Sunday, June 24, 2012

Capítulo 7: Conjugación del verbo amar

A veces sus miradas se cruzaban. Ella no le atribuía ningún otro interés más que la cordialidad que entraña y exige ser buenos vecinos. A veces, sus pupilas se clavaban en las de ella y se quedaban ancladas en la atemporalidad del tiempo, hasta que, pasados unos instantes, ella bajaba la mirada y él se sumía en el desasosiego. Otras veces eran inócuas palabras las que llegaban a sus oídos. Comentarios intrascendentes -para ella, claro-, conversaciones banales o saludos a distancia. A todo intento de Kurt por acercarse, Antje no hacía otra cosa que evitarle, pero no conciente ni específicamente a él, si no que ignoraba a todos los que se encontraban a su alrededor. Era su forma innata de protección: el alejamiento. 
Sonaba el despertador a las ocho de la mañana y comenzaba la rutina. Despertaba a sus hijas con un beso, las ayudaba a vestirse, les preparaba el desayuno y las acompañaba al colegio. Pocas eran las veces que llegaba hasta la puerta del centro, ya que prefería quedarse a una prudencial "distancia de seguridad" donde pudiera verlas llegar hasta la misma entrada mientras ella vigilaba desde la esquina. Era esquiva. Siempre lo había sido. Antje siempre se había considerado un poco "antisocial". Su visión del mundo y de las relaciones distaba mucho de la ortodoxia general que se consideraba "normal". Era una persona afable y bondadosa -incluso se sorprendía gratamente cuando al conocer a alguien opinaban de ella que era simpática- pero su perenne expresión adusta que transmitía contradecía su interior inquieto y ansioso. Bien por timidez, bien por cierto grado de desconexión social, prefería muchas veces la soledad a la compañía. Era una eremita. Simplemente se sentía más cómoda así. Como intuyendo el peligro, se refugiaba y protegía del mundo adoptando una actitud de lejanía intencionada, de soledad autoimpuesta.
Las veces que sus hijas insistían, las acompañaba hasta la puerta del colegio, donde la mayoría de las veces estaba él, ansiando entablar una conversación que se presentaba más que imposible ante la huidiza Antje. Cuando no se marchaba de puntillas en cuanto las dejaba, era otra madre que la pillaba desprevenida para comenzar el ritual carnicero de despellejar a un tercero que por supuesto, no estaba presente. Ella se quedaba escuchando, asintiendo con un leve movimiento de cabeza las afirmaciones de la "licenciada" de turno y, en cuanto veía la oportunidad, giraba con sus talones y se marchaba de la escena del crimen rauda hacia su casa. 
Un día coincidieron solos, y sin saber muy bien cómo ni porqué, Antje se decidió a prestarle atención. Al cabo de unos minutos, se quedó sorprendida ante la locuacidad de sus palabras, tan hurañas como ella, que habían comenzado a brotar de sus labios con la facilidad y la naturalidad con la que la lluvia pasajera empapa la tierra sedienta del verano.
Y descubrió sus ojos. Habían estado siempre allí, pero ella no los había visto. Le había mirado mil veces a la cara, pero ésta era la primera vez que se reflejaba en su brillo. El brillo extraordinariamente inusual de sus ojos castaños comenzaron a iluminar su oscuridad, a guiar su camino y a encender sus noches lóbregas. El mundo; otrora gris e insípido, de pronto se convirtió en una fuente de hidromiel dulce y abundante. Y Kurt; como Bolverk y el gigante Baugi, lentamente empezó a deslizarse por las rendijas de la montaña que sepultaba a Antje, cuya cima, inexorablemente, había empezado ya a resquebrajarse.
Sabía cuál era la situación. Él, un hombre casado y padre de familia. Ella, separada y madre también. Una reticencia natural luchaba por imponer la razón al corazón. Al acostarse se repetía una y otra vez que no lo volvería a ver, que aquello no podía suceder. Aferrándose a la razón con la fuerza de un delgado hilo de seda, Antje fue sucumbiendo al dulce dolor de la extrañeza, a la ingravidez de los sentimientos y a la exageración de los sentidos.
Se encontraban a diario. Aquí y allá, paseaban y hablaban de sus vidas. De la soledad y el dolor de uno, de la tristeza y anarquía social de la otra. Buscaban respuestas a preguntas invisibles. Describían razones a sordos corazones. Compartían momentos de intimidad únicos que solo ellos entendían. Las nubes de primavera -que arropaban y cuidaban su incipiente relación- dibujaban un futuro irreal en el cielo, pero a la vez tan verdadero como el sentimiento  que les unía cada vez más.
Comenzaron a creer, a ansiar, a amar. A buscarse los labios en la soledad de las noches, mientras la gente dormía. A fundir sus cuerpos en la calidez de las mañanas, mientras la ciudad se despertaba. Sintiéndose cómplices de un engaño que no podía durar en el tiempo. Sabiendo que aquello que sabía maravillosamente bien en sus labios sabría amargo en los de él cuando de su boca tuviera que salir la inevitable verdad a su mujer. Se amaban, se deseaban.
Un día, mientras caminaban por un sendero solo iluminado por la luna llena, Antje se sintió de pronto ligera. El miedo, la tristeza y la soledad que habían compartido asiento con ella durante casi toda su vida ya no estaban allí. Se habían apeado de ese viaje. Habían seguido el camino solos, olvidando a su compañera de periplo. Y se sintió felíz. Irradiaba alegría, candor, felicidad. Sus ojos centelleaban cuando sus pupilas se encontraban inesperadamente con las de él, cuando sus dedos se deslizaban subrepticiamente cual polizones sobre las manos de Antje en encuentros ahora no tan ocasionales rodeados de gente. Y Kurt refulgía al verla. Chispas multicolores envolvían un cuerpo tallado a cincel. Un velo de misticismo le envolvía y sujetaba sus palabras.
Él la amaba. Ella lo sabía. Se lo había dicho un día al pasar, como queriendo disimular y ocultar de las miradas ajenas lo que sentía, pero cada fibra de su musculoso cuerpo sucumbía a la verdad y se estremecía cada vez que le decía lo mucho que la amaba. Y ella le amaba también, aunque se esforzaba por retener esas dos palabras, como temiendo que si las decía el hechizo se rompería, la noche se haría día y la realidad, un mero sueño. Le amaba, pero tenía miedo de aceptar lo que sentía. Aceptar sus sentimientos implicaba aceptarse ella misma, y en ese campo ella siempre había jugado en desventaja. Era suplente de su propia vida. Miraba sus días pasar desde el banquillo, esperando que tal vez un día tuviera que entrar al campo y empezar a jugar de verdad, a abrirse paso dando codazos y patadas para de una vez por todas, rebasar a ese pasado que la había apartado del control de su vida convirtiéndola en una simple espectadora. Ese pasado solo conocido ahora por Kurt, quien le había enseñado -mediante su paciencia, sus palabras de comprensión y afecto- a dejarlo atrás, a enterrarlo bajo siete sellos a diez metros bajo tierra.
Ese pasado ya no estaba. Había abandonado su condición para convertirse en el presente que ella había elegido vivir, un presente que conjugaba solo dos personas: "tú" y "yo" y que le había enseñado a pronunciar, sin miedo a equivocarse, esas dos palabras: te amo.

1 comment:

Michael said...

You write beatifully. Is there any paralelism between you and your novel? As far as I know you, you´re as delicate as your main character is.