Tuesday, July 31, 2012

Capítulo 10: El peso del dolor

La cafetería recibió a Michael y Antje con el sabor de la sinfonía número dos "Urlicht" de Mahler mezclado con el aroma del café recién hecho. Michael condujo a Antje a una mesa apartada, junto al cristal del escaparate.
—¿Y bien...? ¿Está mejor? —preguntó él mientras la miraba a los ojos.
—Si... es sólo que... Sí, estoy bien —dijo, acomodándose nuevamente en la silla de madera mientras ésta crujía instándola a continuar.
—Yo... estoy...—carraspeó—. Estoy mejor. Le agradezco su amabilidad. Cuando salí de la farmacia se me empezó a nublar la vista y mis piernas me fallaron. Debe haber sido un bajón de tensión, suele pasarme... aunque...—dejó la frase sin acabar, percatándose de la curiosidad creciente mezclada de un poco de preocupación que denotaba el rostro de su acompañante.
—¿Si? ¿Decía?—la instó.
Y Antje sintió cómo sus manos comenzaron a temblar sobre el mantel, su cuerpo se volvía pequeño y el desamparo iba ocupando poco a poco posiciones —antes fuertes— de su cuerpo ahora debilitado. Sintiéndose explotar, como las teteras cuando empiezan a chillar avisándonos que el agua hierve y liberando la presión, sus ojos hicieron lo mismo y de ellos asomaron lágrimas contenidas desde hacía tiempo, presas en la torre del dolor de la más alta montaña.
Extrañamente para ella, no hizo ningún gesto por ocultar su pesar. Sus ojos ahora húmedos reflejaban el rostro de Michael, serio; pero a la vez tierno, preocupado; y fuerte a la vez.
—Discúlpeme que no le ofrezca pañuelos, no suelo llevarlos cuando llevo puesto el chandal. Tome, éstas servilletas de papel servirán —dijo, ofreciéndole algunas que había retirado del servilletero automático que había en la mesa.
Pasados unos instantes de ligera incomodidad, Antje empezó a sentir unos deseos irrefrenables de hablar. De contarle a ese extraño el porqué de sus lágrimas, el final de su frase inconclusa, la razón de su angustia repentina.
—¿Quiere contarme qué le ocurre? Desde que la vi en la farmacia supe que algo no iba bien. Vi en sus maravillosos ojos el asomo de algo intangible a los míos que no cuadraba con la imagen que me hice de usted. Discúlpeme si estoy siendo un tanto entrometido, entiendo si no desea contarme, pero creo que tiene una necesidad imperiosa de hablar y no hay nada mejor para el alma que despegarse de lo que nos aflige, de retirar capa a capa los estratos que cubren la historia de nuestros corazones y así ser capaces de catalogar el conocimiento de nuestros recovecos —declaró, cogiéndole fuertemente sus manos entre las de él.
Tras unos segundos de vacilación que se prendieron en el tiempo como un alfiler a la mejor de las sedas salvajes, Antje comenzó a contarle —era un susurro apenas audible— lo que le había dicho el médico y las pocas esperanzas que le había dado.
Michael escuchaba atentamente, sin casi interrumpir la letra de la melodía triste que le susurraba la mujer que se encontraba frente a él. Comprendió que la soledad que la embargaba era conocida, que sus palabras no le sabían extrañas y que aquellos labios que luchaban por decir lo que el alma guardaba recelosa formaban con el azul de sus ojos un cielo abierto e infinito que quería explorar, retirar estrato a estrato la tierra maligna y confusa y descubrir la belleza que se encontraba sepultada entre tantas historias antiguas, dolor censurado y amor desperdiciado. Se sorprendió pensando que la amaba desde ese preciso instante, desde aquel momento en el que ella había confiado en él al contarle que se moría, que el cáncer de ovario que le habían detectado tenía pocas chances de remitir, aunque ella no negaba las posibilidades de ganarle. Mientras el dolor y la angustia salían de sus labios abrazados a letras que formaban fonemas maravillosos, él no apartaba sus ojos de los de ella, sus manos se hicieron aún más grandes y el mundo alrededor desapareció. De pronto Mahler dejó de escucharse, el bullicio de las máquinas de la cafetería se amortiguó entre las nubes de instrumentos musicales que pendían del techo y la gente que conversaba y tomaba porciones de tarta de chocolate se convirtieron en estatuas de piedra inertes y ajenas a la escena única que se desarrollaba en aquella mesa solitaria bañada por el sol del mediodía.
Cuando las palabras de Antje llegaron al final del sendero, Antje ya no lloraba. Sin darse cuenta había dejado de lagrimear y ahora se encontraba ante un extraño, al cual le había contado el porqué de su angustia sin sentir siquiera un gramo de vergüenza o culpa, temor o desazón. Un atisbo de alegría —podría así llamarse— comenzó a brotar desde sus pulmones, los cuales empezaron a llenarse de oxígeno fresco exento de ansiedad.
Se miraron. Mientras, el mundo seguía girando, excepto para ellos. Antje comenzó a sonreir, mientras él dibujaba una sonrisa tierna que llenaba todo su vacío con la fuerza de sus manos. Michael no quiso que ese momento pereciera. Quiso atraparlo para siempre entre sus recuerdos y enterrarlo bajo diez metros de arena. Antje se sentía liviana. Un enorme peso que le ahogaba había sido retirado de su pecho, sus palabras habían liberado al monstruo que le aterraba y éste ya se encontraba lejos de ella, lejos de allí. Se vio sorprendida de sentirse levemente felíz de haber conocido a aquel hombre que seguía cogiendo sus manos con una delicadeza extrema pero con una energía descomunal en sus ojos.

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