Wednesday, September 19, 2012

Capítulo 15: Don´t think and drive V 2.0

A la mañana siguiente Mariel estaba arrepentida, pero era solo eun arrepentimiento parcial. Se decía una y mil veces que no debería haber aceptado ver a Cedric. Al fin y al cabo...¿Qué tenía que decirle él que ella ya no supiera?, se preguntaba una y otra vez mientras llenaba su bolso de fotografía con filtros, tapas, flashes y demás. 
Había quedado la tarde anterior con su jefe a las diez de la mañana en el centro de artes escénicas de la ciudad. El tema principal de la tirada era la delicadeza. Las altas y espigadas modelos enseñarían la última colección de Thierry Mugler para la próxima temporada otoño-invierno en medio de una escenografía de ballet, con el El lago del los cisnes como tema inspiracional. La muerte del verano se colaría solapadamente en el contexto de la muerte del ave, y el resurgir del alma traería aparejado el nacimiento de los colores ocres, morados, anaranjados y marrones. Ese año la paleta de colores otoñales eran los colores de la naturaleza. Los colores del final de una temporada, los tonos del frío y de la lluvia fina de otoño, aquella que moja sin llegar a empapar, bajo la misma nube, los corazones de los que se aman y evitan fervientemente el encuentro por temor a conocer las profundidades de sus cavidades cardíacas. 
Mariel era un motor al ralentí. Por más que intentaba concentrarse en coger el material que iba a necesitar aquella mañana, no hacía más que retrasarse equivocándose una y otra vez al coger su equipo. Tras varios intentos fallidos, al final se decidió —tras comprobar que era incapaz de pensar con lógica— por meter todo lo más ordenado posible y salir al vuelo a la sesión en el centro. 
Mientras bajaba en el ascensor se imaginaba las palabras que podría decirle cuando él le confirmara que estaba casado —"vaya olvido, capullito", era una— y se lo había ocultado. «Cerdo egoísta, mentiroso, manipulador, mequetrefe, maldito bastardo...» ¿se dejaba alguna en el tintero de su repertorio de insultos? 
La planta menos uno, la del parking, la sorprendió mientras repasaba la retahíla de improperios que le soltaría cuando le tuviera frente a frente.  Se montó en su Mini, se abrochó el cinturón de seguridad y salió del garage—comprobando que llevaba un retraso de al menos media hora— haciendo chirriar los neumáticos en el asfalto.
Mientras conducía por la autopista que la llevaba al centro se acordó que debía comprar el billete de avión para París, ya que había respondido, luego del paupérrimo ok,  un oui a la pregunta de él si podía ser ella la que se desplazara hasta la cité de l´amour el viernes. 
—¡Pero cómo pude ser tan floja! —se dijo para sí, mientras cogía el volante con más fuerza de la habitual, como descargando toda su ira en aquel círculo de cuero.
—Encima de que es él el que me viene con mentiras de adolescente voy y le digo que sí...
No había acabado la frase cuando un cuatro por cuatro la adelantó muy cerrado y ella, tratando de esquivar al coche, giró el volante de su Mini. Craso error. Inmediatamente sintió que su cabeza comenzaba a girar como un plátano en una batidora. El Mini empezó a dar vueltas de campana... una, dos, tres, cuatro... sacudiendo violentamente todo su cuerpo contra la carrocería que segundo a segundo iba quedando compactada como una manzana arrojada desde un vigésimo piso. Cuando después de unos instantes interminables el coche quedó de lado encajado en la cuneta de la autopista, Mariel solo pudo atinar a abrir un ojo. Una fuente de algo líquido y caliente, con un leve olor a hierro le empapaba toda la cabeza. Sentía un dolor terrible y constante sobre su pierna izquierda. Se palpó el pecho y, comprobando que aún tenía puesto el cinturón de seguridad pensó, en medio de ese infierno que empeoraba por segundos y con un retorcido sentido del humor, que «al menos era verdad lo que decían sobre el uso del cinturón, aquello de que no tendrían que recoger sus partes esparcidas por la autopista».
Al momento escuchó la voz de un hombre que le decía que aguantara, que estaba llamando al servicio de emergencias y pronto la sacarían del coche, de ese amasijo de hierros retorcidos en el cual había quedado convertido su precioso Mini. Mariel tenía un fuerte dolor de cabeza. Todo el cuerpo le dolía, pero especialmente su cabeza. Tras unos instantes de leve conciencia, la luz fue disminuyendo a su alrededor y comenzó a sentir una extraña pesadez en sus párpados, demasiado como para mantenerlos abiertos mucho más tiempo. Unas náuseas horribles sacudieron su fugaz letargia y provocaron que el desayuno acabara catapultado sobre el cristal de la puerta del conductor. Luego, el silencio y la negrura se apoderaron de ella mientras una voz, cada vez más lejana y sutil, le decía que los bomberos ya habían llegado.

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