando soñaba con ser felíz, y lo era. Caminar es dejar atrás el pasado y esbozar el futuro. Implacable, periódico e indefenso.
Mis pasos



Cielo

El trigo al sol


Sunday, June 03, 2012

¿Aquí o allí?

Verdaderamente deliciosas. Las amigas de mis hijas siempre me piden que haga cookies cuando vienen a casa a darse un baño en la piscina. Tumbadas en el césped, bebiéndose un vaso de leche y hurgando en el tarro de galletas a ver quién coge la más grande. Mientras, mamá -con el rabillo del ojo- cuida a la prole a la vez que lee un nuevo libro. Esta mañana he comenzado con uno de Francesc Miralles: "El mejor lugar del mundo es aquí mismo". En cuanto vi el nombre del libro en mi página web de referencia de donde descargo los libros que leo, me llamó la atención. Magia. Con apenas unas páginas leídas he rescatado una frase que me trae muchos recuerdos a flote: "No te apenes porque ha acabado. Sonríe porque ha ocurrido". Y cuánta verdad encierra esta frase. Nos anclamos en la pena cuando algo mágico acaba, cuando el barco llega a puerto e irremediablemente tenemos que desembarcar de esas "vacaciones" de ensueño y volver a la rutina, a la desazón de enfrentarnos muchas veces con una vida que no nos gusta o simplemente no queremos vivirla -por lo menos no de la manera que se nos presenta-. A veces no podemos enterrar el pasado porque no lo vemos, pero está presente en cada objeto que vemos o sitio que visitamos. ¡Levad las anclas, cortad los amarres y zarpad! Una capitana debería saber dar estas órdenes a su tripulación -claro está- siempre y cuando sepa dónde está el ancla y tenga una tripulación a quien soltar las directivas. De momento, buscaré mi pasado, sin olvidar que el futuro lo hacemos con las huellas del pasado dejadas en el presente. 

Cookies de chocolate

¿Qué mejor que un domingo de verano para preparar una deliciosas galletas de mantequilla con chocolate 70% y chunks de chocolate blanco? Pues a eso me pondré manos a la obra hoy.
Si existe un recuerdo de mi niñez en Buenos Aires que destaque sobre los demás -en cuanto a recuerdos gastronómicos, claro está- son las tardes tórridas de enero; con las chicharras cantando sin parar, las ranas croando, el "palito bombón heladoooo" del heladero pasando en bicicleta por la puerta de casa y por supuesto los vasos gigantes de leche super fría La Serenísima acompañados con un par de alfajores Bagley o Suchard -Terrabusis o Havanna también se admitían-. Esa sensación de placer -únicamente alcanzada en su plenitud a los treinta y siete años nuevamente pero esta vez con su "sucédaneo sexual"- es indescriptible. Cualquier chocoholic sabrá entenderme cuando me refiero a ese deseo inconmensurable de abrazar las partículas del Theobroma con la lengua, secuestrarlos unos instantes para luego experimentar fuegos artificiales de placer sibarita en nuestro paladar.
El aroma a chocolate fundido cuando se mezcla suavemente con la mantequilla, el azúcar y los chunks puede convertir un día aciago en simplemente un día maravilloso.


Ingredientes:
  • 285 gramos de chocolate puro 70%.
  • 110 gramos de mantequilla blanda.
  • 200 gramos azúcar moreno
  • 100 gramos azúcar blanco
  • 4 huevos XL
  • 290 gramos harina
  • 1 cucharadita de levadura en polvo
  • 1 cucharadita bicarbonato sódico
  • media cucharadita de sal
  • café Espresso (opcional)

Batir los azúcares y la mantequilla a velocidad media hasta que queden homogéneos. 
 

Bajar la velocidad al mínimo y agregar los huevos y la vainilla.


Derretir el chocolate en el microondas.


En un bowl, combinar la harina, la levadura y el café (opcional).


Cernir los tres ingredientes secos.


Agregar la mitad de la harina en la mezcla de mantequilla y huevos.


Agregar la mitad del chocolate derretido y mezclar. (Repetir con el remanente).


Mmmmm... rico.


Agregar los trozos de chocolate blanco y unir con cuchara metálica. Hornear en bandejas de horno con papel antiadherente durante 10 minutos a 180 º.



Acompañarlas con una taza de leche fría y a disfrutar.