Hoy terminé de leer un libro. Cuando acabé, me sentí extrañamente absorbida por él. En cierta medida me sentía protagonista del libro: de lo que leía, de lo que sentía y decía.
También he de decir que cierto lado primitivo se despertó en mi, el lado básico, el ello de toda mujer, las ganas de explorar, de conocer los recovecos de mi conciencia y los deseos reprimidos de toda una vida. Sonará tal vez un poco descabellado, extemporáneo, pero sentí —y siento— que la vida se me escapa y que no la he vivido —ni lo hago— como yo quisiera.
Nunca me ha venido fácil, a decir verdad. Ésta se me ha presentado bastante irregular y regular, siendo literal en mis palabras, pero siempre, por un motivo u otro, he salido adelante yo solita.
Me preguntaréis si me ha dado resultado el luchar. Pues bien, en algunos casos si, en otros no. A grandes rasgos puedo afirmar que sí. Me he salido con la mía en muchas ocasiones, aunque no sé si para bien o para mal. Supongo que los resultados solo se pueden apreciar a muy largo plazo. También supongo que debería contar la opinión de la poca gente que realmente uno llega a tener de amigo a lo largo de nuestras vidas. Eso siempre lo tuve claro. Nunca fui una mujer —en su tiempo, niña—de grandes amistades. Siempre fui el perro verde del grupo. El principal motivo por el cual me clasificaban a la cabeza del top forty de frikis era por el hecho de gustarme leer, escribir y estudiar. Ningún niño perdonará jamás a un compañero que le guste leer. En mi caso en particular, el estigma se estableció desde bien temprano. La energía que mis compañeros de colegio no aplicaban en estudiar sí la concentraban en volcarla en forma de desprecio hacia mi y alguna que otra compañera. ¿De qué manera? De muchas, pero principalmente en llamarme "chupamedias" y "traga". Al principio, durante los primeros años, me dolía. Llegaba a casa a la una de la tarde, me preparaba la comida, hacía los deberes y luego me pasaba horas tumbada en la cama leyendo algún libro sobre animales o plantas, o cogía alguna novela de la estantería que había en el pasillo del chalet y me la devoraba hasta el final. Era mi manera de evitar pensar que al otro día tenía que volver al colegio y soportar a esos niños y niñas que de una manera cruel se mofaban de mi.
Pasaron los años y me fui del colegio privado a la escuela pública otra vez —la economía neoliberal ya daba sus frutos tambiñen allí—y allí me reencontré cara a cara con la alegría nuevamente. El ambiente asfixiante que se respiraba en el colegio privado era todo lo contrario al aire fresco que encontré en el instituto de Martínez. A pesar de encontrarme con una fauna plural y colorida, yo sení que ese era mi sitio. Pude respirar después de cinco años de enseñanza privada y cerebros también privados —éstos, de materia gris y sentido común. A partir del cambio de instituto mi horizonte emocional se expandió y logré sentir que "pertenecía" a un grupo. Recuerdo a mis colegas más cercanas: Mariela, Carolina, la otra Mariela —la judía—, Sol, Ana, Guillermo, Víctor, Rogelio, Gonzalo... Todos formábamos un grupo dispar pero unido. Cada uno con sus diferencias, pero todos aceptando en mayor o menor medida nuestras cualidades.
Me enpeñé en no estudiar. Quise "adaptarme" y ver qué pasaba si dejaba de estudiar —en realidad no estudiaba, nunca cogía un libro por las tardes, simplemente porque prefería ir a andar en bici o directamente dormir la siesta a coger un libro de texto. Aún así, mi nombre aparecía en el cuadro de honor del instituto, algo así como la cartelera del MC Donald´s donde ponen al empleado del mes. Mariela se empeñaba en decirme: "Viste, estás otra vez en el cuadro... ¿Lo saben tus viejos?" Yo miraba mi nombre escrito y mis ojos bailaban la danza del desinterés. Realmente nunca me interesó figurar en ese cuadro ni que me hicieran abanderada en séptimo de primaria. No necesitaba eso. Quería algo más, algo que no sabía qué era, pero notaba su vacío en mi.
Creo que es precisamente ese vacío el que volví a sentir al acabar el libro. Pero no es una incompleción filosófica, de la que tanto hablaba mi amigo Nietzche. No. Mi vacío es uno bien definido. Sé qué le llena, cuántos litros de sustancia caben y cuánto cuesta. Es como mi depósito de gasoleo vital. Y esos han sido, en definitiva, los altibajos que he sentido en mi vida.
Y ahora funciono con la reserva. El filtro cumple su función y se queda con la mayoría de partículas nocivas para el correcto funcionamiento de mi motor interno, pero siempre hay alguna que se cuela y es la que más daño hace.
Sí, estoy funcionando con la reserva. Esa es la imagen que tengo de mi ahora. La luz roja se me ha encendido pero sigo de largo cuando veo una gasolinera. A ver, en definitiva, hasta dónde llego...
No comments:
Post a Comment