"Todo esto es surrealista. Siento que no pertenezco a mi cuerpo, que me he desprendido de él el día que me dijeron que tenía cáncer. Veo las horas pasar desde otro ángulo, éste; distorsionado, borroso. El dolor que siento me acribilla y me deja inconsciente. Pero insiste, se aposenta en primera fila y arremete una tras otra, sin descanso. Con denuedo trato de no sentir, de no vivir esta constante cuenta atrás que empezó a correr hace pocos días.
Mis hijas no saben, pero intuyen. Me ven cansada, ojerosa, sin apenas fuerza ni ganas de levantarme. ¿Qué debo hacer? No quiero morir, no quiero sufrir, pero tampoco quiero este constante recuerdo que me perfora las sienes y me aturulla con su cánticos del infierno.
Necesito salir, creer que puedo ganarle, contra todo pronóstico"
Antje
Escribía desde pequeña. Desde que tenía memoria la pluma Parker -o el Bic- había sido su mejor y más fiel amigo. Había empezado describiendo lo que veía, adornándolo con metáforas, sinestesias e hipérboles. Adoraba las letras. Le fascinaban los fonemas misteriosos que encerraban magia al unirse con otros. Las palabras se enlazaban artesanalmente y de ellas surgía el más bello de los escritos. Sus amigos no comprendían cómo podía pasarse horas encerrada en su habitación, con el diccionario como copiloto y una pila de folios a un lado. Inventaba historias sencillas, con personajes identificados, con nombre y apellido. Les otorgaba características familiares: donde se necesitaban unos ojos frescos tenía los de su vecino de pared, cuando era un cuerpo rechoncho secuestraba partes de muchos y hacía un todo donde cada pieza encajaba como el mejor de los puzzles, engrasaba la máquina con nuevos ingredientes y marchaba a todo vapor. Realizaba auténticas "ensaladas" de autor, poniendo una pizca de ésto y quitando una poca de aquello, añadiendo un pelo de la de la otra calle y un bigote del tío del kiosko del barrio donde vivía. Todas sus historias las guardaba debajo de su cama, dentro de una caja de cartón vieja de unas botas que su madre le había comprado para las mañanas frías de colegio. Su caja era su más preciado tesoro. Solo ella sabía el paradero de sus letras, solo ella sabía que existían.
Cerraba la puerta de su habitación, se zambullía en la cama y sentada sobre la manta Palette verde campo, comenzaba a escribir como posesa cuentos estrambóticos, curiosos, sabios, simiescos y terroríficos. Una vez acabado el relato, se colocaba frente al espejo y lo leía en voz alta, perfeccionando su dicción y enfatizando las frases dramáticas, todo ello a un público restringido: a ella misma. Mantenía grandes esperanzas en poder editar algún día su colección de cuentos, en poder mostrarle al mundo una partecita pequeña de su imaginación, de su bosque de elfos que rondaban en su cabecita y la empujaban a escribir cuando sus dedos comenzaban a moverse y bailar una danza embrujada cuando éstos se acercaban subrepticiamente a un block de hojas Rivadavia. Las letras eran su compañía, su apoyo y sus amigas. Practicaba caligrafía, buscaba palabras nuevas que rimaran con antiguas, combinaba sílabas y movía oraciones de acá para allá, buscando la perfección universal y la sincronía natural y absoluta de la expresión escrita.
Ahora, tres décadas después, buscaba las fuerzas que necesitaba en sus amadas olvidadas. No con tanta magia, no con tanta energía pero sí con la esperanza de dar con la solución a esa sensación que le atenazaba el cuello y asfixiaba sus pulmones, provocándole un ardor que devoraba su cuerpo célula a célula.

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