Friday, June 08, 2012

Capítulo 3: La roca


- Hasta luego, mamá. Mira, me he peinado.- Le dijo una de sus hijas por la mañana antes de irse al colegio acercándose a la cama donde dormitaba después de apenas pegar ojo esa noche. Como pudo, valiéndose de las pocas fuerzas que tenía, dibujó una leve sonrisa en sus labios y les dio un beso a las dos. Sola, estaba sola otra vez en la casa. Cerró los ojos un instante y el sueño conquistó su cuerpo lentamente. 
Despertó media hora después, sintiendo el pecho que se le hundía y respirando entrecortadamente. Un hormigueo persistente que había comenzado en su mano se le extendió rápidamente por el brazo. Se sentó en la cama y observó su habitación: desde el ventanal veía el sol desperezarse al sureste, a las golondrinas que cantaban insistentemente y hacían vuelos rasantes sobre la cornisa del tejado de la casa vecina y a una solitaria paloma que arrullaba quejumbrosamente desde algún lejano árbol que ella no llegaba a divisar desde su cama. Apática, se vistió con un pantalón fino de algodón y una camiseta de esas que uno compra en vacaciones, con inscripciones con soles y palmeras y el lugar visitado -en este caso la camiseta era de Miami Beach-, comprada en su último viaje a EEUU. 
A sus casi cuarenta años, Antje era una mujer que conservaba la piel sin arrugas, relativamente lozana. Siempre había sido delgada, de brazos fuertes, pero un andar cabizbajo era su marca que la diferenciaba con mucho de lo que pretendía ser. Llevaba el cabello teñido de un castaño chocolate por sus numerosos cabellos blancos que de forma temprana habían asomado a sus sienes, herencia ésta seguramente de su padre, que con apenas treinta años ya lucía una cabellera nívea pero sin perder la espesura inherente a la edad. Hacía un par de años se había despojado de todo ornamento: sin pendientes, sin collares ni cadenitas, solo llevaba un reloj de pulsera que le marcaba el paso de las horas, minutos y segundos que habían transcurrido y que le quedaban por vivir. 
Se puso sus zapatillas de deporte y abandonó la casa hacia el campo cercano, donde un viejo sendero se adentraba en las cosechas de trigo ambarino que esperaban pacientemente que el agricultor les cortara el flequillo. Empezó a andar, pausadamente. A medida que avanzaba fue ganando fuerzas y su andar se hizo más ligero, pero a la vez trémulo. Tenía ganas de correr y no parar jamás, de abandonar su mundo asfixiante y hallar un sitio donde no pensar, donde nada doliera y todo brillara, donde los colores fuesen vívidos y los sonidos maravillosos. Un lugar donde poder tocar las nubes y hacer muñecos con ellas, donde pudiese sentirse libre y volar, abrir sus alas gigantescas y sentir las corrientes de aire que la empujasen sobre las cimas de las cordilleras, sobrevolar las sabanas, la muralla china, el vórtice del Pacífico y recién, solo recién cuando estuviese dispuesta a aterrizar, posarse donde quisiese, abrir los ojos y contemplar la naturaleza. 
Siguió andando hasta llegar a un recodo del camino, un lugar conocido tiempo atrás. Se detuvo y miró hacia la izquierda. Desde allí solo se veía más campo, más trigo, un inmenso mar amarillo que se perdía en el horizonte. Bajó la vista y se encontró con aquella roca. Esa roca que esperaba ser descubierta desde hacía ya bastante tiempo. La roca que guardaba un amor truncado, un amor que había recibido un hachazo frontal y que había dejado astillas a su alrededor. Astillas que ella había ido juntando y guardando en una cajita de madera malva. Cada trozo tenía una fecha, un lugar y un sentimiento. Les ponía etiquetas y con una caligrafía cuidada les dotaba de nombre propio. "Siete de abril, campo, pasión";"cinco de mayo, laguna, confianza". Innumerables eran los trozos que contenía su caja, todos bien ordenados, catalogados y celosamente atesorados. Aquella roca, escondida entre los juncos y las jaras, esperaba aún pacientemente a su destinatario. Antje la miró, parpadeó levemente y sintió, sorprendida, que sus ojos aún eran capaces de hacer brotar lágrimas de iris que recorrían su piel y morían en el océano de su boca.
Apesadumbrada y con la tristeza adherida a su epidermis, desanduvo el camino recorrido, llevando esta vez en sus manos una nueva astilla que guardar en su caja: la astilla "quince de junio, sendero, desolación".

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