Hay días que todo sale bien, y otros, simplemente, sale todo mal. Hoy no es ni uno ni otro, solamente transcurre.
Hay días que uno se replantea cosas, situaciones, maneras de pensar... Otros días, en cambio, pareciera que patinamos sobre ellos sin apenas posar nuestros pies sobre la superficie resbalosa de los minutos.
Hay días que dan ganas de gritar, salir corriendo sin rumbo, llenar de flores los armarios para que al abrirlos su fragancia nos embriague agradablemente. Hay otros que ansiamos levantarnos de la cama para dejarnos caer nuevamente en el sofá y dejarnos abducir por la televisión o zambullirnos en un libro mediocre del cual no entendemos la trama porque ese día nuestro intelecto está de huelga de neuronas caídas.
Hay días que saldría a correr hasta cansarme y caer de extenuación, pero con la sensación de haber dado un paso más hacia el confuso final. Hay otros que dar un paso nos cuesta un dolor inmenso y el cuerpo nos dice con sus lamentos que prefiere la horizontalidad del pensamiento.
Hay días, como hoy, que me arrepiento de cosas que hice en el pasado pero que seguramente la confusión me hace pensar que estaba equivocada y no debería arrepentirme. Hay días, como hoy, que el pasado me arrastra hacia el futuro y condena mis pasos al tiempo muerto. Hay días, como hoy, que las letras se deslizan entre mis dedos con una fluidez asombrosa y dejan tras sus pasos un camino plagado de conciencias y virtudes.
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